Mr. President


 

A contrapelo de la opinión nacional e internacional calificadas, de las encuestas, de las divisiones internas de su propio partido y de la misma lógica política (hizo todo lo que no se puede hacer en una campaña), Donald Trump se impuso como presidente del país más poderoso del mundo. Con la consigna “Hacer a América grande nuevamente”, el mediático y grandilocuente magnate logró mover las fibras íntimas del curtido nacionalismo gringo, que se encontraba bastante desmoralizado por el gobierno de Barack Obama, que, a juicio de muchos, ha sido débil y ha traído, como consecuencia directa, la pérdida de la histórica superioridad de los EEUU en el concierto internacional. “Pasamos de ser el león de la selva, a un gatito asustado del que todo el mundo se ríe”, me dijo en su momento un buen amigo norteamericano.

Trump, con un discurso populista y vocinglero, logró capitalizar el descontento de millones de ciudadanos con la clase política tradicional (the establishment), electores que ven, en el nuevo presidente, la oportunidad perfecta para volver a tener el país de siempre: próspero en todos los sentidos en el nivel interno, y respetado y temido, como el que más, en el exterior.

“La civilización del espectáculo”, como bien lo dijo Vargas Llosa en su libro homónimo, se ha tomado el mundo (el nobel de Literatura también cayó en esa red: ha sido portada de todas las revistas del corazón, por cuenta de su tórrido romance con la socialité Isabel Presyler). Pues bien, a Trump le ayudó muchísimo, para llegar a la Presidencia, el hecho de ser una celebridad reconocida por sus negocios, el concurso de Miss Universo, su reality y toda suerte de excentricidades. En estos tiempos, tal condición aplica para todas las profesiones y oficios: a la gente le gusta seguir y apoyar a aquellos que tienen fama.

Otras enseñanzas menos banales deja la virulenta campaña Trump vs. Clinton: los gringos demostraron que son los que mandan en su plaza (el voto latino no es tan decisivo como se pensaba). Hay una gran fractura entre lo que quieren los medios tradicionales de comunicación y lo que añora el pueblo: a Clinton la apoyaron cerca de 600 medios, y a Trump, tan solo 13. Las castas políticas tradicionales de EEUU están liquidadas, mientras que los grandes opinadores han sido reemplazados por las redes sociales.

Una cosa es ser candidato y otra muy distinta presidente electo. El discurso de la victoria de Trump es prueba de ello: se mostró conciliador y sosegado, y un tanto sorprendido, hay que decirlo: ni él mismo pensaba que podía ganar. Trump sabe bien que, si quiere tener gobernabilidad y trascender, debe unificar a una sociedad hoy dividida, como pocas veces antes. Los que piensan que con Trump llegará el apocalipsis deben tranquilizarse: el sistema político-jurídico gringo es tan serio y arraigado que un presidente, aun con mayoría en el Congreso, no puede hacer lo que le venga en gana: el presidente de los EEUU es más poderoso hacia afuera que internamente.

Trump ganó contra viento y marea, y supo prendar, como nadie, el corazón y el hígado de sus votantes. Si se rodea y asesora bien, hará una buena labor y hasta puede que sea el Ronald Reagan del siglo XXI, exitoso presidente del que también se burlaban antes de que lo fuera. A veces de quien menos se espera es quien más puede dar.

La ñapa: el susto del gobierno Santos con la Presidencia de Trump es grande: ya están buscando padrinos para acercarse a él como sea.

Por Abelardo De La Espriella

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