¡ A PENSILVANIA! (IV)

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!PENSILVANIA! cumple el 155° aniversario, con tal motivo, nuestro colaborador, Mario Arias Gómez, preparó una nota laudatoria, como homenaje a la hidalga ‘Perla del Oriente de Caldas’.

Homenaje al que se suma, gustosa 

La Otra Cara – Dirigida por Sixto Alfredo Pinto

¡ A PENSILVANIA! (Cuarta parte)

Mitológicos, sólidos portales, veneros de sabiduría, tutores insomnes de las incontables hornadas de bachilleres salidas de sus aulas bienhechoras, a los que les debemos buena parte de lo que somos los pensilvenses, cuya imperecedera impronta permanece grabada sobre la arena de los tiempos. Abnegada, generosa, intachable comunidad de hombres probos, íntegros, sabios. Insobornables MAESTROS -escrito así con mayúsculas sostenidas-, ansiosos por infundir, transferir con magnánima, rigurosa energía, lecciones de amor, dignidad y respeto a sus discípulos.

Minuciosos orfebres del saber, insuperables forjadores de valores que, con tesonero, desprendido empeño, le entregaron al país un sinnúmero de bonísimas, íntegras, pudorosas reservas morales, éticas que a la sociedad pensilvense, le aportaron su buen nombre, inmenso beneficio. Múltiples generaciones, de las que este agnóstico, pudoroso, seráfico servidor, es apenas un bosquejo muy superficial.

Reaparecido ego -devoto compinche- por el que pido rendidas disculpas, esencial en la infancia para el desarrollo de la individualidad, pero que a medida que llegamos a la adultez, se hace harto engorroso, espinoso, incómodo, insoportable.

Invocaciones que, con un alto grado de emotividad, fluidez narrativa, depurada prosa, materializó -óptimamente- en el apogeo de su existencia, nuestro contemporáneo, fecundo, metódico, prolijo escritor de la tierra, Alonso Aristizábal+, patentizadas en armoniosas, codiciadas, memorables páginas que, con el profesionalismo, precisión de un relojero suizo, relató mejor los hechos que ha venido garrapateando -con ternura de abuela-, este humilde, sencillo aplastateclas, perpetuados  por la inestimable paleta del destacado, talentoso pintor, Virgilio Patiño Gutiérrez, en sus brillantes, cuajados, sosegadas cuadros.

Fantástico, fascinante, hechizado, irrepetible, paradisíaco, seductor vergel, ´fábrica de atardeceres’, engalanado con crepúsculos -matutinos y vespertinos-; bañado por aguas cantarinas; arrullado por límpidos, traslúcidos arroyos, ríos y quebradas; aromatizado por el azahar de los naranjos y los mandarinos; por la balsámica fragancia de la fresca floresta; paraíso cuyo ambiente lo impregna la deliciosa, suave ventisca de los estancias paneleras; edén con un clima de ‘mejilla de novia’, cortejado por devotos bardos y cantores, que ofrendan simétricos versos que a los paisanos todos nos ponen la piel de gallina.

Patético, mitológico Olimpo, ‘refugio de esperanza’, inmortalizado por artesanos -con manos de seda-. Armoniosa, portentosa, policroma acuarela, donde el sol nunca se oculta. Imperturbable, celestial, místico oasis de quietud y sosiego, otrora tutelados por desveladas, imborrables, pulcrísimas autoridades religiosas: el Padre Amador Ramírez+, quien fungió como párroco 60 años (1870 a 1930); el padre Felipe Gutiérrez+ párroco y como alcalde, Pompilio Gutiérrez+, entre otros.

Auxiliado por los ensayistas, filósofos e historiadores: Montaigne y David Hume, afirmo que lo relatado es “vivo testimonio -de primera mano- del sitio donde viví, crecí, descubrí, palpé, olfateé”. Nadie que no lo haya ‘acariciado’, ‘hurgado’, ‘rastreado’, podrá referirlo, fiel, verazmente. ¡Loor a los recuerdos!

