La Gran pelea de los siglos


 

 

Ensayo de Rodrigo Zalabata Vega

¿Cómo puede morir un inmortal? Es la pregunta que trata de responderse el espíritu humano al asistir al funeral de aquel llamado a trascender el límite borroso del olvido ¿Hacia dónde se dirige la gloria que busca vencer a la muerte? Extraña circunstancia que jamás conoceremos, ya que al estar vivos nunca llegaremos al lugar de estar más allá, y al llegar, a los mortales el álbum del tiempo solo nos guarda el haber celebrado modestos triunfos familiares. Aun así, deambulará por siempre en la memoria el ánima que sueña pervivir, de la manera digna como el ser inexistente vive en el recuerdo.

Ha muerto el más grande deportista que tendrá presente la historia moderna, entre todos los que se despiden hacia la posteridad: Mohamed Alí.

La gloria que alcanzó en el deporte lo esculpió al alzarlo como héroe, ya que se cinceló golpe a golpe hasta dejar acabado su cuerpo en su efigie inmortal. Vivió en él la convicción de su grandeza, al punto de poder vociferarla, entre tañidos de campana, mientras sucedía: “soy el más grande”, le dijo al mundo desde que hizo notar su presencia en el coliseo de las fieras, enfrentado a los adversarios más feroces, dentro y fuera del cuadrilátero.

El hombre moderno de la antigüedad

El boxeo que conocemos hoy, en antiguos pugilatos estuvo presente en los primeros certámenes que escenificaron la creación del deporte. El ritual que lleva a cabo debió nacer en la lucha atávica como los machos primitivos dirimían sus supremacías de género; las hembras serían siempre su trofeo más deseado.

En la moderna Grecia arcaica que vivían los griegos de entonces, cantada por Homero, ya hizo parte de los consagratorios juegos de Olimpia, creados en el año 776 a.c., evento que mostraba en actividad el más puro ideal del hombre griego, preparatorios del mundo de Occidente que creaban y que sentían les era propio. La altitud vital del tiempo a su favor les hacía pensar que podían identificar las virtudes espirituales, morales y destreza física en la belleza con que miraban su cuerpo, reflejados en los dioses en cuyo honor celebraban. Como parte de los juegos hacían ejercicios de pensamiento, entre filósofos, astrónomos, poetas, con los que dejaban ver el vigor de la cultura helénica. Aquel esplendor de virtud y belleza exaltado por la inteligencia humana era dable alcanzarlo al hombre libre griego, que debía demostrar el honor de encarnar en esencia aquello que significaban los dioses. Una sociedad representada en la perfección ocultaba ante sus ojos que no daba lugar a la participación de la mujer y su realidad se soportaba en la espalda de esclavos, cuyos derechos les eran ajenos.

Era la vida misma enfrentada al rival invisible de la muerte para no ser borrada de la faz de la tierra, en la narración que trasmiten las generaciones que viven el futuro. Las mismas guerras se llevaban a cabo con un espíritu deportivo, el orgullo de prevalecer y ser historiado en la memoria del tiempo. El anhelo de Aquiles por derribar rivales y ser recordado como el más grande guerrero que lucharía hasta perder su vida por no morir en el olvido. Es Homero el gran narrador de la historia que cuenta las hazañas del héroe que exalta la condición humana.

Dos hechos marcaron la distorsión del ideal original del deporte: representar en acción al ser mitológico que unía al hombre con su divinidad. Uno, la supremacía del imperio Romano, por el que la humanidad del competidor se envilece al quedar al servicio del poder absoluto. Los ejercicios de dominio a la vista del gobernante traslucía dar al pueblo el pan de la guerra en espectáculos públicos, en ellos podía ganarse la muerte entre gladiadores y esclavos, o alcanzar un día la gloria de escapar, una vez servido crudo, de ser el premio de los leones. Otro, la consagración del credo cristiano, que al matrimoniarse con el poder terrenal concibió la idea de que en vida poco vale el uso del cuerpo si se trata de alcanzar la meta del más allá. Sería también el reflejo de aquel que había sacrificado su cuerpo por representar la voluntad del Dios que gloria en el cielo.

