¡Yo también salgo del clóset!

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 Yo, Juan Mario Sánchez Cuervo, escritor, docente, el hijo de papá y mamá, el hermano de cuatro hermanas adorables y dos hermanos ausentes, el papá de Lira mi inmortal mascota, el Inocencio de ayer, el amigo de una o dos personas, el exseminarista, el teólogo ateo, y el popular “profe” para la mayoría… en pleno uso de mis facultades mentales y tras batallar muchas horas para escribir lo que sigue (nunca había vivido un dilema así frente al papel en blanco o frente al teclado) he decidido declarar, sean cuales fueren las consecuencias y las opiniones (hoy por hoy soy un espíritu libre y el qué dirán me afecta tanto como el vacío o la nada misma) lo que hace años consideraba inconfesable. No lo hago para llamar la atención, ni por egocentrismo ni por egoísmo… lo hago por ética, por amor a mi país aun sabiéndolo imbécil, asesino, la eterna Patria Boba desde la mal llamada “independencia”. Y lo hago hoy en un día histórico, cuando se ha declarado por parte del Gobierno y las Farc, el cese bilateral del fuego y fin del conflicto.

Salir del clóset, es una frase manida, un eufemismo un tris ridículo que se emplea cada vez más, para dar a entender o a conocer al público las apetencias sexuales de X o Y persona… sé que están esperando, o al menos sospechando, que me voy a declarar gay, bisexual, transexual, metrosexual o algún asunto de esos, entre otras cosas muy respetable, porque como librepensador defiendo el libre desarrollo de la personalidad, y especialmente “el objeto del deseo” de cualquier elección afectiva. Pero no, soy heterosexual y admiro a la mujer y siempre me he enamorado de las hermosas mujeres (todas las mujeres por su capacidad de entrega, las que aman mucho y las que se respetan a sí mismas y tienen buenos principios son hermosas).

Mi “salida del clóset” va en este sentido: fui víctima muchas veces de la maldad humana (digo fui, porque ya no me siento víctima, el perdón es sanador, liberador)… y hoy puedo bajo juramento declarar que no siento odio por los que me hicieron daño, daño del cual tengo aún secuelas… puedo decir que jamás he odiado a nadie… si bien en mis escritos he dicho una y otra vez que no tengo esperanzas en la humanidad, que para mí el proyecto humano es una causa perdida y que estoy seguro, más que seguro que la “racional” irracionalidad e incoherencia humanas acabarán con el planeta y con todas las especies incluyendo la nuestra. Soy un escéptico, un existencialista nato, un misántropo y si quieren agréguenme el rótulo de pesimista. Pero odioso no soy, y me declaro pacifista… y estoy dispuesto a perdonar incluso a los que maltratan a mis amados animales, incluso a cualquiera que en algún momento de mi incierto futuro atentara contra mi propia vida: porque yo conozco la naturaleza humana, más o menos conozco la mente humana, y sé de su oscuridad y de su escaza luz, de su escisión fundamental y de su inevitable neurosis y tendencia a la patología y tergiversación de lo real, precisamente por lo complejo de su cerebro y de su aparato psíquico.

Tengo la suficiente autoridad moral para hablar del perdón. Es muy fácil juzgar, criticar despotricar de un proceso de paz, y de la paz misma cuando no se ha padecido el rigor, el dolor, las lágrimas de la guerra. Hoy hay millones de colombianos hipnotizados, “rambotizados”, convertidos en muñecos diabólicos y energúmenos porque se ha declarado entre las partes enemigas el fin del conflicto. Muy fácil para esos colombianos que no han sido víctimas de la guerra… demasiado fácil salir a opinar en torno, a lo que si bien indirectamente les ha afectado, al menos no les ha tocado sufrir en su propio pellejo o en su propia sangre… esos momentos de indescriptible dolor cuando la muerte toca la puerta de nuestra casa. No salgo en defensa de la guerrilla, son tan asesinos como los Paramilitares, como la delincuencia común y ciertas fuerzas oscuras y subrepticias del Estado. Causaron mucho dolor y hondas heridas que nunca cicatrizarán… soy consciente de que la reparación y la justicia que se le hará a las víctimas, especialmente a los familiares de los desaparecidos y secuestrados es absurda… Toda guerra deja secuelas, traumas, dolor inconmensurable… pero prefiero el fin de la guerra, a un derramamiento de sangre sin fin.

