El Timochenko de la “paz”

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Todo revestido del lenguaje encubridor que acompaña esta monumental engañifa: en vez de soviets, movimientos sociales, en vez de prosecución arbitraria, “defensa de los derechos humanos”, en vez del delito de contra-revolución, el delito de “paramilitarismo”. El objetivo, el mismo de siempre y de todas las revoluciones: obligar a la mayoría de la sociedad a someterse a la tiranía de la psicopática oligarquía revolucionaria.

En la surrealista Colombia del momento nadie se ha detenido a pensar por qué quien funge como cabecilla principal de la organización comunista-terrorista Farc escogió el mote de “Timochenko” como su alias en dicha estructura criminal. Seguramente inspirado durante su “formación” como cuadro comunista en la Unión Soviética, Rodrigo Londoño Echeverri escogió como avatar el nombre de quien fuera el Ministro de Defensa de Stalin durante la Segunda Guerra Mundial.

Semión Konstantinovich Timochenko fue uno de los oficiales más condecorados del ejército soviético y considerado un héroe de la victoria sobre Alemania. Aunque un militar competente, no fue el más brillante de los altos oficiales del ejército rojo. Su mayor mérito fue su cercana amistad con Stalin, forjada desde 1918 durante la guerra civil desatada en Rusia por la toma bolchevique del poder. Su lealtad y servilismo con Stalin, el segundo mayor asesino en la historia de la humanidad (después de Mao y muy por encima de Hitler), le garantizaron un rápido ascenso a la cúspide en su carrera militar y en los rangos del Partido Comunista soviético.

Esto, más una dosis de suerte, le permitieron sobrevivir la Gran Purga desatada por el paranoico Stalin, donde fueron asesinados, enviados a campos de concentración o exiliados más de un millón y medio de personas, en su mayoría miembros del mismo Partido Comunista de la Unión Soviética, incluyendo varios camaradas cercanos a Timochenko -algunos denunciados por él mismo-. Su hija se casó en 1940, en plena guerra y en el punto más alto de la carrera militar y política de su padre, con Vasili Stalin, hijo del tirano comunista.

Además de señalar el origen internacional de la agresión comunista que siempre han representado las Farc para Colombia hasta hoy, el gesto representado en el alias escogido por Londoño Echeverri no es un simple dato anecdótico, sino que expresa una intención y señala un significado que para su acción política criminal inspiran el Timochenko original, buena parte de las cuales se va visibilizando en las llamadas negociaciones de La Habana. Dentro de las múltiples perversidades que vamos conociendo parcialmente y a cuentagotas del pacto cuasi secreto Santos-Farc, está el llamado “tribunal de la paz”.

Santos y Timochenko, al firmar el Acuerdo de Paz de La Habana

“Tribunal” y “paz”, dos palabras usadas y manipuladas hasta la saciedad por el estalinismo y su internacional comunista (el siniestro Komintern) durante el siglo XX, resucitadas en el amnésico siglo XXI por el farsante proceso de paz colombiano. Pero si la sociedad colombiana desconoce u olvida, el Timochenko criollo no desaprovecha ninguna de las enseñanzas tácticas y estratégicas de la clásica cartilla revolucionaria que representó el Timochenko original. Y en ella ocupan un lugar central los tribunales revolucionarios. Inventados desde la Revolución Francesa, su intención siempre ha sido reemplazar el estado de derecho por un mecanismo arbitrario que busca disfrazar con una simulación legal la más pura y cruda persecución a los opositores políticos, reales o imaginarios. Son la continuación del terrorismo del movimiento revolucionario durante la instauración del totalitarismo, régimen que constituye su único resultado posible. El mecanismo: la “confesión” de crímenes no cometidos y la “delación” de otros mediante falsos testimonios para buscar salvar el propio pellejo o como pura venganza política y hasta personal. El delito principal: ser contra-revolucionario. Todas estas características están incluidas en el “tribunal de paz” del pacto político de La Habana, parte del precio exigido por las Farc a cambio de su impunidad total.

Todo revestido del lenguaje encubridor que acompaña esta monumental engañifa: en vez de soviets, movimientos sociales, en vez de prosecución arbitraria, “defensa de los derechos humanos”, en vez del delito de contra-revolución, el delito de “paramilitarismo”. El objetivo, el mismo de siempre y de todas las revoluciones: obligar a la mayoría de la sociedad a someterse a la tiranía de la psicopática oligarquía revolucionaria, mediante la humillación moral que representa el arbitrario terrorismo judicial.

De esto saben bastante los asesores jurídicos de las Farc, comunistas españoles herederos directos de los tribunales revolucionarios que durante la Guerra Civil Española se usaron para justificar el asesinato arbitrario de miles de civiles y militares considerados como enemigos y opositores de la por ellos llamada “república”. El mismo régimen que sus camaradas y aliados aquí llaman “paz”.

Por María Fernanda Cabal

Representante a la Cámara de Bogotá por el CD.

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