Como se sabe, el Renacimiento significó volver a vivir la libertad del cuerpo, con una existencia más propia que la ofrendada por los griegos a sus dioses, lo que trajo de vuelta toda actividad que exigiera lo máximo de su vigor. De él creció la modernidad hasta adquirir su mayoría de edad y separar su experiencia de la autoridad de un Dios padre. Asumir su independencia no fue tarea fácil, ya que también se había revivido la antigua vergüenza de tener por fuerza hermanos esclavos, mientras se precisaban los límites de la ley de naturaleza humana de los designios subliminales que dictaba la religión.

¿Por qué puede afirmarse que Mohamed Alí es el más grande deportista de la historia moderna? Porque personificó de la manera más fiera la conquista del ideal del hombre moderno de Occidente.

¿Por qué para afirmarlo este escrito remonta su nombre hasta traer acá al más grande guerrero de la mitología griega? Porque solo los héroes pueden viajar en el tiempo y el espacio.

El mito hizo que fueran admirados por propios y extraños, sus rivales caían bajo el honor de haber combatido con “el más grande”. Ambos fueron despedidos hacia la inmortalidad con el funeral de héroes de su tiempo, pero su gloria es diferente.

Para los griegos las tareas del honor eran propias de hombres libres, quienes gozaban de los derechos de la ciudad–estado. El deporte era concebido como el gesto encendido que los congraciaba con la virtud que exaltaban los dioses, al tiempo que los preparaba para hacerse al mando de la historia. La más grande gloria se ganaba cuando se franqueaba el límite de la muerte, perdido en la bruma de sus llantos de invierno, y se iba al abrazo del ser divino. Por ello, el guerrero Aquiles al morir vivificó el espíritu de trascendencia en la antigüedad.

El hombre antiguo de la modernidad

El hombre de nuestro tiempo, independizado de la voluntad de Dios, también busca en el más allá la gloria de vivir en el recuerdo del mundo que abandona. Mientras tanto, el Estado secular celebra consagrar en la ley la igualdad del género humano, pero no puede obligar en libertad a la consciencia de asumirnos iguales. De allí que la gran lucha del hombre moderno no sea confirmar el honor de ser hijo de su Dios, el cual le regaló de graduación el libre albedrío, sino lograr el reconocimiento de sus propios hermanos. La sociedad moderna, con igual sentimiento que el Caín de la Biblia, puede matarnos en vida y negarnos como seres anónimos desheredados de la naturaleza que nos dejó el padre celestial, pero en el deporte se permite disputar el llegar al límite del cuerpo en un escenario triunfal; la gloria habrá de alcanzarse en el esplendor meridiano de ser reconocido entre relámpagos del éxito.

La historia de Cassius Marcellus Clay, jr. así lo relata. Todo comienza con un niño de piel negra nacido el 17 de enero de 1942 en Louisville, Kentucky, EE.UU, al que privan de la libertad de su infancia cuando le roban su bicicleta y siente que el mundo que lo rodea no lo acompaña a darle vuelta, entonces decide iniciarse en el gimnasio de boxeo para darse sus derechos por su propia mano. Se rompe la cadena social y lo obliga a crecerse hombre al haber perdido objeto su infancia.

La libertad perdida la recupera su cuerpo en el renacimiento de su adolescencia. Su primera hazaña la logra con la medalla de oro en los Olímpicos de Roma 1960, pero su inocencia de héroe cae derrotada cuando quiere celebrar y la sociedad por la que luchó le niega la atención en un restaurante por su condición de negro. Cuenta que el oro simbolizado en la medalla lo tiró desde el puente en el río Ohio, gritando callado su primera protesta por aquello que para los antiguos hubiera significado sentir en el pecho el honor de los dioses, en la modernidad recibía la moneda falsa con que se paga el valor de una vida por los que viven de tener en cuentas las riquezas humanas.

Podría discutirse entre todos los conocedores si Alí es el más grande boxeador de la historia, pero ese título en verdad lo gana al encarnar el ideal de héroe moderno de Occidente, como aquel que no obstante ser hijo de Dios solo puede hacerse de la nada. A diferencia de Aquiles, hijo del rey Peleo y de la diosa Tetis, por cuyo don –salvo el talón por el que lo sostuvo al bañarlo– era invulnerable su cuerpo, el cual ofrendó por la vanagloria de ser recordado en medio de la admiración de su reino, el plebeyo Alí sacrificó su cuerpo por ganar la dignidad que, de no ser así, le hubieran negado sus contemporáneos. Más acá de la estela que dejaron sus hazañas en el boxeo, la cual será señalada por siempre en el firmamento como estrella guía, está el testimonio humanístico de haber encumbrado la inteligencia en el deporte que está concebido en la torpe idea de pelear contra la misma naturaleza.

