Inocencia, reflexiones sobre el NO


 

La esperanza por un romántico futuro fue abrumada nuevamente por una realidad  inhumana  y egoísta. 

Por unos días me vi identificado con mi país, aquel que estaba buscando el fin de un conflicto de más de medio siglo, el que creía en el perdón y la reconstrucción, en una visión nueva alejada a lo que siempre hemos tenido, aquel que fue noticia por la paz y no por el narcotráfico y la guerra. Vaya sorpresa que me lleve al ver los resultados de aquel 2 de octubre de 2016, quizá no por lo que en realidad veía en el día a día, sino más bien por toda las expectativas que deposite en la decisión de mis compatriotas, por mi insaciable anhelo de paz y las ganas de ver a este país progresar.

Sin embargo, con lo anterior no afirmo que aquellos que votaron en contra del proceso sean unos guerreristas, ansiosos por ver más muertes y años en guerra. Busco explicar las razones por las cuales ganó el “No” y por qué no se identifica con ese 50% que evitó dar el salto que hemos buscado tantos años.

Aquellos pseudomesias sedientos de adoración, que no han hecho más que segregar y discriminar, que no han puesto un pie en el campo y no saben lo que es la guerra, que están tranquilos transitando por distintos círculos de poder, impusieron sus intereses y trasmitieron sus miedos al electorado. Después de una campaña sucia, repleta de desinformación, de verdades a medias y mentiras completas, se alcanzó esa polarización que para un tema como el de la paz parece irreal.

“Colombia se lo va a tomar el Castro-chavismo”, “los acuerdos son la claudicación del Estado ante las FARC”,  “Colombia va a ser gobernado por homosexuales y guerrilleros”, “vamos a terminar como Cuba y Venezuela”, son algunos de los argumentos que se escuchaban por las calles y se veían por redes sociales y que al analizarlos  evidencian un claro desconocimiento de los acuerdos y de la historia del país. Peor aún, dejan de lado el sentido de este proceso de paz, las víctimas, los que vivieron en carne y hueso la crueldad de la guerra y que en verdad necesitan que termine.

Indudablemente esto fue lo que se registró en las urnas, el centro del país y las grandes ciudades (a excepción de Bogotá, curiosamente la ciudad que aloja más desplazados)  fueron los que impulsaron la victoria del NO, mientras que en el campo, la arena de batalla de estos cincuenta años de guerra, ganó contundentemente el Sí.

Es increíble que intereses políticos y económicos de unos pocos hayan retrasado la cita que tiene Colombia con el perdón,  con la reparación de las víctimas y la recuperación del campo, con la inclusión de todos los sectores de la sociedad, especialmente aquellos que han sido históricamente ignorados.  Para esto es necesario algo mucho más grande que un mesías, mucho más que unos santos  o un Uribe, se necesita trabajar en la cultura, en colombianos más conscientes y menos sensacionalistas,  abiertos al cambio y a un futuro progresista.

Es doloroso pasar otro día más sin que exista la intención de todos para construir la paz, pero espero que nuestras acciones sean más grandes que los intereses de esos que siembran odio en nuestra sociedad. Todavía se puede, todavía hay olor a paz.

Por Juan Pablo García Arévalo

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