La Habana para un Infante Difunto

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La capital cubana ha sido destruida por una bomba de castrones realmente eficaz y mortífera: no ha quedado casi nada en pie y el nivel de destrucción es pavoroso.

Por Ricardo Angoso.

Cuando Guillermo Cabrera Infante escribió la novela que lleva el mismo título que esta nota no se imaginaba que su novela iba a resultar profética, pues como infante difunto se siente cualquier viajero que llega a La Habana y se aventura a pasear por el malecón, conocer el centro histórico y simplemente recorrer la ciudad en cualquier dirección. El nivel de destrucción es pavoroso, pero también el de abandono, desidia y suciedad. El oxido asoma por todas partes, la basura se amontona y los edificios están, literalmente, que se caen. Salvo algunos hoteles recientemente construidos por cadenas extranjeras y algunos edificios rehabilitados por la iniciativa de los “oprobiosos” países capitalistas, el aspecto que presenta la ciudad, en general, es deplorable y se asemeja más a un paisaje bélico que a una ciudad moderna y desarrollada. Ni siquiera  la Sarajevo asediada y atacada durante la guerra bosnia se puede asemejar a esta hecatombe viviente.

Dice un chiste cubano que la diferencia entre una bomba de neutrones y una de castrones estriba en el hecho en que la de neutrones mata a la gente y deja el entorno intacto, mientras que la de castrones, probada exitosamente en Cuba, aniquila el entorno y deja a la gente medio viva. Los hermanos Castro, tras sesenta años de dictadura cuartelera y socialista, han destruido casi totalmente a La Habana, o aniquilada, como dice el chiste. Se atisba vida entre los escombros, pero no es vida, sino la agonía de un pueblo triste, enmudecido, reprimido y torturado. Las ruinas apenas dejan percibir la antaño belleza de esta ciudad que adoraron el mismo Cabrera Infante, Carlos Alberto Montaner y Reinaldo Arenas.

La isla se hunde en la miseria y el atraso.

Por ejemplo, el aspecto que presenta el malecón de La Habana, construido por los norteamericanos a principios del siglo pasado y que se extiende a lo largo de ocho kilómetros por la orilla del mar, es dantesco: edificios totalmente abandonados y en ruinas, ausencia de luz durante la noche, barriadas en los alrededores donde abunda la miseria y la pobreza, casas a oscuras sin ascensor y apenas electricidad, que va y vuelve sin orden ni concierto, y dejadez, sobre todo dejadez, y abandono, como si en sesenta años nadie hubiera pasado por allí y mucho menos invertido algo para poner coto a tanta destrucción.

El centro de La Habana está en condiciones parecidas y casi todas las obras, comenzadas hace años, están paradas o muestran escasos progresos. Preguntas por algo y siempre te dicen lo mismo, que lleva así décadas y que no hay señales ni indicios de que algún día vuelvan a comenzar las obras. Industrias abandonadas, estaciones cerradas, casas que se caen a cachos, calles hechas añicos, baches inmensos, suciedad a raudales y la basura siempre amontonada y tirada en todos los rincones. El socialismo es, simplemente, un desastre sin necesidad de más eufemismos.

La que antaño fuera una de las urbes más modernas y desarrolladas de las Américas, tal como se puede comprobar en numerosas estadísticas de los años cincuenta, es hoy un villorrio de mala a muerte a cuenta del comunismo castrista. ¡Socialismo o muerte!, gritaban los próceres de la revolución cubana, qué redundancia sí son lo mismo. El socialismo sólo ha generado miseria y pobreza  y ha condenado al pueblo cubano a vivir en la mayor isla-prisión del mundo. Cuba es una gran ergástula mugrienta, hedionda y miserable a merced de la implementación del socialismo real.

Los cubanos, como si ya no fuera con ellos está guerra y se hubieran acostumbrado a la presencia de lo absurdo, pasean como zombies por las calles ajenos al desastre y a la destrucción causada por esta guerra lanzada contra el sentido común y la inteligencia. Ni siquiera se asombran del daño causado por la ceguera de unos dirigentes incompetentes e ineptos, sino que se muestran ausentes y distantes ante la catástrofe. Los que gobiernan este desastre, ajenos a sus responsabilidades e incluso orgullosos del daño causado, ya han sido condenados por la historia hace tiempo. Nadie les absolverá, como pretendía el tirano Fidel Castro.

Los niños juegan al fútbol sobre las ruinas de la vieja ciudad de La Habana, desconocedores del horror causado por los que les gobiernan de una forma tiránica y despótica desde el año 1959, “gloriosa” fecha que dio comienzo al más absurdo desaguisado que en la historia de las Américas se hubiera visto y que algunos, cegados por la demagogia ideológica y populista, se empeñan en emular en sus países con los mismos anhelos destructivos, como son los casos de Venezuela y Nicaragua.

HASTA LA VICTORIA SIEMPRE

Y en este ambiente, que tiene algo de teatro u opera bufa de mal gusto, luego resuenan como una broma los eslóganes que de vez en cuando aparecen en las mugrientas paredes de La Habana. Hasta la victoria siempre, reza un gran mural con la imagen del Che Guevara, uno de los principales planificadores económicos del desastre económico en que se convirtió Cuba tras la Revolución, allá por el año 1959.

En Cuba se ensayaron todas las fórmulas del socialismo real para destruir de una forma implacable y casi irreversible la economía.Se expropiaron todos los negocios privados, se nacionalizaron todas las industrias, hoteles, restaurantes y hasta bares, se acabó con las propiedades agrícolas para fundar inútiles cooperativas, se pusieron restricciones a todas las formas de iniciativa privada y se ahogó cualquier forma de inversión extranjera para así, de una forma definitiva, estrangular a todo el sistema productivo y abocarlo a una suerte de socialismo desde arriba que llevó al país al colapso y a la destrucción total de la economía, tal como millones de cubanos han comprobado en estos sesenta años de tedioso comunismo y economía absurdamente planificada de la peor de las formas.

Pero a la destrucción total de la economía le sucedió el abandono material de las propiedades, casas y negocios incautados por el régimen comunista, incapaz de generar bienestar, riqueza y prosperidad para el pueblo cubano, sino más bien lo contrario. He sido testigo y he visitado numerosos países socialistas -China, Bulgaria, Hungría y la extinta Yugoslavia- pero el nivel de degradación, abandono y miseria de Cuba no es comparable, en absoluto, al nivel de vida y estado social, material y económico del que gozaban estos países. Ni siquiera Rusia se asemeja a este bodrio insoportable y de mal gusto en que se convirtió La Habana. Cuba es el paradigma del fracaso del modelo socialista, la tesis que demuestra que el sistema comunista no funciona ni funcionará nunca porque en sus esencias, de intervencionismo estatal brutal y control total de la economía, está el mal y no admite reforma alguna. Solamente admite la ruptura total, como ocurrió en Europa del Este y la extinta Unión Soviética, para poner rumbo hacia la cordura y hacia el sentido común, es decir, hacia las sociedades abiertas y el libre mercado. El socialismo sigue siendo el camino más largo y más penoso hacia el capitalismo.

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