Alí y Alá

¿Resulta una contradicción de la historia que el más grande deportista que representa el espíritu moderno de Occidente se haya convertido a la fe del Islam que tutela a Oriente? Dejo tal respuesta a los filósofos, pero es en ello donde surge con más fuerza Alí como signo y símbolo de nuestro tiempo.

¿Podrían los defensores de la fe cristiana acusar al más valiente guerrero del deporte de ser un cobarde traidor de su Dios? Les conviene que no, porque en Occidente la gloria de los que triunfan está a salvo de la condena que disciplina a los mortales.

Es un hecho de fe que la historia espiritual de Occidente se divide en dos: antes y después de la crucifixión de Cristo. Antes, los dioses jugaban a ser hombres y los hombres a ser dioses, entre quienes se consideraban libres y dignos el uno del otro. Después, la religión cristiana hizo gobierno en la tierra de la mano con los imperios e instauraron la fe en un Dios que está presente en la nada al tiempo que mora ausente en el mundo existente.

La historia política de Occidente también se divide en dos: antes y después de la creación del Estado secular, aquel que se gobierna por la voluntad humana. Pero la historia que crea el hombre es una especie parasitaria que se entrelaza hasta devorar a la propia naturaleza. Por eso termina la misma naturaleza e incluso el Dios que la creó sirviendo a los intereses de los gobiernos de la tierra.

Tanto es así que el poder terrenal ha instrumentalizado la presencia de Dios en imágenes que resultan aparentadas con la estirpe que gobierna; ángeles blancos hechos niños sin sexo, con gestos inocentes y alas de penitencia en su espalda; vírgenes lívidas abren sus brazos desapasionados después de la ablación de su naturaleza, con una mirada perdida de arrepentimiento; un santoral de hombres blancos forzados a no cometer los errores con que se experimenta la vida.

En honor a esa escala de virtud que degrada la ‘pureza’ en la piel de blanca a negra, representando el árbol genealógico de la sagrada familia, se estableció el orden de oportunidades en la sociedad Occidental, de tal suerte que mientras menos parecido se tenga al retrato original del Dios padre, más alejado se está de los beneficios que reconoce la fraternidad de los hermanos modernos.

Otra hazaña sucedió el 25 de febrero de 1964. Aquel niño negro que había perdido la libertad en la que creía escapar dando vueltas en las cadenas de su bicicleta, logra llegar al título mundial de peso pesado –máxima categoría– en boxeo; celebraba apenas sus 22 años, el campeón más joven de la historia. Se había convertido en poco tiempo en un hombre prematuro que aún conservaba su cara de niño feliz, pero ahora había desarrollado una inteligencia de sobrevivencia.

Su derrota estaba a favor de todos los pronósticos. La duda que entusiasmaba las apuestas era si podría salir con vida del aquel combate. Enfrentaba a Sony Liston, un expresidiario de complexión y humor de oso, en el que los apostadores del brutal deporte habían depositado todas sus esperanzas que callara por siempre al apodado “bocón de Louisville” o “bocazas”, a quien no podían quitarle la elocuencia de estadista ni su belleza indestronable, arrogante como si fuera blanco, que parecía no entender que se trataba de un pobre negro que debía poner sus primitivas fuerzas de esclavo al servicio de los amos del espectáculo.

Una vez ceñida la corona de campeón mundial, lo políticamente correcto para un hombre nacido en las entrañas del capitalismo, que por su color se tiene en el último eslabón en las cadenas de la libertad, era que se alineara con los astros del sistema –las estrellas de su bandera– y se empeñara en amasar fortuna. Sobre todo en su país, tierra de oportunidades, que residió en América el nacimiento del Estado moderno que había concebido Europa; cuya nación política, constituida de inmigrantes europeos perseguidos por su religión, que ocupó el lugar de la nación nativa y trajo sus propios esclavos, al lograr su independencia se confederó en la fe ciega en las libertades individuales, compartiendo el capital político común de la propiedad privada, con el particular derecho de quien pueda obtenerla, sobre los demás, así sea a los golpes.

