Una Consulta con Armando Martí: Las relaciones entre adictos y codependientes


 

Adictos y codependientes sufren de una enfermedad instalada en su ADN, que afecta el cuerpo, la mente y el alma. Lo único estable en el amor entre adictos y codependientes, es la inestabilidad. Ellos creen que al enamorarse, se abren las puertas del cielo, cuando en realidad, desde su distorsionada percepción, sólo saben abrir las de su propio infierno, pues la autoestima fue agredida por su núcleo familiar y posteriormente por el social. Ambos provienen de familias disfuncionales, que no eran congruentes entre lo que pensaban, decían y hacían, y esto, confundió sus mentes, dejando profundas heridas en su niño(a) interior, por eso, es que solamente encuentran salidas de sobrevivencia en el consumo del alcohol y las drogas o eligiendo parejas con desórdenes afectivos, para culparlas de su dolor emocional e intentar cambiar sus comportamientos.

Ellos creerán estar enamorados, pero adictos y codependientes, no saben amar y en poco tiempo la anestesia de las exageradas expectativas emocionales junto con el placer sexual, irán desapareciendo para darle paso a la ira, el resentimiento y la victimización, descubriendo que cada vez están más solos. Una relación afectiva difícilmente podrá ser estable entre adictos y codependientes sin rehabilitación. El adicto siempre lastimará a quien más lo ama y el codependiente asumirá el papel de “salvador”, “perseguidor” o “víctima”, para dominar a su pareja a cualquier costo. Como el adicto jamás, se dejará doblegar por el codependiente, esta relación se tornará insoportable, al generar emociones y reacciones basadas en la angustia, la ira, el resentimiento y la venganza. Estas parejas tienen una gran tendencia a competir, pues están inhabilitadas para compartir sanamente su relación, debido a que la enfermedad físico/emocional los somete inexorablemente a la autodestrucción.

El codependiente se acostumbró a quejarse de su “querido adicto”, con interminables y dolorosos reclamos. Como sus vidas carecen de autenticidad y para sobrevivir a un entorno familiar y social tan amenazantes, adictos y codependientes se convierten en verdaderos maestros en el uso de disfraces y  máscaras de la manipulación. En pareja, la competencia, la venganza, la soberbia, el miedo y el sufrimiento, serán las fuentes que alimentarán un tenebroso espejismo que ellos denominan “amor”, ya que, sus mentes están programadas por la enfermedad para competir y no para compartir. Se olvidan que el amor es algo que sucede espontáneamente y en su afán de controlarlo todo, aspiran a que el amor suceda como ellos quieren.

Adictos y codependientes, son incapaces de perdonar y mucho menos de reconocer que sus egos insanos, han sido los guías que los conduce a vivir una “fábula romántica” auto saboteadora, que obstinadamente quieren realizar. En las parejas adictos codependientes no existe la lealtad, la sombra de la desconfianza y los celos siempre están presentes. La alegría tampoco existe, mucho menos el juego, la diversión y la recreación, que son opacados por la antipática tendencia de interminables señalamientos y críticas del uno hacia el otro, por lo tanto, el deseo, la imaginación, el erotismo y la atracción mutua se va agotando. Al acabarse la creatividad y la alegría, reinará en la pareja, el aburrimiento, el fastidio y la desesperación, que le irán ganando el terreno al  acompañamiento, el apoyo y los sentidos de vida, con los que una pareja normal construiría una sencilla convivencia, la cual parecerá inalcanzable para adictos y codependientes, pues en su inconsciente, ellos son alérgicos a la felicidad y a la paz.

En los adictos y codependientes, la influencia de los padres está marcada como un tatuaje en la piel del alma. Por eso, ven en sus parejas amor obsesivo o imposibilidad de expresar el amor, es decir, la pareja es su propio espejo, en donde lo que más detestan de sí mismos es en realidad lo que ocultan. También la necesitan para revivir heridas y traumas emocionales que sobrevivieron en su infancia. En sus atormentadas mentes escuchan el eco de las voces descalificativas o sobreprotectoras de sus progenitores, y una especie de torbellino emocional comandado por el miedo y la culpa, se despierta en su interior. Este dolor los impulsa a saciar sus instintos, para anestesiar su dolor a través de actos sexuales exigentes, impulsivos y muchas veces carentes de amor, afecto y consideración mutua, a los cuales ellos denominan con el inexacto término de “hacer el amor”.

