Hermanos Zuleta


 

Al igual que la tradición los Hermanos Zuleta conjugan el sabor añejo de pueblo y el brindis del sol diario en que renace su ser. Como el torrente de un río que mantiene su cauce, ellos son el eco espléndido de voces lejanas que cantan en el jolgorio de gaitas, tamboras, pajaritos e interminables décimas, en la evocación mítica de Cristóbal Zuleta, abuelo que remonta el nombre de la dinastía musical, repetido sorbo a sorbo en coplas cantadas con la elegancia métrica del ‘viejo’ Emiliano Zuleta, hasta alcanzar la expresión creciente de los hijos germinados de su tierra, que con indeclinable amor dejan correr por sus venas ese redivivo entusiasmo que salta a un escenario desde su propio corazón.

Emilianito parece tejer con notas de filigrana las fibras más íntimas del sentimiento vallenato. Sus primeras impresiones discográficas revelan un joven diestro que ha tomado atenta nota de los pioneros acordeoneros trashumantes, pero su genialidad precoz descubre que en aquellos grandes pilares había que construir las obras creativas que dejaran grabada con lujo de detalles toda esa historia, para que quienes las visitaran en el futuro sintieran que desde el pasado se había interpretado su razón de ser en notas jeroglíficas.

Así mismo el tiempo lo fue esculpiendo como el gran maestro a quien todos escuchan para conocer. A Emilianito se le debe la argumentación de notas literales que interpretan lo que la composición poética quiere trasmitir, con la estructura clásica narrativa: introducción, puentes de notas dialogantes que comunican las estrofas y desenlace conclusivo, cuyo círculo armónico guarda el sentimiento que trae la obra. Esto significó un salto cualitativo en la evolución interpretativa del vallenato, ya que antes de él se ejecutaba el sentido melódico del ritmo, en paseo, merengue, son o puya, con la cadencia que le daba el intérprete, más no se desarrollaba el motivo poético de la obra en sí.

A partir de allí crea la introducción musical que sienta al escucha de manera cómoda en su propia expectativa, igual a la composición sinfónica, en el preludio que anuncia el espíritu de la obra. Lo cual difiere en forma sustancial de lo anterior, en que se hacían ejecuciones introductorias que acogían la armonía apegada al tenor literal de la canción. Tal revolución contenida en el pecho del acordeón permitió el desarrollo –sobre todo– del paseo romántico moderno, con el cual el género vallenato le pudo brindar a cada quien un sentimiento en particular.

Los mejores acordeoneros y académicos historiadores coinciden en señalar a Luis Enrique Martínez como el maestro fundacional que consolidó las bases de la interpretación del acordeón vallenato, cuya armonización va ajustada a la idea narrativa de la canción, a lo cual le agregó, o desagregó, la digresión de notas melódicas que definen un estilo en cada intérprete. De la mano con él Emilianito llevó a su máximo esplendor el clasicismo en la música vallenata, logrando unir un pasado que solo aspiraba a llevar las noticias a lomo de la juglaría a un tiempo real en que el vallenato quiso testimoniar en expresión musical la huella sentimental que iba dejando la historia rural de Colombia.

Al lograr traducir en lenguaje musical el sentimiento escrito en la poesía le permitió ser heredero de su mismo legado, ya que nos regaló otra faceta grandiosa, la de compositor. Sus canciones están tocadas por la inocencia fresca de quien descubre el amor, desde agradecer la herencia musical de su padre, pedir perdón a sus amigos parranderos por no poder beber, agradecer la batalla de la vida al lado de su hermano, pedir un besito a su nuevo amor como si le hablara a la primera novia en su pueblo, hasta profesar culto de adoración al amigo con el que se ha abrazado y sonreído toda la vida: El acordeón; por este motivo en la casa Honner se bautizó con su nombre un hijo de su gran amigo.

La herencia

El regreso (No bebo más)

Mi hermano y yo

A un colega

Mañanitas de invierno

Mi acordeón

A su lado, Poncho es el alma que se desborda en un canto, el acento patriarcal de sus dichos, el sortilegio de un verso robado a la noche. Es al oído de todos uno de los cuatro cantantes más grandes de la historia cantada del vallenato. De Jorge Oñate se valora el oro en su voz, de Diomedes Díaz que haya enriquecido el canto del pueblo, de Rafael Orozco la sutileza del secreto con que se trasmite el amor, y Poncho es en mucho el resumen de todo aquello. Dueño de una portentosa voz, que en otro tiempo pudo enamorar al indiferente ganado y multiplicar su fertilidad, llamar la atención de las aves e imitar en verano la creciente de un río, su labor de cantante por años le permitió grabar en discos el eco profundo de una tradición labrada verso a verso, como protagonista esencial de una expresión musical que de manera transversal pudo amalgamar la cultura y sentimiento de la nación.

Aquel torrente de versos que se multiplican como peces en su chorro de voz, después de tanto tiempo ocultó en el lecho de piedras de su murmullo el nombre de Poncho como gran compositor. De no haber sido por conjugar en su ser todo lo que representa el canto vallenato, y darse al deber de atender a todo el que llegara a descansar al canto de su casa, el mismo folklor vallenato habría tenido en él a uno de sus más grandes poetas. Lo frustró el hecho de querer vivir en su pecho el sentimiento de cada canción que interpretó. Y puedo probar que no es un elogio biográfico el que hago. Siendo apenas un muchacho, anticipado a su grandeza, juró morir por su arte. Grabó en la piedra del tiempo que “…si algún día ya no pueda cantar como ahora canto seguiré componiendo mis canciones…”. En la posteridad los historiadores podrán concluir con razón que si cada día lo que pudo fue cantar mejor, por cumplir su juramento sagrado de artista sacrificó en la misma piedra la creación de sus herederas canciones. Les tocará aceptar a todos ellos que por momentos olvidara aquel juramento que contrariaba su alma de poeta. Eran los instantes de destello en los que nos regalaba el fulgor de sus versos improvisados, con una lucidez que iluminaba a todo el mundo al final de sus presentaciones.

Muero con mi arte

El mundo entero puede entender hoy que no era una metáfora la que hacía Gabriel García Márquez al afirmar que “Cien Años de Soledad es un vallenato de 360 páginas”. Lo que ocurrió fue el genial artificio poético contrario, interpretó en notas literales lo que el lenguaje musical del vallenato ya había narrado. Cuando se otorgó el premio Nobel al universal cronista de la provincia que representa el vallenato, se quería una voz que revelara ese nuevo mundo y sacudiera el pecho frío de los palacios de Estocolmo, entonces se pensó en cuál de tantos emblemáticos acordeoneros podía acompañar a Poncho. Ese Festival Vallenato de méritos lo ganó en un fallo anónimo que nadie cuestionó su hermano Emiliano.

Son, los Hermanos Zuleta, dos gigantes que se escaparon en vida del Valle inmortal de los juglares, de donde nos narran historias fabulosas de parrandas eternas consagradas en el licor y en el amor sin palabras del chivo, cuentan que existen compadres que se abrazan como deberíamos los hermanos del mundo, que han forjado entre todos un patrimonio inmaterial que puede heredar quien quiera ser feliz, por ellos al escuchar su testimonio musical y seguir su huella sabemos desde ya que el tiempo nos dejó conocer el rastro de lo imperecedero.

Rodrigo Zabalata

Por Rodrigo Zalabata Vega

[email protected]

Decimos lo que otros callan
Cargando...

Deja un comentario