El Papa del Fútbol

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El Papa Francisco, hincha del equipo San Loreno de Almagro, de Argentina.

Se encontraba la Iglesia Católica ardiendo en el fuego interior de su consciencia, en el centro de una desorientación que la hacía pendular entre su propia salvación o condena, cuando se conoció la abrupta dimisión del Papa Benedicto XVI. Era inconcebible renunciar al Ministerio de Gobierno de Dios. Aunque la noticia sin antecedentes cercanos fue difundida como un gesto de la más pura índole cristiana, al reconocer demasiado pesada la cruz de Cristo con sus escasas fuerzas de anciano, en el mundo laico era un secreto a voces que esta fe necesitaba ser sacudida en sus pilares, lo que hacía imperativo un acto de contrición de la Iglesia.

Resultaba lógica la presunción de los mortales. Con extintas energías, balbuceante en babas y ausente de consciencia, al Papa Juan Pablo II, que apenas se sostenía con el báculo de Pedro, no se le permitió acto semejante. Por el contrario, ya en vida se anticipaban las campanadas de su prematura santidad. Aún en gozo de facultad, su primer milagro fue lograr la retractación de la Iglesia, cinco siglos después de saberse ignorante sobre el funcionamiento mecánico de la creación, –contrario sensu– a la memoria de Galileo, quien con su mirada al cielo inaugura la modernidad; revelando su andar decimonónico rezagado a los giros que da la tierra a la luz del sol. En la interinidad del final autista de su papado, sostenido por el reflejo de su imagen bondadosa, brotaban purulentos otros pecados irredimibles al interior de la Iglesia: múltiples casos de pederastia se conocen por todo el mundo, movidas financieras que harían persignar al mismo Dios y luchas intestinas por el poder en el reino de este mundo.

El nuevo Papa tendría que surcar una luz al interior de la iglesia y al exterior de sus dominios de fe. La labor encomendada de ser sincera resultaría simple: tornar su mirada al ejemplo de Cristo. Aquella ética del amor incondicional a sus semejantes, que centra su esencia en la naturaleza inmaculada de los niños, la humildad del corazón y las riquezas compartidas del espíritu, estaría a la espalda de un culto que por las actuaciones de sus ministros podría percibirse más dedicado a cebar al becerro de oro que al pastoreo de almas. Y no sólo la Iglesia Católica, cualquiera constituida sobre la misma doctrina.

La escogencia tenía también necesidades estratégicas. El tercer mundo que pisa el barro de la miseria comenzaba a percibir ajenos aquellos altares dorados. Las demás iglesias cristianas, y sus infinitas ramificaciones, que fueron desglosando su existencia de la égida católica, apostólica y romana, fueron ganando terreno en estos lares por el simple hecho de mostrarse más hogareñas.

El hombre escogido surgió como un evangelio (buena nueva) en los anquilosados aires del vaticano. El nombre escogido resultó certero como un milagro: Francisco. Como en el pasado a Francisco de Asís, al nuevo Papa le corresponderá desvelar los lobos que vestidos de oveja meriendan en la mesa que dejó servida Jesucristo, y domesticar los que andan sueltos por el mundo, que serían dóciles ante la fuerza del mensaje de aquel hombre clavado en la cruz sino fuera porque perciben equívoco el ejemplo de los pastores que cuidan el rebaño.

Que el Papa Francisco sea argentino no es una novedad por la necesidad de la iglesia en el tercer mundo. Que le guste el fútbol tampoco lo es por sus genes argentinos. El riesgo que se abre es que ha escogido al propio fútbol como medio evangelizador.

Las señales son alentadoras porque ha logrado descender como un ángel en helicóptero, en un estadio atestado por los irreconciliables brasileños reyes del fútbol. Los argentinos nunca han parado en su deseo de destronarlos. De la mano de Maradona, al calor de un gol ilegal que fue legalizado, dieron el salto pecaminoso de considerarlo Dios, y erigirle una iglesia hurtando los rituales cristianos; ahora a Messi muchos le llaman el Mesías.

En términos místicos el fútbol es la religión laica de la modernidad. En términos financieros la FIFA y la Iglesia Católica son las dos multinacionales más grandes del mundo. Si el Papa Francisco logra conciliar esas incalculables riquezas y ponerlas al servicio redentor de los pobres, así como retornar a los entrenadores de la fe a las acciones literales del mensaje de Cristo, podría exhortar al demonio al juicio final en un partido en el que se defina nuestra salvación o condena. Con riqueza de espíritu y sin temor saldríamos a enfrentarlo, no importa las costosas contrataciones que seguirán llegando a sus huestes. Perdónenme los creyentes por la impudicia que voy a cometer, y los no creyentes si me perciben irracionalmente optimista; pero, caso mi última apuesta que ganamos por doble u (w).Rodrigo Zabalata

Por RODRIGO ZALABATA VEGA

E–mail rodrigozalabata@gmail.com

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