Aylan: “Amado por todos”

El sepelio de Aylan en Kobani, Siria/ elperiodico.com / AFP Photo / Anha

 

Encontré a Aylan en uno de esos diccionarios de significados de nombres, con “i” latina, no con la “y” griega con la que aparece su nombre en sirio, como si desde la génesis de su designio quisiera alejarse de las costas natales en un barco griego.

Por las noches, cuando los compromisos diarios me lo permiten, acuesto a mi hijo de cuatro años, pero en pocas ocasiones cuando llego tarde, lo encuentro dormido en mi cama, esperándome, boca abajo, con los bracitos estirados en sus costados y con las nalgas levantadas, así mismo como quedó Aylan en la playa, como aguardando a su padre, quien impotente intentó su salvación.

Cuando vi la foto de Aylan, tendido sobre la playa con su cabecita que recibía las últimas caricias del tenue oleaje que contenía algunas partículas del agua salada que lo ahogó, inmediatamente pensé en mi hijo, fui hasta su cama, lo levanté, lo abracé profundamente, se me inundó la cara de lágrimas y me pareció como si estuviese encumbrando en mis brazos a Aylan.

El sentimiento que embarga mi pobre espíritu ahora mismo resulta paradójico, porque hasta hace unas horas, uno de los últimos países que quería visitar era Siria, pensando en que la ortodoxia con la que se asume la guerra interna que apena a esa mística nación, me causa un profundo temor por los ciudadanos de ese, y los territorios circundantes.

Podría encuadrar ese sentimiento en lo que se denomina xenofobia. Creo que sí. Confirmo lo que se me pasa por mi mente en momentos de egoísmo, y en los que todo ser humano aunque sea por instantes, se considera más grande que un ser superior, llámelo como lo llame: Dios, Gran Arquitecto del Universo, Todopoderoso, etc.

No se me borra de mi mente la imagen de ese niño sirio de tres años y las expresiones artísticas con las que se pretende justificadamente taladrar nuestros corazones, para que todos nos sintamos culpables de la muerte diaria de muchos Aylan.

Somos responsables sin causal de exclusión, porque con nuestras actitudes diarias discriminamos de una u otra forma a nuestros semejantes.

El mundo entero, sin distingo de raza, color, religión o clase social, debe recibir una sanción moral por la muerte de ese niño, con un agravante, pues todos los días muere uno como él, ahogado en la playa Siria o Turca, de hambre en Etiopía, por una mina antipersonal en el Caquetá o en Cocorná o atravesando un río fronterizo.

A esta hora mi sentimiento ha cambiado. Qué desgracia que ese cambio se produzca por culpa de la desventura de una familia.

Quiero conocer Siria, Irak, Palestina o Egipto, para abrazar miles de niños y ciudadanos de esas naciones, y reclamar mi esencia de cuando fui niño o la condición que luce mi hijo cuando duerme. Así como quedó dormido Aylan.

Para bienaventuranza del universo, en el que habitamos culpables directos e indirectos de esta y muchas otras tragedias, Aylan significa: “Amado por todos”.

German Calderon España

Por Germán Calderón España
Abogado Constitucionalista

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