Giro a la Derecha en Brasil

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Presidente de Brasil Jair Bolsonaro

Por Ricardo Angoso.

La política tiene mucho de escenificación y todos los gestos vienen cargados de  un gran significado y contienen un mensaje. Los primeros gestos del nuevo presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, al no invitar a su toma de posesión a los presidentes de Cuba, Venezuela y Nicaragua, por ejemplo, constituyen un claro mensaje a toda la región de por donde van ir las relaciones y alianzas que trabará en el futuro esta gran potencia de América Latina. Bolsonaro ha considerado como “dictaduras” a los regímenes políticos de estos tres países y ya ha anunciado que no tiene la intención de  contemporizar con los mismos ni  buscar vías de negociación política con gobiernos de demostrada carrera criminal, según asegura.

Lejos quedan los días en que casi todos los gobiernos de América Latina -incluidos varios colombianos- les reían las gracias a los tiranos Fidel Castro y Húgo Chávez, ahora vienen otros tiempos y ya hay varios países -Argentina, Brasil, Chile y Perú- que emplearán todos los medios a su alcance para que la democracia llegue a estas naciones que llevan años esperando en la cola de la historia a que regresen los vientos de la libertad. Bolsonaro tiene más que ver con el estilo del actual inquilino de la Casa Blanca, Donald Trump, que con su predecesor, Barack Obama, quien abrió las puertas  a la reconciliación con el régimen cubano sin obtener a cambio ninguna concesión para la dictadura, que ni siquiera liberó a los presos políticos.

El giro político en Brasil suma fuerzas al movimiento pendular hacia  la derecha que se ha vivido durante los últimos años en el continente, que se puso en marcha tras las victoria del centro derecha en las elecciones de Argentina, Chile, Colombia y Perú. También Ecuador da muestras de alejarse de la ola “bolivariana” y muestra un discurso centrado y moderado, lejos de los arrebatos político-retórico del antaño presidente Rafael Correa, aliado incondicional de las dictaduras cubana y venezolana.

Con este bandazo hacia la derecha queda claro que Venezuela está cada más aislada en el continente y pese a sus alianzas con Rusia, Bielorrusia y China, le resultará muy difícil encauzar su economía y estabilizarla sin la ayuda y la cooperación de sus vecinos. La geografía, pese a lo pueda pensar Nicolás Maduro, no se puede cambiar y es inalterable; intentar reubicar a Venezuela en un nuevo bloque lejos de sus pares latinoamericanos y al margen del comercio con sus vecinos, es una idea absurda y absolutamente irreal. Pero Maduro se mueve en otras claves y al régimen parece importarle poco o muy poco el sufrimiento de millones de venezolanos que están pasando hambre en estado puro y que huyen por millones del “paraíso socialista”; la dictadura ya sólo pretende seguir en el poder a cualquier coste, incluso desatando una brutal represión, y punto final. El gobierno de Maduro no es, como piensan muchos en Europa, un proyecto de izquierdas, nada de eso ahí en el asunto, es una dictadura cívico-militar con tintes mafiosos.

Bolsonaro ya ha anunciado una política mucha más dura con respecto a estos regímenes y la salida de Brasil de todos los foros controlados y dominados por los Estados bolivarianos, tal como han hecho ya con Unasur todos los países con gobiernos de centro derecha en el continente y seguramente secundarán otros. El proyecto de Chávez, de aglutinar en una gran alianza controlada por los países izquierdistas a todos los países de la región, se hunde estrepitosamente en el mayor de los fracasos.

GRANDES RETOS SOBRE LA MESA PARA EL NUEVO PRESIDENTE

Pero volviendo al plano interno, Bolsonaro tampoco lo tendrá tan fácil como a priori se puede suponer. La clase política brasileña, pero sobre todo la izquierda, está absolutamente desautorizada, pero eso no es óbice para que el nuevo presidente lo vaya a tener muy difícil en un legislativo donde apenas cuenta con el 10% de sus miembros, tanto en el Senado como en la Cámara de Representantes. También otros frentes, aparte del legislativo, como poner orden en la seguridad pública, constituye otro de los grandes retos del nuevo mandatario; el año pasado hubo en Brasil más de 63.000 homicidios y su tasa está entre las más altas del mundo.

La economía es otro asunto clave, cuando el país está en clara recesión y se anuncia incluso un crecimiento negativo para este año. Tendrá que generar confianza, atraer inversiones y reactivar la maltrecha economía local a base de incentivos y otras medidas que, seguramente, no serán muy populares. Luego tendrá que poner orden en las cuentas del Estado, otro gran desafío, para el nuevo presidente. “Del desolador panorama de problemas que enfrenta este país destaco dos íntimamente relacionados. En lo económico, el sistema de pensiones es un desastre porque es excesivamente generoso y carece de los fondos necesarios para sostenerlo. No hay límite de edad para el retiro y sus beneficios son incomparablemente más generosos que en el resto de los países del área, aunque el sistema beneficia más a los ricos que a los pobres y la demografía está en su contra. La población mayor de 65 años se triplicará para el 2050”, señala el columnista  Sergio Muñoz.

Así las cosas, y pese a las expectativas optimistas que genera el nuevo mandatario, no olvidemos que el camino para una reforma profunda de la administración brasileña y poner orden en las finanzas no será nada fácil,  tal como estamos viendo con el presidente argentino, que no logra controlar las mismas, y también con el colombiano, al que la pesada herencia recibida le lastra de cara a iniciar reformas y poner orden en una economía que marcha a ralentí. Bolsonaro está al frente de una gran potencia, dotada de ingentes recursos naturales y humanos y una gran potencialidad, pero que está profundamente enferma tras años de una serie de gobiernos de corte izquierdista que descuidaron aspectos fundamentales, como la lucha contra la corrupción, el establecimiento de la seguridad pública en las calles brasileñas y la racionalización de la economía brasileña, necesitada de profundas reformas estructurales. Bienvenido, Bolsonaro, el camino está más plagado de incertidumbres que de certezas.

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