Pero sucedió lo contrario. Ante las luces del escenario que lo aplaudía con respeto y admiración empezó a deshojar la corona de laurel de su celebración. Ninguna gloria lo haría olvidar que su nombre de pila bautismal, Cassius Marcellus Clay, le venía grabado de sus ancestros esclavos, marcado con hierro de ganado por los dueños de sus antepasados. Ahora que él era dueño de la mercancía que se ofrecía en el negocio de las cadenas de mercado, el precio político en la oferta y demanda de su cuerpo serviría para lograr la emancipación cultural del pasado. Soberano en su libertad de consciencia declaró el nombre que le revelaba su renacida fe religiosa convertida al Islam: Mohamed Alí.

La explicación condenable que le pidieron, en medio de las llamas del racismo que devoraba al sur de los Estados Unidos, y que dio con elocuencia de predicador anglicano, era que no encontraba reflejado su espíritu en toda la iconografía que le mostraba la tradición cristiana, por tanto el problema no era de comunión espiritual sino de confrontación física de la fe que asume al Dios en cuál creer.

Por el contrario, la historia espiritual y política del Oriente dado a la orientación del Islam ha sido consustancial a la divinidad, ya que se gobierna bajo la sumisión a la ley del Corán, que expresa los designios que Alá reveló al profeta Mahoma; razón suficiente para que ni siquiera se piense una separación del Estado y la religión. Dicha concepción puede ser mejor o peor, pero nos interesa afirmar que no necesita expresarse en imágenes para mostrar el parecer de su Dios.

La libertad espiritual que Mohamed Alí encontró en el Islam significaba escapar a la fe racional a la que nos ha encadenado el pensamiento antropológico de Occidente, desde los griegos, el cual ha querido encontrar el eslabón perdido con los dioses, y se los representa en imágenes que trasmiten el poder de los genes divinos.

Aquella conversión en paz bien podría expresar la fórmula espiritual que explicaría y evitaría tantas guerras en las que se invoca la voluntad divina, con la que se ha querido –desde siempre– glorificar una fe acá en la tierra, porque tanto la religión cristiana como el Islam, o cualquier otra, podrían concluir con una metafísica simple que si existe un creador del mundo material en que vivimos sería, por definición, un mismo Dios, luego perdería sentido conquistar por uno u otro su propio lugar, salvo que se escondan intereses múltiples opuestos a su misma razón.

Desde los tiempos de Aquiles

Quienes vivimos la guerra de Troya podemos testimoniar, trascendidos en la lectura de la posmodernidad, el triunfo de Aquiles sobre la muerte, ya que lo recordamos hoy tan vivo como luchó en el pasado. Hemos destacado las ventajas de héroe de que gozaba, al ejercer su nobilísima condición de hombre libre y la invulnerabilidad de su cuerpo divino, salvo la condición humana de su talón.

Pero es justo recordar que su gloria es particular, ya que su alma se entusiasmaba por la vanidad que le prodigaba los aplausos de la historia y celebraba el nacimiento de la tragedia que lo haría inmortalizar. Mientras Aquiles henchía su pecho del viento en que viajaría hacia la posteridad, cuyas hazañas inspiraban a las musas, el rey griego Agamenón invadía, hacía arder y tomaba para sí las riquezas divinas y humanas del reino de Troya, las que por su materia temporal poco le importaban al gran guerrero que codiciaba ganar su inmortalidad.

En sus manos, el héroe de nuestro tiempo, Mohamed Alí, nos mostró lo contrario. Asomados al lente por el que vemos desde ya las ruinas en que nos encontrarán sepultados los historiadores del futuro, los contemporáneos vimos en televisión el nacimiento de un ser mitológico que volaba como mariposa y picaba como avispa a sus rivales, hecho realidad por la virtualidad de que los héroes pueden volar en el tiempo y el espacio.

Sus deslumbrantes combates se vivían en el fragor de las batallas épicas, pero en la voz de la gente se convertían en narraciones literarias, para ser editadas como capítulos de la historia. Escritos a puño y letra con tinta roja, con los prólogos proféticos de sus declaraciones antes de cada pelea, anticipaba el asalto en que iba a derrotar a su contrincante, lo que confirmaba con una magia escondida en los guantes que iba más allá de los golpes que daba y evitaba, ya que su cabeza de orador en alto parecía tratar de persuadir antes que intentar dañar, con una coordinación de pies y manos en clave de un concierto para piano.

