Las lecciones que nos deja el atentado terrorista E17


 

Por Juan Mario Sánchez Cuervo.

Del aleve y detestable atentado terrorista del pasado 17 de enero Colombia debe aprender varias lecciones; en primer lugar, para evitar el retorno a ese terror impune de décadas recién idas; y  después, para tomar conciencia de que sólo el rechazo unánime a esa clase de actos sicópatas y depravados le garantiza a nuestro país una estabilidad prolongada, sin riesgo de colapsos económicos, políticos, sociales, y por ende, institucionales.  Por el contrario, la anarquía, el caos, la indiferencia,  la intolerancia y la falta de solidaridad se constituyen en  terreno abonado para que germine  la semilla del terrorismo. En este sentido, en los días posteriores al insuceso, fue bochornoso pasearse por las redes sociales para contemplar la indolencia rastrera de muchos ciudadanos ante un acto criminal tan monstruoso.  En verdad, no era el momento para que los simpatizantes de la izquierda combativa le enrostraran al gobierno los asesinatos de los líderes sociales, en tanto el país era testigo del drama de los familiares de los jóvenes policías. A propósito, los padecimientos de los líderes sociales, y otras desgracias que padece Colombia a todos deben preocuparnos, y en su momento se ha abordado ese tema lamentable en diferentes medios; es más, es un asunto ante el cual nadie debería pasar de largo. Pero la existencia de ese flagelo no tenía por qué generar el morbo de los malintencionados,  pues con motivo del E17 sobreabundaron los insultos, las afrentas, el irrespeto y la falta de decencia a la hora de referirse al insuceso en el que los sacrificados fueron unos valientes jóvenes y sus sueños de servirle a la patria.   Y cómo no, tampoco faltaron los insensatos e irresponsables que hablaron de autoatentado y de complicidad de las mismas autoridades con historias y rebuscamientos propios de mitómanos y empeliculados.  Para completar, los rancios representantes de la extrema derecha se apropiaron de un discurso beligerante como si se tratara de detonar los címbalos de una guerra civil.  En todo caso unos y otros no actuaron con prudencia.

En este orden de ideas, Colombia hoy por hoy necesita con urgencia tres valores que garantizarían un futuro venturoso: moderación, unidad y tolerancia.  Moderación para no caer en los extremos y en la trampa del odio y en las provocaciones de los amigos de los incendios y asonadas.  Unidad, porque todos, absolutamente todos deberíamos rechazar el terrorismo, y no estar fragmentados en discusiones ridículas que pretenden justificar lo que no tiene ninguna justificación,  y que más bien le da espacio a la disociación de los fanáticos que no se permiten ser solidarios ni siquiera en circunstancias alevosas, las que cualquier ser humano mentalmente sano rechazaría categóricamente. Es así como en cualquier país civilizado, por decir algo en  Francia,  el pueblo en su conjunto se une para repudiar el terrorismo; en cambio, deprime darse cuenta que en nuestro país algunos parecen alegrase por ello. Y por último, Colombia necesita tolerancia, porque de la tolerancia nace el respeto por la diferencia, y del respeto por la diferencia se desprende la capacidad de coexistir al lado del que piensa distinto a mí, el cual puede tener perspectivas distintas, quizás ideales distintos, pero con el cual puedo interactuar, discutir, polemizar  en el marco de la legalidad, el  respeto y la empatía.

A modo de conclusión: si bien a partir del E17 Colombia quedó herida en su entraña más sensible y profunda, hay también razones para conservar la esperanza y un cierto grado de optimismo: la mayoría de nuestros compatriotas repudiaron el atentado y rodearon a la Policía Nacional y a los familiares de las heroicas víctimas,  y por supuesto, en el ámbito de la opinión nacional quedó claro también que los extremos no son la solución, y menos si esos extremos se relacionan con brotes de violencia también extrema.  Y en lo que respecta al terrorismo, existe una mayor conciencia de que tales actos están lejanos de toda humanidad, y en cambio, son cercanos a los comportamientos irracionales y desalmados de los que sobreviven al amparo de su terrible oscuridad… y no los llamo bestias, porque las bestias se rigen por el instinto y la lógica de la naturaleza.  El terrorismo va más allá de lo inhumano, de lo ilógico, de lo desnaturalizado, de lo bestial, de lo monstruoso, de lo innombrable.  Si los colombianos nos unimos para convocar la unidad a través del rechazo de toda forma de violencia,  y del repudio general para no darle cabida a la repetición de actos repugnantes como los del E17, entonces habremos aprendido la principal lección.

Decimos lo que otros callan
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