Ángel de la paz


 
El general Sant Dua, como se hace llamar hace ya más de ocho años, desfila y declama discurso contra la falsa democracia del país, mientras lucha por sus ideales y contra enfermedades que aún no se diagnostican.

Y mientras, en Inglaterra, el premio nobel de la paz dialoga con la reina Isabel acerca de lo ocurrido en los diálogos de habana, al otro lado del mundo, en la capital de Colombia vive el señor Aníbal Muñoz Valencia que a sus 89 años de edad, lucha solo por una causa, la paz de un país en guerra, para así logra al final de sus días ser canonizado como el ángel de paz, siendo este su mayor sueño.

Con sus ojos azules y su voz temblorosa a causa de su ya avanzada edad, recita día a día discursos en contra de, lo que para el es, un mal “gobierno humano”, ésta ves, es hacia el alcalde capitalino, Enrique Peñalosa. Con un poco de barba sobre sus mejillas y con sus manos plagadas de manchas blancas a causa del leucoderma, una enfermedad producida por la despigmentación de la piel, habla con el espíritu de un joven, de lo que le aqueja del gobierno actual.

Sin necesidad de ser 31 de octubre (la fiesta de las Brujas), día a día disfraza su cuerpo con la ropa apropiada para todo un general, con su uniforme de oficial adornado por más de 20 medallas llama la atención de cualquier turista que pace por el lugar, no cualquier viejo se sienta frente a una bandera de Colombia todos los días, para intentar ser escuchado por una sociedad que deja atrás lo viejo, para contemplar algo nuevo.

Son las cinco de la mañana y la alarma suena en aquel albergue, una alarma llamada Doris, se trata de una agradable enfermera que cuida abuelos que llegan día tras día a esta casa, para encontrar un refugio en donde se les da comida y se asigna una cama para dormir, este sitio para muchos ya es un hogar, este es el caso del General Sant Dua quien lleva viviendo allí por más de un año. Al levantarse de la cama muchos se dirigen al baño para ducharse mientras que Aníbal se dirige directamente a la mesa a esperar con ansias su desayuno, frutas picadas, café en leche y un pancito son el buenos días de este viejo soñador, y aunque los desayunos varían este es uno de sus favoritos le recuerda las mañanas de san Bartolomé, un pueblito de caldas rodeado por naturaleza y el calor característico de su región, lugar donde nació, y a pesar de no pertenecer a una familia rica económicamente hablando, disfruto su infancia junto a sus siete hermanos menores.

Después de vivir en San Bartolomé, su familia viajó a Salamina, otro pueblito de caldas llamado Salamina, lugar un poco más grande y urbano, en donde curso hasta séptimo grado, segundo de bachillerato para ese entonces, pero dejo el estudio para irse a trabajar y ayudar a su numerosa familia.
Al terminar de desayunar, regresa al cuarto, dobla su vieja piyama y escoge uno de sus uniformes con los que no como cualquier general dirigió un ejército, pero si ha comandado su vida y logra sobrevivir a las batallas diarias que se encuentran día a día en la capital.

Estando solo con una hija que vive en Medellín con tantas cosas que hacer, tan importantes, que su padre paso a otro plano y hace mucho que no se ven y ni hablar de sus hermanos que aunque ya solo son la mitad, esos tres lo han olvidado, incluso para la repartición de la herencia de sus padres, su familia se convirtió en los demás abuelos de la casa, con los que convive diariamente hablando de sus grandes anécdotas de vida.

Cuando cierra la puerta de la casa en donde vive, va hacia el centro de la ciudad, coge un bus que no demora más de 40 minutos en dejarlo cerca de su destino, antes de empezar a trabajar va la panadería más cercana, se toma un café y hace unos cuantos comentarios a las mecerás para simpatizar un poco.

Y así comienza su día, se sienta nuevamente en la banca esperando que un estudiante le tome fotos para algún trabajo y le deje algún dinero, o un turista pase por el lugar y le de una que otra propina para alcanzar a reunir el dinero del tinto de la mañana siguiente.

Por: Nicolás Nieto Bernate

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