Triunfantes extienden manos a la paz

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Por Roberto Trobajo Hernández

Azerbaiyán, país pequeño-gigante a orillas del mar Caspio, puerta de entrada a Europa y Asía…según se mire; logró renacer, más fuerte, grandioso, tras la cruenta guerra que debieron librar para recuperar el veinte por ciento del país que le tenían ocupado, ilegalmente, soldados de Armenia.

Los azerbaiyanos son gentes de alma limpia, que miran a los ojos sin nada que ocultar, dotados de muchísima espiritualidad y son paradigma de una disciplina impresionante, férrea, al trabajar por su país.

Azerbaiyán es una exrepública soviética, nación que cobija a poco más de una decena de millones de pobladores…anhelantes de paz.

El infierno en la tierra fue lo que les tenían los ocupantes armenios, territorios arrasados durante tres décadas, que luego les minaron para impedir que los azerbaiyanos pudieran reconstruir miles de kilómetros tornados en invivibles.

La verdad es una: la ocupación armenia en Azerbaiyán fue ilegal, jamás reconocida por la comunidad internacional que a través de cinco resoluciones de la ONU les exigió que salieran de Azerbaiyán.

La única explicación certera a la que se puede llegar: los armenios siempre supieron que estaban robando territorios y que un día tendrían que irse obligados, por eso jamás pusieron ni un ladrillo y sí destruyeron todo lo que más pudieron; y minaron tanto pensando que, si esas tierras ocupadas no eran suyas ni para ellos, tampoco serían para los azerbaiyanos. ¡Terrible deshumanización!

Roberto Trobajo en Shushá

Los azerbaiyanos se vieron obligados a sacar, por la fuerza, a los renuentes armenios; desencadenándose una guerra que duró 44 días, hasta que lograron expulsar a los ocupantes de Karabaj…que siempre fue y es de Azerbaiyán.

Dios es grande y en mi opinión cuando se obra con justicia creo que lo divino ayuda a los humanos: el 8 de noviembre del pasado año, el pueblo azerbaiyano pudo celebrar la anhelada y muy merecida victoria.

Jóvenes regresaron héroes al regazo de sus familias. Al borde de las carreteras y calles, de ciudades-pueblos-aldeas, se exponen las fotos de los mártires que ofrendaron sus vidas en cientos de batallas; así son y serán reconocidos como valientes sacrificados por liberar al país de usurpadores.

Muy loable destacarse que en tiempo récord, gracias a la disciplina azerbaiyana, aunándose recursos y voluntades, limpian de minas antipersonales y reconstruyen; muestra elocuente es que en meses construyeron un aeropuerto ¡internacional! en la región de Fuzuli, que deviene en puerta de entrada al Karabaj ¡liberado!

Admiro tanto a los azerbaiyanos porque Dios me ha dado oportunidades de conocerlos muy de cerca, visitarlos, y debo confesar que me enamoré de Shushá: ciudad considerada el corazón del alma de la cultura azerbaiyana.

En Shushá se le rinde merecido culto a la impresionante embajadora de la espiritualidad emanada desde la naturaleza, la flor Khari Bulbul, parecida a un ruiseñor, y que dejó de florecer mientras el Karabaj estuvo ocupado, arrasado, destruido; así hasta la naturaleza protestó contra los ocupantes, hasta que -sin esperar a florecer en primavera, en plano otoño- acabados los combates, esa pequeña flor reapareció. No hay explicaciones desde la lógica científica, pero creo que el alma azerbaiyana habló a través de esa mágica florecilla, esplendorosa, que tiñe esperanzas.

Shushá, que parecía inexpugnable para los ocupantes, fue liberada gracias a la osadía de los valientes soldados de las tropas especiales azerbaiyanas quienes escalaron por un farallón muy empinado, casi vertical, centenares de metros, subiendo hasta con sus compañeros heridos sobre espaldas, en plena madrugada, para irrumpir en la ciudad donde tras fuertes combates lograron la victoria anhelada por millones de azerbaiyanos, que al volver a tener a Shushá sintieron como si les devolvieran el alma a sus cuerpos.

Shushá tiene un lugar muy especial de mi corazón, y trataré de visitarla durante lo que me quede de vida, porque a Shushá la veo como un exclusivo destino de peregrinación por la mucha espiritualidad que impregna a quienes estamos ávidos de energías que nos humanicen más.

Shushá va a la vanguardia de la recuperación de Azerbaiyán, la ciudad renace, rápido, igual que todos territorios liberados.

Esa es la realidad que viven los azerbaiyanos hoy, victoriosos, reconstruyendo en pos de un mejor mañana.

Azerbaiyán anhela una paz real, duradera, propiciadora de cooperaciones, y por eso invitó a Armenia para que –respetándose pactos y en beneficio de ambos pueblos- cesen sus apetitos por territorios de sus vecinos y junto con el gobierno azerbaiyano puedan colaborar en pos de estabilidad y armonía que aseguren prosperidad para todos.

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