Una protesta rastrera en el Congreso de la República

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El oscuro incidente en el que lanzaron ratas contra varios congresistas.

Por Juan Mario Sánchez Cuervo.

Cuando pensábamos que lo habíamos visto todo en este año telúrico y conmocionado para la política del país, ocurrió un incidente de muy mal gusto en los recintos del Congreso.  El mismo escenario en que Antanas Mockus el 20 de julio se bajó los pantalones para exhibir unas nalgas pálidas, desabridas, desastrosas.  Esta vez el gesto grotesco provino de alguna facción detractora de Uribe y de sus senadores.  En este sentido, cualquier ciudadano tiene derecho a no estar de acuerdo con el ideario del ex presidente (como es mi caso), pero atreverse a un acto tan bajo y ruin, es fiel muestra del poco tacto, y de la abundante ignorancia y ordinariez de ciertos individuos que se enorgullecen  de pertenecer a la izquierda colombiana. En todo caso, sería conveniente que se aclarase si los responsables del incidente tienen algún nexo con la Colombia Humana. Por otro lado, no sobra decir que el Senado tiene su razón de ser en cuanto espacio para discutir con argumentos las diferencias, y no debe ser convertido en circo, en tinglado, o como en este caso, en burladero para los que tiran la piedra y esconden la mano acudiendo a tácticas que vulneran la dignidad humana y animal.

Este texto lo publico a título personal, y más allá de cualquier color u opinión política.  Por el contrario, hago sentir la voz de un  animalista declarado.  Alguien podrá reírse de mí, pero las ratas, los  ratones  en cuanto criaturas de Dios merecen respeto, y el acto de arrojarlos sobre algunos seres humanos que debaten en un recinto, habla más de la calaña de los que lanzaron los roedores, que de aquellos sobre quienes fueron arrojados.  En este sentido San Francisco de Asís respetaba a todos los animales, y los consideraba sus hermanos;  San Martín de Porres, el santo peruano, alimentaba a los ratones y los ponía a compartir el plato con los gatos y los perros; en la India existe un templo donde protegen y alimentan a las ratas; y para no ir muy lejos, el mejor escritor colombiano vivo, Fernando Vallejo, en varias de sus obras las nombra con compasión y ternura, las llama “mis niñas”, y dice de ellas: “pobrecitas las ratas”.  Las ratas no tienen la culpa de haber nacido como tales, ni  de que las hayamos condenado a las alcantarillas; por el contrario, son víctimas de nuestros desprecios y masivos envenenamientos.  Acepto que alguien no quiera a las ratas, que les tenga fastidio o miedo, incluso que las autoridades locales controlen su proliferación, pero de ahí a convertirlas en proyectiles para tirarlas al vacío como si fueran cosas, con el ánimo de poner en desbandada a un grupo de personas, me parece un acto rastrero propio de “seres humanos” abominables y carentes de ética.

Recordemos que en el pasado la guerrilla atentó contra la dignidad animal al detonar burros-bomba, caballos-bomba, etc.  Lo anterior no significa que los que se prestaron para esta infamia en el recinto del Congreso sean guerrilleros, o que sean comparables con los monstruos que preparaban  actos terroristas manipulando a inocentes criaturas; en cambio sí afirmo que son individuos degradados y bellacos.  Alguien dirá: es una inteligente y original metáfora arrojar ratas del reino animal, sobre “ratas humanas” que le roban al pueblo.  En cuyo caso alego: si tienen los argumentos, entonces que los expongan con las pruebas en la mano, o que al menos tengan la valentía y el coraje de decírselo de frente a los supuestos implicados.  O si son tan originales e inteligentes, entonces que acudan a metáforas más pedagógicas y elocuentes. Por otra parte, es muy vil cosificar a una especie que a lo largo de la historia ha sido asociada con lo más rastrero e inmundo.  Para seres inmundos y nauseabundos ciertos especímenes humanos, que a decir verdad, no tienen nada de humanos y más bien se comportan como seres inferiores a los inocentes animales.  Pienso también que esa clase de actos dice mucho de nuestro nivel de confrontación, de la intolerancia colombiana, del nivel desquiciado del fanatismo y del irrespeto por el otro.  Independientemente de quienes cometieron la broma abominable, y de quienes eran el objetivo de la misma: el acto es repudiable.

Por último, es  hora de que primen los argumentos y no los actos irracionales.  Es el momento de anteponer la razón a la violencia, y de exhibir el mínimo respeto en todos los escenarios, ya sean reales o virtuales, y de tratarnos los unos a los otros conforme a nuestra dignidad humana. Y es el momento también de que tomemos conciencia de que todos los animales merecen nuestra compasión, incluso los más perseguidos por la especie humana, como es el caso de los roedores.  En todo caso hay seres humanos que generan más fastidio que ciertas inocentes criaturas.

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