‘Requiescat in pace’

Homenaje al General Ubaldo Franco Aristizábal

 

Por mario arias gómez*

C

on insondable y profundo dolor, conmovido despido con estas deshilvanadas, emocionadas y afectivas palabras, a dos excepcionales hijos de nuestra ancestral y linajuda ¡Pensilvania!, me refiero a Ubaldo Franco Aristizábal y Alba Edith Valencia Gómez, seres humanos insuperables e irrepetibles, cuyas sentidas e irremediables ausencias, nada, ni nadie podrá llenar, menos suplir su presencia en el terruño amado; pérdidas irreparables para sus familias, allegados, colegas, amigos, condiscípulos, los que -todos a una- lamentamos de veraz.

Empiezo por rememorar al inolvidable, Ubaldo Franco, ciudadano de mérito positivo, ejemplar, integérrimo; exmilitar pudoroso; hombre de honor; caballero a carta cabal; impoluto; inigualable excomandante de la Primera Brigada (1983-1987), con sede en Tunja-Boyacá, integrante del curso, ‘Coronel Fray Ignacio Mariño’. Insomne guardián de su cálido hogar, conformado con la distinguida dama de la sociedad boyacense, Martha Leonor Quevedo y de sus tres hijos, Martha Lucia, Jairo Hernán y Claudia Marcela. Ejecutivo eficaz, entregado, de cuerpo y alma -como el que más-, a las causas nobles de su histórico ejército; las de su atávica Villa de Leyva, que lo adoptó como a uno de sus más preciados y preclaros hijos; las de su patria chica, estancia de sus mayores, ¡La perla del oriente caldense! – Pensilvania.

Espacios inseparables donde dejó en alto su nombre, en su condición de lasallista, de tiempo completo, quién con su ejemplo y superación personal, edificó su propio pedestal, en el que plantó y enarboló -con dignidad y decencia- las enseñas de sus progenitores, de los Hermanos Cristianos de La Salle, sus maestros, formadores, que lo hicieron acreedor, de ganados aplausos, merecimientos, que alcanzó a lo largo de su dilatada, pulcra y fructífera vida y obra.

En medio de la inmensa pena, su esposa e hijos, deben sentirse orgullosos del amoroso esposo, compañero, padre, abuelo, del amigo de todos, sin cálculo ni dobleces, personaje único, descrito por el poeta inglés, Rudyard Kipling, al que llamó, el ‘milésimo hombre’, cuya relevante, significativa e imborrable huella, lo entronizaron, por derecho propio, entre la comunidad, que lo elevó a  la galería de los ‘grandes’, de la tierra amada, a la que juntos le cantamos con fervor en el Colegio entonces ‘San José’, que derivó en el Nacional del Oriente: “Salve tierra donosa y fecunda / de riqueza, de honor y esplendores; / Salve nido de ensueños y flores / de placeres encanto y amor”, rastro labrado como hombre de bien, como aplaudido y meritorio profesional, como celebrado, condecorado y reconocido, Brigadier General, del glorioso, heroico y sempiterno ejército de Colombia.

Ante su viaje sin retorno, reverentes, lo recordaremos siempre, con gratitud, valor humano que deja tras de sí, un duelo ilimitado, transparente como una lágrima, no solo a los suyos, a los hermanos y parientes cercanos que lo tuvieron como un adorado ídolo, sino también, el de sus caros y entrañables paisanos. Partida -sin boleto de retorno- que acaba de hacer, rodeado por el afecto, fidelidad y lealtad de los precitados. Que Dios lo tenga en su santa gloria, es el grito unánime que a todos nos sale del alma.

Frente al hielo ineluctable, irreversible del silencio, que Alba Edith Valencia Gómez (foto), nos legó con su emigración, dedico a su memoria, estas mustias, tiernas y sencillas palabras de despedida, que a nombre de los míos, hago, extensivas a su bella familia -los hermanos: Carlos Augusto, Luz Marina, Adriana del Pilar, Guillermo y sobrinos- incomparables e inigualables vecinos -pared con pared- que llevamos en las venas, que nos convirtió, en almas gemelas, en nuestra infancia, adolescencia y juventud, ya idas, sin saber, cómo ni cuándo.

Desvelados hermanos -Valencia Gómez-, a los que les queda la gran satisfacción del deber cumplido, los que, a lo largo de su paciente convalecencia, que rondó a la hermanita, que en medio del llanto despedimos todos, luego de elevar una devota oración, el domingo 21, quedándoles la retribución y certeza, que encararon el destino, con colosal dignidad, entereza y fortaleza, sin una sola queja, colmando a su predilecta Alba Edith -nos consta-, de cálidos y delicados mimos, ternezas, tenida entre afectuosos algodones de ternura, de bálsamos de amor, prodigados por quienes la amaron sin límite, ni medida, las 24 horas del día, los siete días de la semana, los 365 soles con sus noches del año, a los que les queda la complacencia eterna, de haberla entregado al Señor en paz, al merecido descanso, para su perenne alborozo y consuelo.

Sabemos que Alba Edith, tampoco, jamás se quejó de la penitencia que la santificó y glorificó en vida, resignación que reconforta y ayudará a vivir a los mortales que quedamos en este valle de lágrimas. Ser mágico, maravilloso, incomparable, que nadie alcanza a medir la amargura que a todos nos deparó su partida, que la compensará, aliviará, los gratos recuerdos que a su lado vivimos; evocaciones y memorias que extrañarán, primeramente los suyos, por toda la eternidad, tristeza que compensa la seguridad, que desde ya, hay un ángel en el cielo que, en compañía de sus orgullosos padres, Ramón E. y Edith, de Jaime Alberto que adelantó el viaje, abogarán por su bienestar y unión, los velarán y cuidarán, diariamente, por siempre.

“La muerte es dulce; pero su antesala, cruel”, dijo bien, el escritor español, Camilo José Cela.

A las dos familias, Franco Aristizábal y Valencia Gómez, hermanos y amigos, rotos por el dolor de la ausencia, les digo, por encargo de la familia, Arias Gómez: Gracias por el camino que juntos recorrimos.

Parodiando un verso -para terminar- de la emotiva canción de Alberto Cortez, les reitero: “Cuando un hermano se va / Queda un tizón encendido / Que no se puede apagar / Ni con las aguas de un río”, que complemento, con esta tonadilla andaluz: “Ese vacío que deja el hermano que se va/ es como un pozo sin fondo que no se vuelve a llenar”.

Que el Altísimo les dé, a Ubaldo y Alba Edith, el descanso eterno, y a sus excelentes y espléndidas familias, que las bendiga y les de la resignación necesaria.

Bogotá, octubre 23 de 2018

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