Carta que no tuvo respuesta sobre una triple infamia del Rómulo Gallegos 2015

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Medellín.

Señor

Pablo Montoya

Escritor

Cordial saludo.

Usted no se imagina cuántas veces he padecido la disyuntiva molesta entre enviarle o no esta carta.  Entre otras cosas, por la obvia sospecha de que desdeñará este mensaje. Como alguna vez desdeñó mi amistad y mi lealtad hacia usted…  como alguna vez usted sufrió una metamorfosis kafkiana, metamorfosis extraordinaria, una vez los premios y la fama obnubilaron una amistad entre usted y yo, amistad, quizás, prometedora.

En varias ocasiones, en nuestros almuerzos esporádicos yo le dije una y otra vez que a mí no me importaban la fama, el dinero, las lisonjas, los aplausos ni los demás edulcorados espejismos que ofrece la hipocresía social.  Yo soy hijo de Diógenes, el cínico, de Henry Miller, del Marqués de Sade, de Baudelaire, de Rimbaud y de todo lo que suene a maldito e irreverente.   Usted está en el lugar que quería, el lugar de la fama, la gloria, y me imagino también que en el lugar de los dividendos jugosos.  Usted me compartió varias veces sus sueños en ese sentido.  Usted ahora está en el Olimpo, como un Atlas con tres grandes Premios a cuestas.  Yo estoy en el limbo, en el oscuro lugar de la marginalidad, y me siento bien, y contento y riendo a carcajadas como siempre lo he hecho de esa cosa efímera, banal, ridícula y mentirosa que es la fama.  Si alguna vez esa cosa intentara atraparme, me reiré en sus narices (digo, en las narices de la fama), y lo más seguro la escupa en pleno rostro.  Si las ventas alguna vez me sonrieran, seguiré siendo el putañero irresponsable que soy, el sibarita a ratos, el botaratas en momentos lúbricos, el descabezado para manejar las finanzas, sabe, también soy hijo de Charles Bukowski.

No me duelen sus triunfos, me alegran, y a dónde quiera que he ido y a cualesquiera que le haya hablado de usted, les he dicho que usted es un buen escritor, y que lo que tiene ahora es fruto del sudor y de las lágrimas.  Más cosas he dicho de usted, cosas de usted respecto a mí, y de mí respecto a usted, no más; pero no me he metido con su “pluma,” que no es cualquier pluma, sino una de las mejores plumas de la narrativa actual en Colombia. Como tampoco me he metido con su vida privada, de la cual entre otras sé poco o nada. Si alguna vez alcanzara el máximo cetro del Olimpo literario, esto es, el Nobel, me alegraré por usted, y celebraré haberme sentado con usted alguna vez, cuando la gloria le era esquiva, y extrañaré esos momentos de inocente alegría entre dos escritores marginales, cuasi desconocidos, momentos de un  amistad sincera y gratuita.

Yo lo he dicho en charlas y conferencias, conforme a mi exquisita irreverencia, que me cago en la fama y en la supuesta gloria. Es, sin lugar a dudas, un acto de defensa propia, porque si alguna vez (espero que no) me atrapase en sus frías garras, de seguro intentará cagarse en mí.   Para mí más vale la lealtad que cualquier prestigio, honra, homenaje, abrazos y besos al mejor estilo de Judas Iscariote de fulano, zutano, mengano, perencejo y hasta de Misiá hijueputa… para mí la lealtad hacia un amigo es algo sine que non, una cuestión inalienable, irrenunciable, es un imperativo categórico y punto.   Usted una vez me fue desleal desde “su pluma”, parafraseando un párrafo de mi novela La otra cara de la muerte (Fondo Editorial Eafit, 2012), parafraseo  que pretende maliciosamente maquillar un evidente plagio, y el cual acomodó con gran habilidad en su Tríptico de la infamia (Penguin Random House, 2014). De hecho lo que hizo fue una infamia y, sin embargo,  no lo odio por eso, ni me distancié de usted por esa minucia  banal, aunque decepcionante, porque usted no tuvo el coraje de admitir nada, ni de encontrarle una salida digna a ese entuerto. Fue desde el mismo momento en que usted no contestó mis llamadas, las que antes de los Premios siempre contestaba o devolvía, desde el momento en que no contestó mis e-mails, sólo fue seis o más  meses después, y usted lo hizo con frialdad, como para salir del apuro, para responder cortésmente a un examigo de bajo perfil literario.  Ahora, siguiendo un principio cartesiano, el de concederme siempre el beneficio de la duda, me pregunto: ¿de cuántos parafraseos estará hecha su obra, toda su obra?  Si eso lo hizo usted con la humilde obra de un examigo, de un escritor marginal, de bajo perfil, con un novelista desconocido, ¿qué no habrá acomodado aquí y allá de autores de gran envergadura?  O cómo usted mismo me dijo el día en que puse el corpus delicti en sus temblonas manos, y delante de sus incrédulos ojos que clamaban al cielo “trágame tierra”: “en mí hay ecos de Juan Rulfo, Borges, Octavio Paz (…)”; pero, en todo caso, no admitió que en su Infamia habían ecos de Juan Mario Sánchez Cuervo, porque ese nombre no tiene nombre, y porque ese autor corresponde a lo más parecido a un OVNI o aun N.N, en el terreno literario.