Perenne, fructífero periodo, en el que mantuve plurales, inolvidables diferencias -ideológicamente heterogéneas, moralmente neutrales, políticamente transversales-, discutibles y discutidas, con perspicacia sí, pero en forma civilizada, sin lastimar sensibilidades, sin herir susceptibilidades, sin causar heridas -incurables- a los seculares competidores, en el entendido que no había, hay, ni habrá razón para graduarlos de enemigos, pues siguen y seguirán siendo -en mi caso- admirados, valorados siempre.

Imposible pasar por alto en esta memoria, el mecenazgo ejercido por las Hermanas de la Presentación, desde la Normal de Señoritas, santuario de formación del ramillete de sardinas en flor, que nos tocó en suerte, moldeadas bajo la tutela de la Madre Ida, a la par del Hermano Martín (De la Salle), desde el Colegio Nacional del Oriente, recio tutor de la pollada de jóvenes atrás nombrados. Escrupulosos, desvelados religiosos, que dieron lo mejor de sí, lo que les valió reconocida, acatada autoridad e influencia, coadyuvados, concertados con las autoridades civiles, quienes enraizaron -conjuntamente- la paz, enaltecieron el alma, el prestigio de los pobladores del amoroso rincón patrio en comento.

Capullos que mutaron en airosas, atractivas, enceguecedoras, inspiradoras, lozanas, luminosas, rutilantes, seductoras, porcelanizadas, radiantes, volcánicas quinceañeras de ensoñación, de inusitada elegancia y gracia inmarcesible. Huríes con cuerpos de guitarra, “en cuyos pechos maduraban duraznos recién nacidos”, …»que sabían a lo que olían», …»a sabor de fruta madura”, versos que tomo prestados del bambuco ‘Campesina santandereana’, de José A. Morales.

Deslumbrantes, seductoras, vertiginosas jovencitas, que madrugaban a alumbrar, a encender el día, y que al pasearse cadenciosas, coquetas por el parque, liberaban -a su paso- eróticas, sensuales, subyugantes, esclavizantes aromas, de lo que pensábamos entonces, era la gloria terrenal. Sobrecogedoras Diosas, de piel canela, ojazos almendrados, que exhibían la ‘cascada de su cabellera deslizándose por la ladera sensible de sus espaldas’, preludio de belleza, hermosura. ‘Bellas, ellas, todas ellas, bellas’, decíamos, como un arcoíris, una rosa, un lirio blanco; delicadas, frágiles como una orquídea.

Tiernas, míticas, utópicas dulcineas contemporáneas que, en embrujadas, sensibles noches de luna, de nostálgicos susurros, estremecían, hipnotizaban a sus alelados, incontables admiradores; pimpollos que contenían la respiración; agitaban los exánimes, exhaustos, lampiños corazones, robados -muchas veces- por ellas, a los alucinados mocosuelos en agraz, poseídos por prematuras, tempraneras, pasionales fiebres que llevaban imaginariamente a navegar por los impredecibles, insondables, irrepetibles mares de erotismo, codiciando, soñando ser por ellas devorados.

Desconciertos, porfías que originaban humillantes frustraciones, torturas, suplicios, miradas de reproche que mataban, que, de haber conocido  la enseña del gran estratega, Napoleón, que confesó: “Las batallas contra las mujeres son las únicas que se ganan huyendo”, las hubiéramos evitado.

Cósmico, fascinante, inasible, mimoso mundo, calcado del realismo mágico de García Márquez, que ilustradamente lo definió como “Transposición poética de la realidad”. Falange de anheladas, desbocadas, efervescentes, inalcanzables, resbaladizas, voluptuosas odaliscas, inspiradoras de desbordados, juveniles, sensuales sueños que nos abdujeron, convirtiéndonos en dichosos, encantados, insomnes lacayos. Veneros de vida que, al retroceder en el tiempo este quejido autobiográfico, vuelvo -triturado por las recordaciones-, a tragar saliva.

Bellos, singulares, surrealistas momentos que seguí, sigo y seguiré -como su belleza- echando de menos.

Bogotá, D. C. 02 de febrero de 2021

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mario arias gómez
Abogado, periodista y escritor


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