Un continente desorientado


 

Imagino aquel 12 de octubre de 1492, en una madrugada que se abrió de pronto sobresaltada por la resonancia del castellano engolado de Rodrigo de Triana: ¡TIERRA! ¡TIERRA!, grito encarapitado en el puesto de vigía de La Pinta con el más puro acento bizarro. Quienes a esa hora navegaban en el sueño de la desesperanza despertaron al sentir que el cielo rogado se abría en dos y la divina providencia les anunciaba el puerto de entrada a Oriente, en un viaje signado justo por la desorientación, que a duras penas se mantenía a salvo del naufragio. En aquel instante la noche debió destaparse como un coco y la luz del amanecer caer como agua dulce, ante la imagen de un oasis seco, multiplicado de palmeras, en el centro de un desierto de agua.

Lejos estaban aquellos navegantes de saber el mundo que se revelaba ante sí. Cuando pusieron un pie en tierra y encontraron la primera nativa, aun creyéndola originaria de la India, debieron temblar de emoción ante una Eva renacida con piel de arcilla y olor a tierra, sin el pecado original porque apenas arribaban con Dios, que podían tomar como cosa natural ahorrándose sacrificar una costilla por ella.

Han pasado cinco siglos desde aquel amanecer que reveló la foto más consagrada del paraíso terrenal, puesta en movimiento por el cinematógrafo de la memoria multicolor de todas civilizaciones que cruzaron su destino alineado al meridiano de Occidente. Aun no es claro lo que significa una fecha que al trasluz de la historia desatada no sabemos si celebrar o lamentar.

Cierto es que la historia sucede un paso adelante, antes que podamos explicarnos las fuerzas intrínsecas que la desarrollan. ¿Qué sucedió aquel día? Algo contrario al destino deseado. La expedición al mando de Cristóbal Colón buscaba establecer una nueva ruta comercial de las especias y los metales preciosos con Las Indias, ya que el imperio Bizantino había caído en manos de los turcos con la toma de Constantinopla en 1453, la ciudad bisagra entre occidente y oriente, al tiempo de la camisa de fuerza que sobre la vieja ruta que bordeaba la costa africana imponían los portugueses. La ruta marcada era navegar en sentido contrario hacia el oeste (occidente) hasta llegar al oriente (Las Indias) cercano y lejano que había prefigurado en sus relatos Marco Polo, prevalidos de la idea de la redondez de la tierra; un abismal riesgo que asumían al tratar de surcar el horizonte pues se trataba de una teoría todavía sin demostración.

Qué sucedió a partir de aquel día? La toma de un continente por la imposición de una civilización sobre otras. La ventaja militar de tener más templados los metales de la guerra, acompañada de la coerción ideológica del abuso de una religión que blandía un Dios de subjetividad absoluta que anticipaba la hoguera a quien no creyera en él, posibilitó La Conquista que nada tuvo que ver con el corazón.

La prehistoria antes de la historia narrada es la siguiente. Hace 80.000 años, el homo sapiens, erguido de orgullo, después de haber descendido de los homínidos que copaban los árboles y gateado por las planicies africanas, comenzó las migraciones y el poblamiento del planeta. Hoy la ciencia, mediante estudios genéticos desarrollados en los años 80 del siglo pasado, tiene demostrado el curso de la humanidad, a partir de la huella que deja el ADN mitocondrial que trasmite la madre. Todos descendemos de una Eva negra que habitó África hace unos 150.000 años. El hombre americano llega al continente por el estrecho de Bering hace unos 20.000 años, antes que la última glaciación lo separara del resto de sus hermanos de la tierra.

Cuando el hombre europeo llega a América en 1492 lo que ocurrió fue el reencuentro con un hermano que aun siendo niño se extravió de su hogar natal en África, ajeno al centro estratégico de operaciones en que se constituyó Europa, como puerta de entrada y salida entre Occidente y Oriente.

Tal suceso significó el reencuentro de la humanidad entera. El levantamiento cartográfico del hogar que habitamos todos. La misma sensación ecuménica del hombre cuando al pisar la luna pudo divisar la imagen del planeta tierra.

Aquella diáspora de la humanidad que partió de África, en tiempo anterior pudo habitar el mismo lugar en el gran continente Pangea, pero la evolución geológica ya lo había fracturado en el rompecabezas del mapamundi.

Por eso deberíamos iniciar un viaje imaginario de regreso a África, reunirnos en una noche tribal alrededor del fuego del hogar en memoria de esa Eva negra, después de poner un pie en el continente desorientado del corazón compartido de la humanidad. Para que cada vez que nos encontremos con cualquiera de este género podamos decirle de la manera más coloquial ¡q’hubo hermano!

Rodrigo Zabalata

Por Rodrigo Zalabata Vega

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