Los adictos y codependientes forman vínculos alexitímicos, ya que, no pueden reconocer casi nunca sus propios sentimientos, por eso les atrae todo lo que les cambie el estado de ánimo, aventura, fantasías, fanatismos religiosos, despilfarro, exageradas expectativas, irresponsabilidad, desbordes, robos y engaños, tratando inútilmente de interpretar a través de su astuta inteligencia, la vida como ellos la quieren ver y no como realmente es, ya que, su dislexia emocional les impide la sobriedad.

El adicto al alcohol o a las drogas, experimenta una sensación de ser todopoderoso y buscará una pareja a quien dominar, convirtiéndola en su padre o en su madre, a quienes en el fondo detestan y los culpan de sus problemas y desgracias. La pareja codependiente buscará controlar por todos los medios el comportamiento de su compañero(a). Su personalidad está  dividida representando el papel del salvador, la víctima y el perseguidor, es decir, por encima de Dios el codependiente se siente con la autoridad de cambiar la vida de la otra persona y si no obedece a sus requerimientos, lo critica, lo acusa, lo señala y lo humilla (El Perseguidor); o se queja ante todo el mundo, de la crueldad y sufrimiento en su relación de pareja, proclamando su desgracia y convirtiendo a su pareja “en el malo de la película” (La Víctima); finalmente, termina por perdonar de cualquier agresión física o emocional que haya sucedido hacia él/ella, justificando cualquier denigrante situación protagonizada por su pareja, dándole segundas, terceras e infinitas oportunidades (El Salvador).

Adictos y codependientes, son incapaces de estar solos, su mayor miedo es el abandono y el rechazo. El codependiente nunca estructuró su Yo, puesto que es un ser polarizado, al estar influenciado por un padre indiferente y abandonador, o una madre alcahueta y sobreprotectora, debido a que este comportamiento en su núcleo familiar, no le permitió aprender a enfrentarse maduramente con los problemas de la vida. En el caso del adicto, la hipertrofia del Yo (aumento excesivo de su egoísmo), “necesita” ser cuidado por una madre o un padre, a los cuales quieren dominar y también detestan y resienten, por el principio del síndrome de “separatividad”.

De allí la disonancia afectiva con sus parejas, las cuales se manifiestan con las famosas peleas de fin de semana, en donde después de haberse perdido varios días sin regresar a su casa, en un torbellino de fiesta, amigos, infidelidades y orgias de todo tipo; su pareja codependiente termina por llevarle el desayuno a la cama, bañarlo, empijamarlo como un niño, dejarlo dormir por varias horas, para después señalarlo, fastidiarlo y hacerle prometer que cambiará y hará su voluntad. Ya entrada la noche de esos interminables días de tensión emocional, los codependientes lloran solos inconsolablemente entre la ira y la impotencia, pero al otro día, sintiéndose “lúcidos”, trazan otra estrategia para que su “adicto querido” jamás les abandone. Por su parte el adicto, después de haber desbordado todo tipo de emociones, se siente invadido por la culpa y la vergüenza, haciendo promesas al codependiente, para que tampoco lo abandone.

Una de las decisiones tomadas desde la inmadurez y muchas veces accidentales entre adictos y codependientes, es la de tener hijos, ya que, a la postre los frutos de esta unión pueden ser usados como fichas de este amenazador juego, contagiándolos de su letal enfermedad y haciéndoles perder su inocencia, su alegría de vivir y su creatividad, quitándoles la posibilidad de ser normales y volviéndolos adictos a la preocupación, al sentirse que no son suficientes para “curar” o “conciliar” a sus padres, y por tanto, crecerán frustrados, tristes e incluso más enfermos, que sus progenitores.