Entre las hazañas más memorables están sus peleas con Joe Frazer, reconocido por Alí como el más enconado e indescifrable rival que parecía multiplicarse al pegar y defenderse al mismo tiempo, enfrentados dos gladiadores que deciden matarse tres veces en duelos civilizados. Otras fueron con Ken Norton, cuya primera pelea, la cual perdió, fue la más celebrada por sus detractores, ya que le fracturaron en el primer asalto la quijada de burro con la que no paraba de hablar cual profeta bíblico, no obstante lo cual pudo llevar el combate hasta el final.

Aunque la hazaña impensable la logró al ganar su pelea con George Foreman, un gigante indestructible con golpe de ariete para derribar fortalezas, quien ya había derrumbado a los mismos rivales que habían derrotado a Alí, tirados al piso como promontorios de escombros. La pelea se celebró en Kinsaza (Zaire), actual República Democrática del Congo, promocionada para ver el ganador entre la fuerza bruta y la inteligencia, sin razones que hicieran pensar que esta vez no le harían morder a Alí el polvo de su propio monumento, y escenificada como el gran reencuentro universal con las raíces del género, en la cuna en que nació la inescindible raza humana.

Ahí sí fue la de Troya, porque se invirtió la lógica que los profetas del boxeo habían predicho de esa pelea, ya que quien se creía inteligente y ágil se había detenido como una sorda muralla que no escucha consejos, a recibir todos los golpes que un mal boxeador acumularía en toda su carrera, mientras que a quien se pensaba bruto se le veía cabalgar desbocado sobre Alí, como si golpeara un caballo al que obligan a marchar hacia el abismo. Nadie sospechaba que el tiempo da vueltas en sí mismo y reeditaba la estrategia de guerra más inteligente que se recuerde, pues Alí, el Aquiles moderno, estaba agazapado en el caballo esperando el asalto para derrumbar la muralla invulnerable que lo circundaba. Dicha coincidencia de la historia dio fe de que los héroes pueden viajar en el tiempo y el espacio.

El niño que llegó a ser el más grande

En realidad no fue el crecimiento del niño negro que perdió su bicicleta y logró ser campeón mundial lo que lo hizo el más grande; con ello la sociedad contemporánea apenas le permitiría hacer valer su dignidad natural; sino el lograr la liberación de una condición social a la que tendría que encadenarse: aquella de su origen racial.

No bastaba haber nacido en la sociedad política que inauguró las libertades institucionales del mundo moderno. Ni que sus increíbles hazañas exaltaran el orgullo de toda la nación. Mucho menos el impagado favor histórico del progreso del país forjado a manos de negros esclavos. Desde la antigüedad, la sociedad Occidental cree más en el valor de la imagen que en el trabajo que la hace valiosa. Los griegos miraban a los dioses en el espejo de sí mismos, ahora la modernidad proyecta estrellas artificiales que muestran de nuevo el viejo Olimpo que rige nuestro destino, en el mismo firmamento de un padre celestial sin apariencias.

De tal suerte que la gloria alcanzada por Alí debía quedar al servicio del reino imperial al que pertenecía, de la manera más utilitaria. Lo mismo que en la antigüedad. Agamenón necesitaba sus mejores soldados para poder invadir a Troya, pero sobre todo la imagen que representaba el más grande guerrero. No solo eran los muertos que podía sumar Aquiles sino los que podrían multiplicarse por el metal de quienes lo idolatraban, lo más importante para tener en cuenta.

Si bien el espíritu de héroe de Aquiles resistía la ambición material de su rey, cedía al saltar el muro de la tentación a matar todos los muertos necesarios que le hicieran ganar su inmortalidad.

Al contrario, la gloria de Alí la asumimos nuestra. Cuando fue llamado al alistamiento militar, a las filas del ejército que marchaba al Oriente lejano hasta Vietnam, con el discurso en armas de su gobierno de conjurar el demonio del comunismo ateo, se negó a riesgo de que lo encerraran tras las murallas de la libertad. Manifestó que la fe del Islam le impedía matar a sus hermanos de cualquier nacionalidad, credo o raza. Negarse a pelear la guerra le significó perder la corona, ser señalado de traidor a su reino y el más grande cobarde de la historia.

Pero lo cierto es que la batalla que libraba iba más allá del temor a perecer. Era evidente que siendo símbolo de gran combatiente no iban a arriesgar su muerte. El favor que le pedían era que con vestidura militar alentara el espíritu patriótico de todos los negros que por inescrutable designio colocaban en primera línea de fuego. Al poner en riesgo su vida fuera de combate plantó la primera objeción de consciencia en el corazón de la nación, cuando la política aconsejaba hacerse parte del botín con solo lustrar la bota del imperio que pisa por todo el mundo.

