No queremos colonizar a nadie, queremos descolonizarnos


 

El Papa Francisco habla de ideología de género y las iglesias, tanto católicas como evangélicas, alertan acerca de una supuesta ‘colonización homosexual’ que invade los colegios y las instituciones. Reproducen el discurso desde sus púlpitos, así como cuando se negaban a reconocer los derechos de las mujeres e instigaban el odio contra el comunismo y el liberalismo. Más allá de responder con indignación a estos calificativos acusándolos de ignorantes y retrógrados, habría que analizar cómo se constituye conceptualmente el discurso heteropatriarcal contemporáneo y cómo éste se instala en las subjetividades para actualizarse.

Hablamos del heteropatriarcado binario para referirnos a un sistema pensado en la defensa del binarismo de género, que además de estar en contra de la orientación sexual no heterosexual, ve como una real amenaza la visibilización y la reivindicación de derechos de las personas trans, porque ‘lo trans’ irrumpe y pone en duda la naturalización de los roles de género con relación a la naturaleza de los cuerpos. Poner en duda la manera en cómo el heteropatriarcado ha construido social, cultural, estética y políticamente los cuerpos sexuados derrumba el principal escudo de su retórica binaria: la naturalización de los roles de género. Al cuestionar la base del engranaje de esta máquina social, se está atacando el orden que pretende mantener los roles rígidos de la masculinidad que asegura el conjunto de privilegios de ésta a costa de la imposición del rol femenino construido en el patriarcado y que obliga al cuerpo que puede gestar vida a la función esclavizante y cosificadora de la re-producción de la mano de obra del sistema capitalista y la pesada carga del trabajo del cuidado a cambio de nada o de un salario mal remunerado.

Pero esta elaboración discursiva responde a un contexto global que las luchas de las disidencias sexuales han llevado a cabo durante décadas, teniendo como referente histórico la revuelta de Stonewall en el 69 hasta el día de hoy que los programas liberales han captado las reivindicaciones de estas comunidades, introduciendo la agenda LGBT dentro de sus programas políticos, ya sea para incluirla dentro las lógicas del hiperconsumo o para su normatización. De todos modos, esto ha ayudado a las personas homosexuales y trans a ser reconocidas como ciudadanos dentro del contrato social liberal, no sin antes reconocer que hay muchos factores que condicionan que estos derechos estén garantizados como la clase y la raza. Pero ante este escenario post-político, según Zizek, donde las reivindicaciones comunes son segmentadas para impedir la consolidación de una hegemonía alterna que esté en contra del actual sistema, las libertades y los derechos entran a chocar, por lo que el conflicto no se resuelve en la ficción de la democracia tolerante liberal.

Ahora nos enfrentamos al conflicto entre este sistema heteropatriarcal binario y quienes resistimos a su hegemonía en el marco político del liberalismo. El discurso de estas iglesias y de estas personas religiosas apela a una supuesta falta de respeto por parte de la comunidad LGBT por tratar de imponer sus valores a toda la sociedad asumiendo que  se está rompiendo el acuerdo del principio liberal que asume que mi libertad va hasta donde comienza la libertad del otro, así que aclaman la libertad de cultos para defender su posición e impedir un cambio real de las condiciones que privilegian al sistema heteropatriarcal binario. Pero esto lo permite el liberalismo, en cierta medida, teniendo en cuenta que la libertad de cultos ha sido una de las principales banderas que ha enarbolado como parte integral de su programa político. Sin embargo, la contradicción es latente, porque esto no impide que el conflicto se manifieste en una tensión de fuerzas, que amparadas en la libertad, impongan su visión de mundo y  la construcción de hegemonía. Y esto es lo que niegan las iglesias, que ellos mantienen una hegemonía respecto al control de ciertas instituciones claves que producen y reproducen subjetividades como lo son la familia y el colegio, una hegemonía que va en contra de las libertades individuales ya que asumen a los niños como su propiedad, por lo que aseguran así la imposición de su ideología y la reproducción del sistema heteropatriarcal. Aquí abría que denunciar que las iglesias cometen violaciones a los derechos humanos de cientos de niños que están obligados a recibir tratamientos de curación de la homosexualidad y tratos inhumanos como exorcismos y demás vejaciones que atentan contra la vida de las personas LGBT, empujándolas directamente al suicidio.

Pero al temer perder el control hegemónico dentro de la tensión de fuerzas, lo que hace el heteropatriarcado manifestado en estas iglesias y en sus representantes políticos es acusar de dictatoriales todos los intentos de dotar de derechos a las personas LGBT, cuando lo único que se intenta hacer desde el aparato político-administrativo del Estado es garantizar la ciudadanía de estas personas, en otras palabras, que nosotros como cuerpos seamos reconocidos como personas. Por eso es tan molesto para ellos la visibilización, la difusión, la manifestación de aquello que niega su ficción heteropatriarcal. Eso es lo que tenemos que comprender las personas que luchamos porque nuestros ideales de justicia sean hegemónicos con respecto al modelo social que nos ha marginado y exterminado. Nuestra lucha es una lucha política y si ellos temen la colonización es porque temen el cambio, porque esto afecta directamente los intereses y privilegios del sistema desigual heteropatriarcal. Los fundamentalismos se harán más radicales entre más se manifieste la contradicción, por eso es tan importante hoy hacernos visibles como esa fuerza social que quiere impulsar una profunda revolución cultural.

Habría que responderles que nosotros no pretendemos colonizar a nadie, como si lo han hecho ellos con nuestros cuerpos. Nosotros queremos descolonizarnos del sistema binario, descolonizarnos del heteropatriarcado, descolonizarnos del odio que nos han hecho tener por nuestros propios cuerpos y sentires. Nuestra labor es una apuesta por  la emancipación de este territorio íntimo que es nuestro cuerpo de las imposiciones y disciplinamientos de los que hemos sido víctimas. Queremos que nuestros niños homosexuales y lesbianas no sigan siendo matoneados en sus aulas de clase, queremos que aquellos niños que no se sienten conformes con su uniforme, puedan ser aceptados como se sienten y no como alguien más diga cómo deben comportarse.

Nuestra época nos exige luchar para afirmar nuestros cuerpos, no ya solamente para que las mujeres sean consideradas personas, sino para que todos aquellos que queremos escapar de la cárcel del binarismo, de los géneros impuestos, todos nosotros, los putos, los maricas, las areperas, las trabecas, los machorros, podamos ser personas.

 Por: @JeanPaulSaumon

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