Apoteósica, deslumbrante, magna, vibrante

Mario Arias Gomez, abogado

 

Imprescindibles adjetivos que concurren en mi ayuda, para registrar la efusiva y entusiasta acogida de millones de colombianos, al apacible, carismático y tierno papa Francisco. Especie de catarsis que sacudió los cimientos del alma de los creyentes e impíos -sin distingos-. Dulce visita del vicario de Cristo en la tierra, a su grey, quien llegó en plena tempestad a señalar el camino de la luz; apoyar la causa de la paz; conjurar la cizaña; reinsertar en lo posible a los escépticos, excluidos, explotados, marginados, a los mal llamados desechables; edificar amor, arrepentimiento, confianza, equidad, perdón, reparación, verdad, con énfasis en la reconciliación que cicatrice tanto odio, rencor, polarización.

Conmovedor recibimiento que cautivó la atención mediática del mundo, de la que me ocupo al intentar recoger los esperanzadores, imborrables y gratos momentos vividos, que difieren de la sesgada opinión del desilusionante, cáustico, efímero, insoportable, polémico y visceral amo del CD, rebelde sin causa, empeñado como vive, en atizar la caldera de la confusión -a punto de explotar-, a escindir al país. Tácito rehúso -por mero cálculo político- al llamado apostólico a la unión, hecha por el Sumo Pontífice. Propuesta menospreciada por el caprichoso, inescrutable y soberbio jefe, quién sin despeinarse, tergiversó el encuentro del pastor con el rebaño, distorsión que agitó el hígado de la poblada legión de católicos.

Fatídica argucia del ancestral Caín, pregonero del odio, encarnación del baño de sangre, destrucción y muerte, que ha azotado al país por más de medio siglo, apoyado -en su caso- por gentuza avasallada. Estúpidos integrales evangelizados por el enconado, impostado, presuntuoso y vertiginoso falso profeta, quién blanqueando los ojos, la mano en el pecho, dice amar profundamente a Colombia. Acuciante, desbocado, intenso y soberbio fariseo, carcomido por la ambición de poder, la envidia, ira, quien impávido instrumentaliza los vasallos que secundan a pie juntillas sus extravíos. En su vesania lanza rayos y centellas contra los muchos insumisos.

“Padre, perdónalos porque no saben lo que hace”. Lucas 23,34. ¿Será? Clemencia invocada en favor del victimario en cuestión, a la espera que se arrepienta de corazón, por los múltiples males causados. Medroso leviatán -en su peor versión-, cuyo patético y tétrico pasado pone los pelos de punta a cualquiera.

Examinadas entre líneas las homilías -paradigmas de armonía-, aparece moldeado el fatigoso “perseguido político” del Ubérrimo, ignorado debidamente por el papa, que no acusó recibo de la tóxica carta enviada, contenida de la rayada falacia del supuesto fallido, Acuerdo de Paz, replicada oportunamente por el fastidioso y latoso senador Barreras, que la calificó de embustera, recordándole que su gobierno, fue quien puso patas arriba la nación, sin ofrecer nada serio a cambio.

En tal contexto de fanatismo e intransigencia, de filibusterismo político, del teatral, fatigante y oportunista expresidente -de viaje a ninguna parte-, quien pancarta en mano, le dio la “bienvenida” al papa, instó la “bendición”, expresó “respeto y devoción”, hipócrita (Mateo 6, 5) que produjo vergüenza ajena.  https://www.las2orillas.co/alvaro-uribe-la-visita-del-papa-harakiri-politico/

Bufón que insiste -repito- en dividir el país entre amigos y enemigos de la paz, fingiendo ser partidario, con pequeñas reservas, que la desvirtúan e imposibilitan. Sin rubor, tacha de fascistas a quienes no hincan la rodilla, ante tamañudo dislate, desguazar o reventar el Acuerdo -tema de salud pública-, que está por encima del supremacista afán de venganza contra el presidente “traidor”, que solo la salda, la surrealista recuperación del mando.

Muy a su pesar, el periplo papal terminó exitosamente. Hombre de nuestro tiempo, afable, alegre, bueno, distinto, inteligente, sencillo, conocedor de nuestra idiosincrasia, quien rompió paradigmas que parecían inalterables; destapó las densas tinieblas y alcantarillas por las que se mueve el agrio exmandatario. Con cara de circunstancia y gesto amargo, el Santo Padre le puso el dedo en la llaga: “No quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva” (Ez 33,11). Actor de salón de la guerra, manipulador de la dignidad del pueblo, secesionista de la paz, sin la cual no hay mañana, opositor cerrado a la reparación de las víctimas de la atroz y cruenta tragedia, parida por el conflicto armado -negado por el encubierto e indomable promotor-. Conste que no se trata de olvidar u ocultar la historia, sino evitar que se repita.

Padre amoroso cuya sencillez cautivó, prendó la juventud, aupada a ser creativa, reinventarse; volar alto; ser socia de la empresa común que es la patria; dejar la indiferencia; respetar la vida; no permitir ser aislada, que la subyuguen, roben la alegría, la felicidad, la esperanza, invitándola a desarmar los espíritus; pasar la página; plantar perdón, respeto, convivencia en la diversidad, sin temerle al futuro; atreverse a soñar en grande. “La tierra -dijo- es nuestra casa”. “la Paz comienza por cada quién”. “No sirve de mucho la riqueza en los bolsillos, cuando hay pobreza en el corazón”. “Un tesoro que nadie puede quitarnos, no es lo ahorrado, es lo dado al prójimo”. “El matrimonio es un trabajo diario, artesanal, de orfebrería, en que el esposo hace más mujer a la mujer, y la mujer más hombre al hombre”. “No esperemos a ser perdonados sin perdonar, ser amados sin amar”.

“Tener personas a quien amar se llama familia, y tenerlas se llama bendición”. “Jamás provoques lágrimas en el rostro que nos ha regalado las mejores sonrisas”. “No llores por lo que has perdido, lucha por lo que te queda”. “No llores por el que ha muerto, lucha por lo que ha nacido en ti”. “No llores por quien se ha marchado, lucha por quien está contigo”. “No llores por quien te odia, lucha por quien te quiere”. “No llores por tu pasado, por tu sufrimiento, lucha por tu presente, por tu felicidad”. “Sin perdón la familia se convierte en fuente de conflictos, reducto de penas”. “Pedir perdón no siempre significa que estamos equivocados y el otro en lo cierto. Significa simplemente que valoramos la relación más que nuestro ego”. “Quien no perdona no tiene paz en el alma, ni comunión con Dios”. Amén.

Por: Mario Arias Gómez 

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