La lógica de la guerra terminó por darle la razón después que habló solo de paz. Las imágenes en tiempo real mostraban que no es como en las películas, ya que los héroes verdaderos no vuelan sino que yacen bajo tierra en tumbas anónimas.

Al perderse la guerra quedó a salvo su dignidad. El gobierno de los EE.UU hubo de retirar las tropas y restablecerle sus derechos políticos. La corona de campeón de boxeo debía recuperarla por mano propia, después de cuatro años de inactividad deportiva y actividad política; hazaña que, dueño de su futuro, logró dos veces más. Pero su valor de héroe sin armas ya había trascendido su condición de gran boxeador. En adelante habría que tenérsele como un gran líder mundial de la paz, más allá de las guerras verbales con que promocionaba sus peleas, cuya violencia aplicada recaía en él con su rival y nadie más, hasta hacerle soñar al más incrédulo la hazaña imposible que un hombre de su color de piel llegara algún día a ser presidente de la nación más poderosa del mundo.

Los cruzados destinos de Oriente y Occidente

La fe ciega nos ha hecho ver mundos separados en un solo mundo, como si se trataran dos caras de una moneda, cuando el espejo de la madre tierra nos muestra que, sea por creación o evolución, somos el mismo que el otro. Grabada la evidencia geológica, nos demuestra que la humanidad era aguardada al mismo destino, si hubiéramos nacido antes que se fracturara el gran continente Pangea, único lugar que contuvo los cinco continentes que tiempo después, de la mano del dios escogido, han peleado entre sí a través de los siglos.

Igual si seguimos el curso de nuestra huella genética, registro innegable en cada célula heredada por generaciones, datada por la ciencia en el ADN mitocondrial que trasmite la madre. Su historia nos narra que descendemos de una Eva negra que habitó África hace 150.000 años, cuyos descendientes, apenas cumplidos 80.000 años antes de nosotros, dieron paso a la diáspora que pobló los continentes del planeta. A partir de allí el género humano se separó en naciones, colores y creencias, ideas que dividieron en especies su misma razón de ser.

Tales mundos imaginarios han guiado el comportamiento bipolar de Oriente y Occidente, como dos hemisferios de la misma cabeza que piensan el uno por el otro, al extremo de creer diferente al mismo dios que creó un único mundo. Es cierto que esas visiones cruzadas dieron lugar al descubrimiento de nuestra América, continente que se hallaría perdido si no fuera por la desorientación de Occidente al tratar de encontrarse con Oriente.

El nuevo mundo significó la experiencia alucinada de suponer lo imaginario sobre lo real, al borde del naufragio en que viajaba Europa, al asumir la visión de un reino natural de incalculables riquezas expuestas a la mano de la nativa servidumbre, al que solo le faltaba forjar la Corona de oro del rey y su reina, y un poco de la tracción animal de los esclavos. Les demandaría a los recién llegados desalojar la residencia de dioses inútiles, dedicados a la hacienda de labores domésticas, aparentando ser lo que no debe hacer un dios verdadero.

Lo más alucinado es que los supuestos mundos separados tienen su lugar por la posición en que el sol los encuentra todos los días buscando alumbrarnos a todos, como si el dios de los cielos mirara cómo amanecieron sus hijos.

La historia en cambio está hecha de encuentros violentos entre Oriente y Occidente, como los brazos de un boxeador loco que pelea con su sombra, el que en cada pelea cree hacerse campeón mundial pero se derriba a sí mismo.

Esa visión contrariada consigo tradujo todos los muertos que celebramos en la lectura heroica de la Iliada, mirada ahora la Grecia que entonces ambicionaba las riquezas contenidas en la Troya encerrada en su mundo en el Oriente cercano, aupada por los dioses de la antigüedad que ya hoy no existen. También sucedió con quienes murieron en la batalla de Guadalete en el 711 d.c., momento en que los musulmanes bajo la orden de Alá invadieron al Occidente la península Ibérica, dando fin al reino visigodo al mando de don Rodrigo, cuyo cadáver desaparecido no pudo recibir cristiana sepultura; igual los que quedaron en el camino de regreso por la recuperación de los reinos católicos, después que aquel encuentro por ocho siglos había posibilitado un diálogo silencioso entre los dioses de cada religión. Cómo olvidar la memoria de quienes se sumaron a las Cruzadas, cuyo ideal sublime de recuperar el lugar del santo sepulcro –espacio que hoy comparten las tres grandes religiones– terminó por dar inicio al gran negocio del capitalismo moderno.