¿Por qué tengo autoridad para hablar del perdón? Ya les voy a enumerar la lista de las personas y de los actos de violencia que he padecido para que me entiendan mejor. Primero advierto lo que dije arriba, que ya no me siento víctima, que no quiero inspirar lástima, ni conmiseración: yo me amo, me acepto y me apruebo lo suficiente como para que nadie me ponga la mano en el hombro y me diga: “pobrecito usted”… todo lo contrario, me siento rico espiritualmente y más fuerte que cualquiera, gracias a eso que padecí ayer. No lo busqué, la Vida me lo envió para que aprendiera alguna lección, quizás. Todavía no entiendo por qué todo eso me ocurrió… pero como decía Santa Teresa de Jesús: “Hay asuntos que no pueden ser comprendidos por la mente humana”. La comprensión de ello desborda mi inteligencia… pero fue y sucedió, y lo acepto por el sano “Principio de la Realidad”.  Alguna vez culpé a Dios porque permitió lo que permitió… y sí, Él lo permitió, porque como Todopoderoso lo pudo haber evitado. Pero existe algo llamado “Libre Albedrío” y el mecanismo perfecto de las leyes físicas enmarcadas en la dimensión espacio-tiempo que Él mismo como sabio arquitecto configuró. ¡Dios mío! hace muchísimos años te desculpabilicé y asumí mi propia libertad, responsabilidad y compromiso existencial.

De niño fui violado por un adulto, y en las circunstancias más humillantes… superarlo me llevó dos décadas, y sobrellevé la carga solo, en silencio, llorando también a solas, y lo peor culpándome de un acto criminal en el cual yo no tenía la más infinitesimal responsabilidad. Al violador lo perdoné de corazón y lo puse en las manos de Cristo. Una mujer que amé y que supuestamente me amó, y la cual supo de esa experiencia traumática y mortal, se aprovechó en varias ocasiones de conocer mi situación dolorosa del pasado para restregármela en la cara, para humillarme, para tratarme de marica, aun sabiendo ella que yo era muy hombre… de esa misma mujer recibí además de esta monstruosa afrenta, otras agresiones verbales y ya en límite de mi aguante hasta una agresión física… la perdoné. No crean que seguí con ella, porque el perdón no implica que tengamos que ir a abrazar al enemigo o darle oportunidad de otra agresión… primero la dignidad, después el resto: mansos sí, mensos no. He perdonado varias mujeres que me han traicionado, me fueron desleales y pensaron tan sólo en mi sexo y en mi bolsillo, hace rato las perdoné. De paso aprovecho para acotar que no sólo existe violencia masculina hacia la compañera sentimental (la cual rechazo y detesto, porque aunque hombre me declaro feminista), hoy sobreabundan mujeres de baja calaña, groseras, agresivas, violentas…

Siendo adolescente asesinaron a mi hermano mayor, José Abad, quien era más que mi hermano un papá y un amigo. De 23 años lo mataron…. desaparecido, torturado de la peor manera… los mal pensados dirán como prejuzga la mayoría: es que la debía… o por algo le hicieron lo que le hicieron… así somos de facilistas y por eso estamos como estamos. Salgo en su defensa y demuestro las causas de su asesinato en mi crónica literaria titulada como una melodía, publicada por Sílaba Editores; aunque también lo menciona Héctor Abad Faciolince en “El olvido que seremos”. Mi amado José Abad era un hombre de brillante inteligencia y humano, demasiado humano como pocos en este mundo. En el mismo año de su muerte (1987) desaparecen al tío que yo más quería, Adolfo Cuervo. Los responsables: los paramilitares. Pocos años después las Farc asesinan a mi primo muy querido, Bernardo Henao Sánchez, meses después los paramilitares asesinan a mi prima Amparo Sánchez…. en 2004 los paramilitares asesinan de la manera más injusta a quien era más que mi cuñado un amigo, un hermano: Ramón Restrepo. Y finalmente en el año 2008 el Ejército asesina a mi hermano Óscar.

No soy un santo, no estoy buscando que me canonicen, no soy víctima de nada ni de nadie… de paso pido perdón a quienes de pronto, por omisión o por inconsciencia les he hecho daño, no soy perfecto, estoy lleno de defectos y de una que otra virtud, al fin y al cabo soy un simple ser humano. Soy lo que soy y soy como soy… ni más ni menos… no estoy buscando compasión, ni la lástima de nadie porque dignidad y autorrespeto me sobran… escribí lo que acabó de escribir para demostrarles a los odiosos amantes de la guerra y la barbarie, a los amantes del “ojo por ojo, diente por diente”, a los resentidos sociales y amantes de la venganza, a los enemigos de la paz a cualquier precio, a los que se casaron con una guerra que no ha tocado a su puerta ni les ha derramado sangre familiar o amiga, a los que viven como las aves carroñeras del odio y la muerte… para demostrarles que perdonar no es sólo un gesto humano, divino, sino también una actitud y una aptitud inteligente. El perdón libera…. y “el perdón es la venganza de los buenos”, amén.

Por Juan Mario Sánchez Cuervo*.

* Novelista antioqueño.

Autor de las novelas “La Otra Cara de La muerte”, Fondo Editorial Eafit, 2012, y “Como Una Melodía”, Sílaba Editores, 2015. 

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