Palabras de despedida

Carmen Emilia Gallo de Ramírez

 

Por mario arias gómez.

 

 

E

 

n medio del dolor y la añoranza, inconsolable despido, en compañía de los presentes, a la amada, buena y gigantesca amiga, Carmen Emilia Gallo de Ramírez, quien en vida fue la bondad misma, ser humano excepcional,  maravilloso, una dama a carta cabal, transparente como una lágrima; desvelada, luchadora, inconmensurable y vigilante madre, colosal esposa, formidable abuela, incomparable bisabuela, quien con su amor, consiguió envejecer, rodeada de gratitud, de mimos y cuidados, cuya ausencia, al finalizar su ciclo vital, deja un inmenso y profundo dolor, un irremediable e irreparable vacío, que no lo llenará nada, ni nadie.

Verla descansar, finalmente, es cualificado consuelo para quienes tanto la exaltamos, veneramos, a quien todos tendremos siempre en la memoria, como a sus muy apreciadas, dulces, exquisitas, gratas y tiernas hijas, las abrumadas, acongojadas, apenadas y afligidas: Consuelo, Irma -la monita-, Carmenza, Anita, Diana y David, Dora, mis hermanas del alma y de corazón. Entrañables e inigualables personas de bien, que sin temor a equivocarme, considero perfectas, a quienes les queda la satisfacción del deber cumplido, luego de prodigarle a su mamacita, afables, amorosos, mimosos y plácidos cuidados, en su etapa final, tenida y mantenida, entre acogedores, sedosos y suaves algodones, vigilada las 24 horas del día, los 365 del año, los casi 92 años de su existencia.

CARMEN EMILIA, una existencia mágica, que encaró la enfermedad, con dignidad, estoicismo y fortaleza, sin una sola queja, sin amargura, comportamiento ejemplar que a todos nos queda como impronta, que nos ayudará a vivir, cuya longevidad fue su recompensa. Clausurada etapa, cerrada con la inflexible y verídica satisfacción de haber honrado sus obligaciones y compromisos familiares, para expirar de manera tranquila, silenciosa, serena, con parsimonioso hálito de santidad que, aunque esperado el final, no dejó de causarnos intenso ahogo, decaimiento, desconsuelo, desolación, soledad; estado de ánimo compartido con sus afectuosos y cálidos hermanos, Alcides, Julito, Millo, nietos y bisnietos, con la familia toda, con sus cercanos amigos de toda la vida, de Judith y Mario, sus hijos adoptivos, liberados todos del abatimiento y tortura de verla sigilosamente extinguir, lenta, calladamente.

Toda despedida comporta tristeza. Irremediable pérdida para los nombrados -hoy de luto- que nos llena de pena, luego de habernos entregado su sonrisa, por más de nueve décadas, con sus amaneceres, días y noches. Sabemos -desde hoy- que en el cielo hay un ángel que nos cuida, vigila, ayuda y protege, como lo hizo aquí en la tierra. En medio de la aflicción y martirio que provoca este último adiós, confieso que me siento -para contraste- orgulloso de ‘MILITA’, ser de gran carisma, cuya obra, deja una significativa huella, lo que hace más quejumbrosa su partida.

Finiquitar períodos, es saber decir adiós, llevándose solo las cosas buenas hechas en vida que, en el caso de la bienhechora, extraordinaria y noble Carmen Emilia, fueron incontables, dejándonos la íntegra evocación de su pródiga y meritoria existencia, cuya muerte, es pérdida considerable, insalvable, para la sociedad pensilvense, para la familia, entre los que -repito- Judith y yo, nos contamos, por su humanitaria voluntad.

Hago mías estas reflexiones. De Camilo José Cela: “La muerte es dulce; pero su antesala, cruel”. “Nada nos envejece tanto como la muerte de aquellos que conocimos durante la infancia” (autor anónimo). Y de Antonio Machado: “Y cuando llegue el día del último viaje, / y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, / me encontraréis a bordo ligero de equipaje, /casi desnudo, como los hijos de la mar.”

Una sentidísima tonadilla andaluza, interpreta bien lo que siento en esta amarga ceremonia: “Algo se muere en el alma, cuando una amiga se va/ Y va dejando una huella que no se puede borrar… /Ese vacío que deja la amiga que se va/ es como un pozo sin fondo que no se vuelve a llenar”.

Cómo ocultar el perdurable sollozo que se quedará con nosotros, luego de esta impensada e inevitable ausencia, que nos ablanda el alma, dulcifica el espíritu, nos humaniza y pone en la estela de los valores y perladas virtudes de CARMEN EMILIA -que fueron muchas- que la acompañaron siempre, alma bendita que murió como vivió, con discreción, sin aspavientos, sin molestar a nadie, sirviendo a los pobres, queriendo y atendiendo a sus eternos amores, OLIVERIO y ORITO, hermanos, al nieto del alma, Juan Camilo, prestos a recibirla, para gozo, en la gloria eterna.

Pocas veces el alma poética ha tocado con más profundidad el temor a la incertidumbre, y el dolor por la vida que se va. Rememoro contrito -para terminar- el sobrecogedor poema: “Melancolía del desaparecer”, de Agustín de Foxá:

Y pensar que después de que yo me muera,

aún surgirán mañanas luminosas,

que bajo un cielo azul, la primavera,

indiferente a mi mansión postrera,

encarnará en la seda de las rosas.

 

Y pensar que, desnuda, azul, lasciva,

sobre mis huesos danzará la vida,

y que habrá nuevos cielos de escarlata,

bañados por la luz del sol poniente

y noches llenas de esa luz de plata,

que inundaban mi vieja serenata,

cuando aún cantaba Dios, bajo mi frente.

 

Y pensar que no puedo en mi egoísmo

llevarme al sol ni al cielo en mi mortaja,

que he de marchar yo solo hacia el abismo

y que la luna brillará lo mismo

y ya no la veré desde mi caja.

Ante el viaje sin retorno, recuerdo con gratitud ilimitada, la cariñosa acogida que, hasta último minuto, CARMEN EMILIA, nos prodigó. Mucha falta nos hará su permanente presencia, como el trozo de historia que inevitablemente se va con ella, historia que seguirá viviendo en el recuerdo de los presentes.

Que los dioses del Olimpo la tengan a buen cuidado. Que el Altísimo la tenga ya disfrutando del premio reservado a los justos.

Descanse en paz CARMEN EMILIA. Nos vas a hacer mucha falta, adorada madre, entrañable amiga. La dicha de esos apacibles, incontables y lindos días, pasados con sus noches a tu lado, pervivirán eternamente en la memoria.

Duerna en paz adorada madre-amiga. ‘Requiescat in pace’.

Manizales, febrero 27 de 2019

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