Llegados a la postmodernidad hemos trascendido la antigüedad con el mismo influjo religioso. Al otro lado de cada hemisferio se señalan los gobiernos de disponer ejércitos miserables llevados a matar por defender supuestos designios divinos, así se roben a sus espaldas los bienes terrenales que amasó para todos. Ambos le echan la culpa al fantasma del comunismo que no tiene su dios, por lo que toman como propio. También marchan bajo sombras ejércitos privados iluminados por la voluntad oculta de dios, que pueden matar a todo el que se oponga a que el mundo sea salvado, o simplemente cortar la cabeza a quien no piense como ellos. Es tal su mística en las virtudes purificadoras de la muerte, que pueden arrastrar a los demás en su vuelo feliz hacia el más allá y estrellarse como insectos contra las paredes creyendo que derrumban al imperio del mal.

La metáfora de la bicicleta

La historia al chocar también crea destellos de luz, la vida y obra de Mohamed Alí es fiel reflejo. A quienes les parezca inverosímil la historia del niño que por perder su bicicleta llegó a ser campeón mundial de boxeo, les recuerdo que creó en el deporte en que se va a las manos un juego de piernas llamado “la bicicleta”, sublimación de una verdadera metáfora del cuerpo.

Resulta una paradoja que los feroces contrincantes que derrotó en el cuadrilátero gozaron de la salud de su retiro, mientras Mohamed Alí terminó sus días envuelto en los temblores que no tuvo al enfrentarlos. Pero se trata del gran héroe de la modernidad, porque venció los temores del niño que se creció dentro de sí por alcanzar la gloria de su dignidad. Más bien nos deja la lección a los adultos de lo que pueden llegar a ser los niños, sin que les robemos su felicidad.

Aunque su mayor hazaña fue mostrar que la gloria humana se alcanza en la paz. Con la acción del verbo venció al más grande imperio, cuando quisieron llevarlo a la guerra como el caballo de Troya que llevaría escondida la ambición de su gobierno al invadir Oriente. Ejemplo contrario a todo el que deje estallar el odio con que lo hacen crecer desde niño.

Ahora se me revela el significado de lo que he tratado de descifrar. Al encender el pebetero de la llama olímpica en los juegos Atlanta 1996, trémulo como el fuego sagrado de su efigie inmortal, pudimos entender desde los griegos que el deporte es el mensaje vivo que los dioses nos envían grabado en el cuerpo.

Los líderes políticos del mundo deberían reconocerlo. Mohamed Alí unió lo que ellos han dividido: Occidente y Oriente; al demostrar que dicha línea imaginaria, como toda frontera racional, es antinatural porque divide al género humano. Así, al cambiar su nombre heredado de esclavos rompió las cadenas que desunieron por el color de la piel a los hijos entrañados de aquella Eva; al orar en distintas religiones reconcilió el espíritu universal de un único Dios creador; al resistirse a pelear la guerra entre hermanos mostró que nunca se gana, en todo caso se pierde.

Hoy entendemos la vocinglería que mantenía antes de sus brutales combates, en la que se proclamaba “el más grande”,  “el más bello”. Tenía en realidad un profundo contenido humanístico, consistía en reconocer la grandeza que ha logrado toda la raza humana y la belleza que no puede quitarle los espejos porque está resumida en su ser.

Al asistir al funeral del más grande deportista de la historia moderna, quien sacrificó su cuerpo por dejarnos un mensaje de paz, nuestra condición de mortales no nos permitirá saber hacia dónde viajará su memoria inmortal, pero sí podremos pervivir –por generaciones– en el recuerdo que nos deja. Hasta donde podemos llegar se suele materializar en esencia lo que fue el que se fue. Si pensamos como vivimos en la tierra le pondríamos los guantes con los que ganó su gloria, pero si lo imaginamos viajando feliz hacia el más allá lo más justo sería, copiando el ejemplo de Dios en navidad siendo niño nos regalaba lo que le pedíamos engañando a nuestro padre, dejar al pie de su tumba una bicicleta.

Rodrigo Zabalata

Por Rodrigo Zalabata Vega

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