Por eso, los hijos adultos de padres adictos, tienen que adivinar cuál es la conducta normal en sus vidas. No pueden llevar a término casi ningún proyecto, mienten cuando sería más fácil decir la verdad, les es difícil divertirse, tampoco pueden mantener relaciones íntimas y sinceras, les es casi imposible expresar los sentimientos, se juzgan sin piedad, buscan huir de sí mismos, tratan de obtener todo el tiempo aprobación y amor de los demás, se sienten diferentes a otras personas y juegan papeles de lealtad y heroísmo con sus hijos, parientes o amigos. Son extremadamente responsables o extremadamente irresponsables, sus emociones son desenfrenadas y sus pensamientos obsesivos. Viven confusos, se detestan a sí mismos, no pueden perdonar, no pueden olvidar, no pueden tener fe,  no pueden ser felices, no pueden construir un hogar y no pueden enamorarse.

El camino de la rehabilitación entre adictos y codependientes

El amor todo lo cura, es por eso que la rehabilitación a esta enfermedad, tiene como base el despertar espiritual proveniente de un Poder Superior al ego enfermo de adictos y codependientes. La adicción y la codependencia, se pueden controlar y rehabilitar, pero la decisión tiene que venir de cada uno de los afectados, sin presiones amenazas o requerimientos inmediatos de su entorno familiar. Confrontar estos signos y síntomas, los ayuda a cambiar la actitud, pues al reconocer esta ingobernabilidad de sus vidas, es el primer paso hacia la rehabilitación. La ayuda psicoterapéutica por un experto en adicciones y relaciones codependientes, así como también, la asistencia a grupos de apoyo de 12 pasos, es el comienzo de un camino disciplinado, comprometido y prioritario para empezar a sanar. Esta decisión y la forma de escoger este tratamiento, es una cuestión de cada familia en particular.

El codependiente no debe tener exageradas expectativas o esperar que el alcohólico o adicto busque ayuda, puesto que con la convivencia con el adicto, su sistema nervioso fue afectado, está debilitado y a punto de colapsar, por lo que debe mirar hacia sí mismo y reconocerse igual o más enfermo que el propio adicto. Existen grupos de familia de hijos, esposas, esposos, parientes y amigos de adictos, ellos por experiencia personal conocen las consecuencias de la convivencia entre adictos y codependientes. Al compartir los problemas, una nueva luz emocional y espiritual, podrá iluminar la relación de pareja y entender que el problema tiene solución.

El alcoholismo y la adicción, no se pueden controlar solamente con la fuerza de voluntad, muchas veces el sentimiento de culpa, impotencia e ira, es superior a cualquier buena intención. Los sermones, las amenazas y las actitudes hostiles de los codependientes a su pareja adicta, solamente empeoran el problema. Desafortunadamente, en muchas ocasiones, solamente las crisis profundas o fondos emocionales adversos, son las guías para la recuperación, por eso, es más conveniente dejar que suceda la crisis a tratar inútilmente de impedirla.

La paciencia y la sobriedad, son gracias que provienen del Espíritu como resultado de un proceso de reconocimiento, aceptación y trabajo personal, hacia un despertar espiritual. La convalecencia de esta dura enfermedad es lenta, fatigante y podría parecer que al dejar de beber, consumir o controlar el comportamiento del adicto, se podría empeorar la situación. Todas las emociones que están guardadas en el inconsciente de cada uno de los miembros de la pareja, emergen de forma muchas veces aterradora, para ser revisados, expresados, comprendidos y sanados. Esta situación es imposible manejarla solos, por lo que es necesario desde la humildad y la valentía, someter estos defectos de carácter al amparo de un programa de despertar espiritual, con base a los 12 pasos.

Nada de esto es fácil, es casi como resetear del cerebro todo el programa aprendido hasta hoy, que distorsionaba gran parte de la realidad de la vida de cada uno, pero por fin se logrará vivir plenamente sin la amenaza del ego enfermo y el descanso interior de saberse conectado, aceptado y amado por un Poder Superior a nosotros mismos.

Finalmente, los gobiernos y las entidades no gubernamentales, deben desarrollar campañas preventivas para reeducar a la población, sobre las bases de una familia real y funcional, en donde se le de relevancia a la comunicación abierta y sincera, entre todos sus miembros. Es primordial informar sobre las bases de la enfermedad de la adicción y la codependencia, para implantar soluciones y acciones preventivas, en beneficio de nuestro país Colombia y de todos los países del mundo.

Por: Armando Martí – Life Coach y Mental Trainer

www.armandomarti.com

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