La deuda eterna de Francisco “El Hombre”

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En ese momento, Don Sata brincó a la nube negra, le insulto, lo maldijo y le gritó, “Tramposo, Me Las Pagarás”, y desapareció.

La leyenda narra que por uno de los innumerables y mágicos caminos solitarios de La Guajira, deambulaba Francisco Moscote Guerra, “El Hombre”. Exactamente por Treinta, cerquita de Tomarrazón, Machobayo y Cotoprix, a pocos kilómetros de Riohacha.

Según relatos asombrosos, “El Hombre” consiguió en Riohacha un acordeón en la tienda de un arubiano, lo llevo a Treinta y comenzó a inventar melodías. Desde ese momento Francisco se convirtió en el génesis de los juglares, acordeoneros y músicos vallenatos. Cuentan que Francisco “El Hombre”, en ese momento de 20 años, era malgeniado, coqueto y orgulloso. Un día en Cotoprix, bravo por no encontrar contendor dijo a todos, “No me busquen mas. “Si quiere, que el diablo me busque cuando quiera, pa’ toca con él”. Entonces, la noticia de que Francisco había desafiado al diablo se regó en toda La Provincia.

Enterada del reto, una de las tantas rezanderas de la región graciosamente le advirtió: “Ve Francisco, esa fantochería te va a pesar, Don Sata no se queda con esa. Tu sei muy petulante, vai a ve…vai a ve Francisco lo que te va a pasa”.

Tiempo después, cualquier día a las once de la noche, Francisco, a quien todo el mundo le decía “El Hombre”, partió en su burro hacia las montañas de Treinta a cumplirle la cita a un desconocido hombrecito que, días atrás, lo había desafiado musicalmente.

La Leyenda relata que al llegar a la Sierra, la noto oscura y más misteriosa que de costumbre. Su burro, inquieto y asustado, no andaba ni para delante ni para atrás. Faltaba un minuto para las doce. No brillaba ni una sola estrella ni la luna, todo era oscuridad. De pronto se encontró frente al hombrecito delgado y alto, color cobrizo. Francisco “El Hombre”, en medio de un extraño e insoportable olor a azufre, y con el acordeón en el pecho, se dio cuenta que los ojos y los dientes del tipo era lo único que alumbraba aquel lugar. Los ojos como bombillos de candela y sus dientes como espejos. Todos de oro brillante. Ante esa extraña presencia, “El Hombre” quiso devolverse, pero ya no había camino.

No se saludaron, como lo hacen los rivales al comienzo de un desafío, y se inicio el duelo. Francisco comenzó a tocar nervioso. El único que veía las teclas del acordeón era el extraño personaje, porque las alumbraba con sus ojos, y con carcajadas horrorosas hacia parar los pelos. Enseguida, con una melodía extraña, adormeció a “El Hombre” e hizo que se le acalambraran los dedos y se le olvidara la melodía y los versos del merengue que pensaba cantar, “La Chencha”.

Casi derrotado, Francisco se acordó de una oración que había aprendido para alejar al maligno y no lo fregaran las brujas. Se hizo la señal de la cruz en la frente y comenzó a tocar el Credo al revés. En ese momento, Don Sata brincó a la nube negra, le insulto, lo maldijo y le gritó, “Tramposo, Me Las Pagarás”, y desapareció.

Mientras todo esto ocurría, el burro, conto él después, había reventado la cabuya y para huir despavorido echando peos, cagajones, rebuznando, y meando.

Nadie sabe como llego Francisco a su casa. Duro tres días sin hablar, y sin comer, mientras la noticia se regaba. “El Hombre” había tocado con el diablo. Los parroquianos cuentan que en el sitio del duelo nunca más creció la hierba, se secaron los árboles y que solo llueve con rayos los viernes santos.

Esa es la comentada leyenda de Francisco Moscote “El Hombre”, primer juglar de nuestra música vallenata.

Ciento veinte años después, esa sentencia y maldición del diablo contra Francisco “El Hombre” –“Tramposo, Me Las Pagarás”–, parece cumplirse en los músicos y el entorno de nuestro folclor.

Dicen que las maldiciones se consuman a través de generaciones, y la verdad es que por el sino trágico de muerte que persigue a los intérpretes y compositores de nuestra música sería fácil asociar y creer que el diablo está reclamando su cobro. Por los móviles y

comunes escenas, por las repetidas e innumerables coincidencias, no pueden ser muertes casuales, ni circunstanciales.

Es que la deuda maligna comenzó a saldarse pronto y dolorosamente. La lista es larga y penosa, el primero fue el mismo Francisco “El Hombre” que dicen murió seco y delirante. Décadas después, la voz y la carrera de un grande como Guillermo Buitrago se trunco a los 28 años al morir alcohólico. Muchos aseguran que se suicido.

En poco más de 30 años, murieron jóvenes y asesinados Freddy Molina y Octavio Daza, Ender Alvarado, Rafael Orozco, Héctor Zuleta, Ramiro Better y Hernando Polanco.

Extraña y prematuramente se mataron en accidentes de tránsito, los compositores Martín Maestre, tío de Diomedes Díaz, Hernando Marín, Leo Gómez y Nelson Fuentes. Los cantantes, Lucho Cuadros, Arturo Duran, Adanies Díaz, Patricia Teherán, Jesús Manuel Estrada, Kaleth Morales y el inolvidable acordeonero Juancho Rois.

Otro magnifico cantante, Armando Moscote murió infartado en su plenitud musical. También músicos de la talla del “Maño” Torres, Claro Cotes, Francisco Beleño y Edgardo Cuadrado, hermano de Egidio, murieron jóvenes. También nos sorprendió amargamente la extraña muerte de Mario Zuleta y el doloroso suicidio del acordeonista Nicky Lopez, quien se lanzó de un edificio en Medellín.

Asombran igualmente la incapacitante enfermedad de Beto Villa y los problemas judiciales de Enaldo Barrera, Farid Ortiz, Juan David “El Pollito” Herrera, Roberto y Efrén Calderón, quien mató a su esposa.

Pero como para no dejar de conmovernos con estas muertes, la caótica vida del más grande artista de nuestro folclor, Diomedes Díaz es una película terrible. Un ser humano que llenó su existencia de tragicomedias. Asesinato, cárcel, droga y enfermedades crónicas son protagonistas permanentes en la vida de Diomedes.

Ahora, nos sorprende nuevamente ese cobro impagable con la dolorosa e inesperada muerte de Martin Elías Díaz, joven, talentoso y lleno de éxito.

Estas historias duelen y hacen pensar hoy más que nunca, en la maldición y sentencia que, siglos atrás, el diablo lanzo sobre Francisco “El Hombre”, el icono legendario más emblemático de nuestro folclor, “Tramposo, Me Las Pagarás”.

Pero, ante este cuadro hay buenas noticias. Hoy, con más poder y gloria, aparecen las bendiciones. En nuestros días vemos con satisfacción como intérpretes y compositores de nuestra música llegan a los pies del Señor. Y esa sí que es una buena nueva eficaz e invulnerable. Es lo que necesitamos. Que las promesas y bendiciones del Señor se activen y nuestros cánticos de amor a la tierra, a las mujeres, a la amistad y a la cultura Caribe, se besen con las alabanzas al Dios Todopoderoso.

Esta comunión es invencible y eficaz ante esa perversa y satánica sentencia contra Francisco “El Hombre” y el Vallenato.

Por Edgar de Castro T. 

@edetor

edetor@hotmail.com

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