¡Cumpleaños!

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Mario Arias Gómez

Por: Mario Arias Gómez

Es para mí, el 11 de julio, una mágica, conmovedora y épica fecha, en la que, resignado, imperturbable, sumo un año más a los tres cuartos de siglo, de mí ya estoica, fatigada y plateada existencia, alejada hoy por voluntad propia, del griterío del mundo, para darle paso al anonimato -lo que fuimos, fuimos-, en la indefectible compañía de la muy amada, paciente y tierna Judith -luz de mis ojos-, con la que cumplo, sin afanes, ataduras, creencias, prejuicios, preocupaciones, arrullado -siempre- por los trinos de los pájaros, con el mandamiento divino, ‘amarnos a nosotros mismos’.

Felizmente sin horario, madrugo a hacer lo que me da la puta gana; converso conmigo mismo; desmenuzo -entre bambalinas- patéticas y singulares vivencias, compiladas, a lo largo de mi incansable ‘andariegar’ por el mundo. Asisto, sin aspavientos, intimidaciones, prevenciones, a imaginarios funerales, a efecto de ganar experiencia, para cuando me toque liar bártulos, para el perentorio último viaje, sin retorno.

Desgrano sin ambages -una y otra vez- la inenarrable y punzante traición, proveída por un maquillado y campante ‘héroe’ -de fatídica recordación-, tenido equivocadamente por cuasi-hermano, al que serví con ‘alma, corazón y vida’; entregué lo más preciado, la juventud; abrumé de afecto; asumí -con entusiasta empeño- la condición de cirineo, echándome -sin reparar- su cruz a cuestas; suplí su molicie, flojera. Aporté regocijo, alegría. Pungente memorial de agravios para el olvido.

Irrecuperable tiempo perdido, escatimado a los míos, compensado, con desafiante e inequívoco garrotazo, que anida -incólume- en la memoria, resistiendo el diluirse. Patrimonial porrazo, perennizado en un ácido e inédito libro testimonial. Aleve ingratitud, que exhala hinchada repulsión, oculta en la dolida, triste alma, que el viento no quiere llevarse. Lastimada, oxidada leyenda, que ocupa lugar dominante en la historia de la infamia.

Diabólica e indeleble remembranza, que congela la sangre, causante de perversa, mortal herida, que nada la alivia, cicatriza. Masoquista repaso que solo difuminará el temido alzhéimer -remedio que resulta peor que la enfermedad-. Abyecto y diezmado pretérito, incorregible, insubsanable. Marchita amistad -no correspondida-, que tanto arrepentimiento trajo, mandada al carajo, por esta arrinconada y extenuada alma en pena, tardíamente persuadida, que “es mejor estar solo que mal acompañado”, máxime, cuando el melancólico cuarto de hora que le queda, es exigua para cuadrar caja.

García Márquez sostuvo, “El secreto de una buena vejez, no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad”, consejo que armoniza con la imperiosa e irreductible decisión de estar -a placer- exultantemente solo, libre como el aire, con la piel arrugada -constancia de haber de haber vivido-; con la esperanza, sueños, fortalecidos por el amor invencible de abuelo, reencarnado en los nietos, mientras, pausadamente, declinan las fuerzas; los finitos placeres de juventud, los otoñales, junto al imprescriptible antes de. Apasionadas, envidiables, eróticas y voluptuosas pinceladas, resguardas en el apolillado baúl de los recuerdos. El poeta británico, Lord Byron (George Gordon), anticipó: “Cuando la edad enfría la sangre y los placeres son cosa del ayer, el recuerdo más querido sigue siendo el último, y nuestra evocación más dulce, la del primer beso”.

Insondable desenlace que en forma excepcional recoge el último verso, del poema ‘Retrato’, del grandioso bardo español, Antonio Machado, connotado integrante de la admirada Generación del 98: “Y cuando llegue el día del último viaje, / y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, / me encontraréis a bordo ligero de equipaje, /casi desnudo, como los hijos de la mar.”

Francisco de Quevedo, precisó: “Todos deseamos llegar a viejos (‘en que lo bueno fue y lo malo es’) pero todos negamos haber llegado”. Empinado sobre la prematura e inescrutable nevada cima de mis curtidos e inescindibles años, luego de forjar en solitario la madurez, a través del persistente trasegar -repito- por atractivos, hipnóticos e inusitados escenarios, decantada por la esclarecida expresión de, Ortega y Gasset: “Yo soy yo y mis circunstancias”, la que de manera acertada, simétrica, explica que cada quien pertenece -en forma inseparable- al medio en que se forma, desarrolla, no al que  los ‘gitanos mercaderes’, pretenden clasificar, encasillar, encuadrar, engañar, manipular a los semejantes.

Adorno -para terminar- el añejo aniversario, con los siguientes aforismos de Ciorán: “Nadie puede conservar su soledad si no sabe hacerse odioso”. “Sólo se descubre un sabor a los días cuando se escapa a la obligación de poseer un destino”. “Se deja de ser joven cuando uno renuncia a escoger a sus enemigos, regocijándose con los que tiene a mano”.

Bogotá, D. C. julio/2018

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