El Río Sinú, Pasado y Presente

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“No se aprecia el valor del agua, hasta que se seca el río”.

Por: Eduardo Padilla Hernández, presidente Asociación Colombiana de Veedurías .

HIDROGRAFÍA ACTUAL
El Río Sinú nace en el Nudo del Paramillo, en el municipio de Ituango, Antioquia, teniendo su recorrido mayoritariamente por el departamento de Córdoba y desemboca en Boca de Tinajones, contigua a la bahía de Cispatá, golfo de Morrosquillo, en el mar Caribe.

Con una longitud de 415 km, es el tercer río colombiano más importante de la vertiente del Caribe, después de los ríos Magdalena y Cauca. En sus 13.700 km² de cuenca, el Sinú irriga 16 municipios cordobeses, los cuales derivan su economía -en gran parte- de las bondades de este río.

No en vano el valle del Sinú está entre los más fértiles del mundo, al lado de los del Nilo, Tigris y Éufrates. En su parte media es aprovechado para la generación de energía hidroeléctrica con el embalse de Urrá y dos plantas hidroeléctricas.

El camino aluvial marcado por el Sinú es una de las más importantes fuentes de aguas de la costa Caribe, por la indiscutible importancia ambiental y por su rol vital en el desarrollo de la economía y la cultura de quienes habitan sus riberas.

El principal atractivo turístico relacionado con el río reside en el Parque Ronda del Sinú. Entre las actividades que se pueden realizar en el parque, destacan la observación de la flora y la fauna del lugar, la zona cultural, el área de comida, así como el mercado público donde se pueden encontrar artesanías.

El Río Sinú irriga de forma directa a ocho municipios cordobeses: Tierra Alta, Valencia, Montería, Cereté, San Pelayo, Lorica, Cotorra y San Bernardo del Viento (en su orden sur‐norte).

UNA HISTORIA DE HORROR

El valle del Sinú era un territorio donde los zenúes, gobernados por Finzenú y Totó, se dedicaban a muchas actividades: caza, pesca, agricultura, cestería, orfebrería y alfarería, pero sobre todas sus labores, cuidaban el río. Todas estas faenas las practicaban en armonía con la naturaleza, que, según la tradición oral, los nativos habían aprendido de los abuelos, según los preceptos de los primeros padres Melxión y Manexca, que, a su vez, estos habían recibido las normas ambientales, sociales y culturales directamente del dios Karagabí, que significa creador de todo lo que existe.
Para que hubiera un equilibrio en la práctica de la agricultura, estas comunidades primigenias construyeron una serie de canales a ambos lados del río, con lo cual lograron dos objetivos: El suelo, en verano, permanecía húmedo; y en invierno, evitaban los desbordamientos del río.

En 1509 arribó, al imperio Finzenú, el conquistador Martín Fernández de Enciso y, luego de aprender el lenguaje nativo, les explicó a los zenúes que debían rendirle obediencia y someterse al rey Fernando V de Castilla y II de Aragón (Hoy España), que debían pagarle impuestos cada año, que había un sólo Dios; también les habló de los poderes que el papa tenía y de cómo éste era señor del universo en lugar de Dios, el cual gobernaba el cielo y la Tierra.

Pero los Zenúes respondieron: “El papa debe estar borracho por atreverse a decir que él es Dios, y el rey debe estar loco por mandar a cobrar impuestos por algo que no le pertenece”.

Todo era perfecto para ese pueblo ancestral guardián del Río Sinú, hasta ese día que llegó al Finzenú la catástrofe de la civilización con toda su barbarie de destrucción, de saqueo y de muerte. Los dardos untados de curare fueron inútiles ante el fuego asesino de los arcabuces.

HABLA EL RÍO SINÚ

«Yo me divido en dos eras: antes y después de la represa de Urrá. Este embalse produce tanta energía, de tal manera que los estratos 1 y 2 deberían gozar de energía gratuita. Otro mal que generó este proyecto fue la extinción de mis bocachicos, una de las especies ictiológicas más deliciosas de la región.
Yo no soy culpable de que cualquier día la flora amanezca sin su color verde esperanza. Tampoco soy responsable de que la fauna ya no tenga madriguera donde refugiarse. Todo esto se debe a los humanos que me maltratan; ellos arrebataron mi transparencia que cuando era fecundada por el sol, daba a luz la vida de todos los seres.
Los humanos de mi margen izquierda y derecha perdieron su identidad, porque se alejaron de mis aguas que ya no dan vida sino muerte.
Durante mucho tiempo lo hice y lo hago todavía: Ayudo al agricultor a que empuñe su bandera verde y amarilla de hojas, espigas y mazorca de maíz y, sin prometer nada, matamos el hambre de buenos y malos, porque nunca he tenido excepción de personas. De la misma manera, regalo agua fresca al hombre que arrea su viaje de ganado y canciones de vaquería por el sendero de la plenitud.
Pero una élite malvada arruinó mi liquido precioso, ante la mirada apática de los mal llamados sinuanos que no me defienden, porque, al parecer, una mentalidad destructora se apodero de los cordobeses, de tal modo que todo este panorama parece un pueblo de ovejas, gobernado por una junta de lobos, para beneficio de buitres. Uno de ellos fue alcalde de la antigua ciénaga de la Montería, que ahora no se llama San Jerónimo de los Charcos, sino San Jerónimo de las cloacas.
Este personaje pérfido inició la catástrofe ambiental que contaminó mis aguas, que antes eran tan diáfanas que en el fondo de mi cauce se podían contemplar las piedras grandes, ovaladas y milenarias que parecían huevos de dinosaurios.
Si se tratara de Martín Garabato o de Juan de los Palotes, ya estuvieran presos, pero como él pertenece a la élite malévola, esa seudo corporación lo ascendió, premiándolo con el Ministerio del Medio Ambiente.
La élite no sólo vierte todo el estiércol de Montería en mis aguas, sino que, además, se roba las tierras adyacentes a los humedales, como la ciénaga de Martinica, la ciénaga de Ayapel y la ciénaga Grande de Lorica, entre otras.
Por la codicia, los terratenientes canalizaron mi delta, formando tres estuarios. Ahora mis aguas desembocan por tres afluentes diferentes, que se comparan con el tridente del dios Neptuno. Este dios de las aguas ha sido desafiado por la corrupción. Y como es muy peligroso e inestable, con sus emociones puede provocar terribles tormentas y tempestades en la política cordobesa».

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Eduardo Padilla Hernández
Abogado, Columnista y Presidente Asored Nacional de Veedurías


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