El Espectador el 4 de julio de 2016, publicó el artículo “¡Yo también salgo del Clóset!”, un artículo emotivo, como todo lo que escribo, y que es lo que más me han leído en Colombia.  Ahí me destapo, saco un guardado de casi cuatro décadas de dolor, un dolor cerval atragantado en mis fauces, atragantado como una hernia hiatal… fue un exorcismo terrible en nombre de las víctimas de la violencia de nuestro país, en nombre de mi familia, y de “mis queridos muertos” que usted leyó en Como una melodía, novela que usted presentó y elogió, detalle que jamás olvidaré, se lo juro, jamás.  De ese “Clóset” abierto usted no se enteró. No sé en qué lugar de la gloria o del Olimpo usted se encontraría, y si usted hubiera estado a terra plana, tampoco lo hubiera leído.  Le hablo del “closet”, mi clóset abierto y de conocimiento público por lo que sigue: perdoné a Dios, a la vida, y al victimario de mi violación carnal cuando yo era todavía un niño; perdoné, a un fulano, a un monstruo que violó a dos personas que amo entrañablemente; perdoné a los asesinos de mis dos hermanos José Abad y Óscar, y de mi cuñado Ramón, de varios de mis primos, de un tío… He perdonado tantas monstruosidades cometidas por esa bestia involutiva mal llamada ser humano, y estoy dispuesto a perdonar a quien en el futuro me hiciera cualquier daño, incluso el daño supremo de quitarme la vida, ahora no voy a perdonar la ingratitud, y la que yo llamo su deslealtad plumífera, y el olvido y la amnesia de un examigo: eso para mí es pecata minuta, y algo intrascendente, pues sólo corresponde al lugar común de los  desencuentros entre colegas.

Hay una canción llamada Rogelio y yo, compuesta e interpretada por Patxi Andión,  el siguiente trozo de esa canción representa lo que sucede entre usted y yo:

Con el mismo equipaje en el mismo tren que me marché he vuelto
a hacer el viaje.
A tu nueva dirección con el mismo traje y la misma ilusión he ido,
he ido a buscarte.
El guarda coches me ha entrado por la puerta del servicio y me ha metido en un cuarto desde donde he mirado.
Y te he visto bien vestido en un salón lleno de espejos, gente importante a tu lado y en tu cara el fastidio
cuando te han avisado.
Has salido me has mirado, te has acordado de mi nombre ¡ALELUYA!
Y, luego…  luego te has marchado
Me has dejado con un saludo, una cita en tu despacho y una tarjeta en la mano
con tu nombre bien bordado.
Pero no importa Rogelio,
Esta noche iré a la cantina
Y al viejo Anselmo pediré tu canción
En la misma mesa beberé por los dos.
Y entre mil copas me reiré del dolor,
y como en otras noches al oír esa canción,
yo reiré, ja, ja, ja,  yo reiré.
Me reiré de tu adiós, de mis zapatos, de tu confusión,
del pantalón de tu frac, de tus espejos y de tu salón.
Y cuando te vuelva a ver te diré:
Muy buenas tardes,  ¿qué tal está usted? Y cómo no,
Rogaré para que esa noche duermas un poco mejor.

Me despido, agradeciendo la gentileza de su lectura, y con un adjetivo descontextualizado, el que utilizábamos en los viejos tiempos, querido, “querido” Pablo,

Por Juan Mario Sánchez Cuervo*.

* Novelista antioqueño.

Autor de las novelas “La Otra Cara de La muerte”, Fondo Editorial Eafit, 2012, y “Como Una Melodía”, Sílaba Editores, 2015. 

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