Siento que esta vez habrá matrimonio

Momento en el que el Pastrana se quedó esperando a Tirofijo en El Caguán.

 

Hace trece años los colombianos sentimos una gran desilusión, me imagino que muy parecida a la que siente una novia cuando la deja vestida en la iglesia su suspirado novio. El proceso de paz de Pastrana se suspendió porque las FARC, – si las FARC…, esa misma guerrilla que hoy se está casando en La Habana -, secuestró el avión donde iba el Senador Jorge Eduardo Gechem Turbay.

A manera de narración de lo que me contó Álvaro Macías, quien lo acompañaba en ese trágico momento que comenzó en el aeropuerto de Neiva, quiero refrescar el episodio.

SG:     – Álvaro, consígueme la prensa por favor!
AM:     – ¿Cuál Jorge Eduardo?, ¿el Diario del Huila o El Espectador?
SG:     – Cualquiera, quiero mirar qué pasó. ¡Me quedé dormido y por eso perdí el vuelo de las seis!
AM:     – No te preocupes que ya te apartaron boleto para las ocho y media. Ese avión es más grande y más seguro. ¡Con lo que sufres en esos abichuchos!

Hacía calor a pesar de lo temprano que era. Por estas épocas de verano en Neiva puede subir la temperatura hasta los 40 grados bajo sombra.

SG:     – Este calor es de lluvia, tenemos que regresar en el vuelo de las cuatro de la tarde de Bogotá porque tengo varias reuniones esta noche.
AM:     – Tranquilo Jorge Eduardo, te noto impaciente, ¿será que te cayeron mal los vinos de anoche?
SG:     – ¡No!, es que no pude dormir nada y me fundí después de las cinco. ¿Qué pasó con la prensa Alvarito?
AM:     – Raro Jorge Eduardo, me informan que hoy no llegó la prensa al aeropuerto.

Subimos las escaleras del avión con cédula en mano. El abordaje fue lento aunque no habían muchos pasajeros. En su mayoría eran ejecutivos de las petroleras. Ya en el pasillo, llegando a nuestras sillas que estaban ubicadas en la parte trasera, me replicó nuevamente: – ¡Alvarito!, ¿la prensa?, ¿será que acá la conseguimos?

Más tardó en preguntar Jorge Eduardo cuando una señorita de negro le extendió el Diario del Huila que ella estaba leyendo. – ¡Senador leálo!, ¡ya estaba en los clasificados! – ¡Gracias!, no se moleste. Le contestó. – No Senador, no es molestia para mí, a usted le sirve más.

Sentado en mi silla de la ventana, me acerqué al oído de Jorge Eduardo y le susurré: – Está como buena, joven y de negro, como me la recetó el médico.

Secuestro Jorge GechemAvión en el que fue secuestrado Jorge Gechem.

 

Jorge Eduardo no contestó, solamente se concentró en leer los titulares. Las auxiliares de vuelo cerraron el avión, rápidamente impartieron las instrucciones acostumbradas y el avión comenzó a carretear sobre la pista. Con la velocidad adecuada decoló y cuando apenas estaba superando las primeras nubes se sintió un estruendo y unos gritos: – ¡Somos guerrilleros de la Teófilo Forero, nadie se mueva porque se muere!. ¡No intenten nada, esto es un secuestro!

El comandante corrió hacia la cabina donde una capitana dirigía el vuelo. El avión giró lentamente y a media altura, pero en dirección totalmente contraria a la que se debía dirigir. Se oían gritos de angustia como también de consuelo. – ¡Cálmate mami! Decía un pasajero.

La guerrillera vestida de negro, se hizo detrás de las sillas donde viajábamos desde donde insultaba a todos, se dirigía a sus otros dos compañeros de secuestro y con un arma en su mano temblorosa se sentía incómoda por las maniobras del avión, pues no llevaba cinturón y no se podía sostener. Cuando observé su pistola en medio de nuestras cabezas, miré hacia atrás, logrando su enfado y el apunte inmediato sobre mi frente de esa fría arma. Regresé mi cabeza hacia adelante con el sudor que me bajaba por las piernas. Jorge Eduardo me dijo: – ¡Tranquilo Álvaro!, ¡tranquilo!

Jorge Eduardo Gechem.

 

El avión tomó un rumbo sur, divisándose las carreteras, el campo y el río Magdalena. A los pocos minutos comenzó a descender y fue cuando pensé en voz alta: – ¡Nos vamos a matar!, ¡este avión se cayó!

– ¡Objetivo logrado!, ¡objetivo logrado! Decía la guerrillera de negro a través de un celular. – ¡Caigan!, ¡en minutos estamos allá, alisten todo!

Las alarmas sonaban como si una ambulancia estuviera en nuestros oídos, el avión se mecía y se estremecía. Cuando logró la superficie parecía que se fuera a destrozar en mil pedazos. En los primeros metros sus alas no sufrieron pero cuando avanzó se golpeó con varios árboles que no habían sido cortados haciéndolo dar media vuelta, descarrilándonos de la pequeña carretera que habitualmente en carro nos conduce en su primera recta de El Hobo hacia Gigante. Cuando se detuvo, todos descansamos. El estrés paralizó mis músculos, mi cabeza, mi vida, pensé que estaba en el cielo después de mi funeral.

Voz comandante: – ¡HPs!, van a bajar rápidamente y se enfilan, nadie vaya a hacer el menor movimiento porque le damos de baja. ¡Bajen!, ¡bajen hps!, ¡Qué esperan?

Ya abajo, nos enfilamos. El comandante de la operación se dirigió entre los secuestrados y raudamente cogió de la correa a Jorge Eduardo y le dijo: – ¡Senador!, ¡venimos por usted!

Llegaron dos camionetas con aproximadamente 20 guerrilleros más, nos hicieron subir a los trancos. Cuando avanzamos un kilómetro uno de ellos dijo: – ¡Bájense!

Quedamos solos Jorge Eduardo y yo. Le cargaba la maleta mientras él no dejaba su periódico. O mejor, el periódico de aquella señorita de negro que ahora era nuestra secuestradora. No pronunciaba ni una sílaba, parecía tranquilo. Cuando avanzamos otro kilómetro un guerrillero hizo disminuir la velocidad de la camioneta y me lanzó, no sé cómo caí parado. Mi mirada se perfiló fija hasta que la nube de polvo ya no me permitió ver a Jorge Eduardo. – ¡Por Dios!, ¡se lo llevaron! Exclamé con lágrimas en mis ojos.

Por Germán Calderón España
Abogado Constitucionalista

Decimos lo que otros callan
Cargando...

Deja un comentario