En Bogotá llegó la hora de la mujer

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Por  Tulia Sáenz. 

tuliasaenz@hotmail.com

El aniversario 483 de la fundación de Bogotá es, sin duda, gran ocasión para expresar en estas líneas el sentimiento que desde hace mucho tiempo ha sido una lucha constante ya no solamente de las mujeres, sino de una sociedad que cada vez más pide una real inclusión, justicia social e incidencia de la ciudadanía en las decisiones del presupuesto y administración del Estado.

“¡Es la hora de las mujeres!”, una frase que llevamos décadas, mucho antes incluso de la Asamblea que dio origen a la actual constitución que cumple treinta años con muchos retos todavía para introducirse en la conciencia social, y por lo tanto en la acción legal de la sociedad colombiana. Pero lamentablemente esa frase como muchas que se han vuelto “de cajón” en los lugares comunes de la política nacional ha sido, sobre todo en estos tiempos de estallidos sociales y pugnas de cambio, sinónimo de una promesa incumplida, de algo que está bien decirlo aunque “uno sepa” que en este país “eso no va a pasar”.

Solamente por poner un ejemplo terrible que se ve en vísperas de elecciones, es cuando de forma íntima e interna a sus círculos de oyentes, amigos o familia, muchas mujeres de todas las condiciones sociales y económicas dicen frases cómo: “este país no está preparado para que una mujer gobierne”, “yo soy mujer pero no voto por mujeres…¡Qué tal!”, “¡Esa vieja no va a ganar!”, “Este país necesita el liderazgo de un hombre y mano dura…”. Debemos cambiar la dialéctica de refrán popular del “no hay peor enemiga de una mujer que otra”.

La participación femenina en la administración pública y social ha crecido de la mano de una dupla perniciosa: el discurso de la cancelación-políticamente correcto y el populismo legal. Las leyes actuales de cuotas obligatorias de contratación pública o conformación de listas para corporaciones públicas o concejos consultivos que será reemplazada por las “listas cremallera” -mujeres y hombres intercalados en los renglones de esas listas- generan una nueva dinámica de discriminación adicional al liderazgo femenino sin analizar el mérito y la competencia experiencial o académica y llenando espacios “para relleno”, “porque tocó” y “para que no nos demanden”.

Siguiendo con esta línea de los refranes populares “a fuerza ni los zapatos entran” y dentro de la autocrítica natural a la ética social que cualquier buen ser humano debe tener desde su dignidad, las mujeres colombianas debemos realizar una reflexión autocrítica sobre el por qué y el cómo estas visiones regresivas sobre nosotras se volvieron cotidianas en el país y un obstáculo para todo nuestro desarrollo vivencial no solamente político, sino familiar, profesional y hasta de, literalmente salir a la calle y seguir con vida.

¿Y qué ganamos con todo este discurso? Mucho, muchísimo, y nuestro entorno, en este caso Bogotá, gana demasiado.

La forma de ver el mundo de la mujer y de entenderlo es diferente desde lo biológico, lo mental y lo físico. Y eso no es una debilidad, es una fortaleza como todo indicio de diversidad existente en la naturaleza. Y el manejo de las crisis internas y externas a nosotras es nuestro diario vivir en el plano familiar, de pareja y cotidiano. Esto genera resultados positivos o negativos de acuerdo a una serie de variables como los principios y valores, el entorno familiar, educativo y social que circunden la vida de la mujer. Pero para no irnos lejos del contexto de nuestra ciudad aquejada por tantos problemas y descuidos y que necesita ya de soluciones reales para la calidad de vida de toda la sociedad y su medio ambiente, dicho sea de paso en la coyuntura más fuerte de la historia reciente en lo social, económico y ambiental, sin tener aún una salida ni un camino cierto a la recuperación del tejido humano.

El liderazgo femenino es necesario en el Congreso de la República, en sus dos escenarios de Senado y Cámara de Representantes precisamente para aumentar la visión desde una perspectiva diferente a la que ha manejado el país, desde un machismo egocentrista construido de manera paritaria por diferentes generaciones de hombres y mujeres; desde una perspectiva de real ciudado integral de la sociedad, de ética transversal y dedicación real al servicio público en su origen más apegado al significado de esas palabras.

El valor de la palabra, el cumplir lo que se dice, la coherencia en las palabras y los hechos son cosas que se han perdido en la política no solamente en Colombia sino en Occidente y deben recuperarse para construir una nueva perspectiva en estos tiempos tan convulsos que son también una oportunidad tanto para el diálogo como para nuevas formas de liderazgo constructivo y colectivo que se generan precisamente en los momentos de crisis que nos ponen a prueba.

¡Démosle un cambio a Bogotá! ¡Acompañemos el liderazgo femenino bogotano en el Congreso de la República!

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