Yo no me fui, ustedes se quedaron

Fernando Álvarez

 
 Renuncio al Partido Verde. “Sectarismos y viejos estilos mamertos se apoderan del movimiento y lo autodestruyen”.

Por Fernando Álvarez Corredor.

 Cuando se inició el movimiento que dio origen a lo que se llamó el Partido Verde confluían una serie de voluntades y personalidades democráticas con trayectoria en lo público y con experiencia administrativa que permitían soñar con una perspectiva organizativa de nuevo tipo, sobre todo por que quienes se conocieron inicialmente como los quíntuples (en su inicio contaban con Martha Lucía Ramírez) y terminaron constituyendo el Partido Verde, eran personas que por lo menos habían dado duras batallas por construir, cada uno desde su visión de democracia moderna, una nueva forma de hacer política para cambiar las viejas costumbres politiqueras imperantes, generar una nueva forma de participación ciudadana y recuperar el sentido de la decencia en lo público.

Por eso y para eso se juntaron Antanas Mockus, Lucho Garzón, Enrique Peñalosa y Sergio Fajardo, tres exalcaldes de Bogotá y uno de Medellín, en este proyecto. Esta suma generó la recordada Ola Verde que estuvo a punto de alcanzar el triunfo en las elecciones en las que se enfrentaba al uribismo, cuya fuerza se apalancaba incluso en prácticas dictatoriales y desconocedoras del Estado Social de Derecho. En esa oportunidad se perdió porque el candidato Uribista, Juan Manuel Santos, derrotó a Antanas Mockus, gracias a los propios errores de quien pudo convertirse en el bastión de un nuevo país de la mano de ese incipiente Partido Verde, con los principios fundamentales del respeto por la vida, la defensa de la diversidad y el pluralismo y, el principal, que los dineros públicos son sagrados.

La derrota mal administrada, la falta de coherencia en algunos casos y la prevalencia de los egos de los propios gestores del Partido Verde, hicieron que poco a poco se fuera destiñendo el ímpetu y se decolorara la organización hasta que casi por inercia quedó sometida a un reducto de militantes de la izquierda que aterrizan siempre en cuanto movimiento nuevo surge y que a punta de sectarismos y viejos estilos mamertos se apoderan del partido y lo autodestruyen. Los mismos que han recorrido por la UNO, La UP, FIRMES, Alianza M19 y por las diferentes ediciones del POLO, ya sea Democrático o Alternativo, en fin. Aquellos que nunca han podido construir un partido de oposición democrática sin antes haber hecho gala del consabido canibalismo que caracteriza a la izquierda colombiana.

Entonces los espacios internos se volvieron pequeñas maquinarias y poco a poco se fueron yendo del Partido Verde sus promotores. Primero, Lucho Garzón, luego Sergio Fajardo, después Antanas Mockus y finalmente, casi sacado a sombrerazos, Enrique Peñalosa. Simultáneamente los complejos de derecha de algunos militantes los fueron llevando prácticamente a rogarle al Progresismo de Gustavo Petro que se fusionara con el partido para salvar el umbral, con lo cual, en la práctica, el Partido Verde terminó por hacerse el Hara Kiri. Allí surgió en realidad una nueva fuerza política que se conoce como Alianza Verde y que se inspira en el culto a la personalidad al nuevo caudillo Gustavo Petro, a quien ya avisoran como candidato firme a la presidencia para el 2018.

Allí se desvanecieron los sueños de quienes pensaban en una nueva forma de hacer política, donde prevaleciera la fraternidad, se pensara en la solidaridad y se respetara la diferencia. Allí se enterraron los sueños de la Ola Verde que no querían un país en manos de la derecha pero tampoco de la izquierda. Allí se fue dando cristiana sepultura a las tendencias de centro que habían inspirado a sus fundadores y que se fundaban en un nuevo enfoque de cultura ciudadana . Por el contrario, como existe esa ley física que implica que todo cuerpo tiende a ocupar un espacio vacío, pues los Progresistas, ni cortos ni perezosos, se tomaron al Partido Verde y, desde luego, dieron rienda suelta a toda clase de oportunismos de izquierda que hoy se enseñorean en la otrora organización romántica.

El populismo se volvió el nombre del juego y los nuevos dueños llegaron a controlar el partido hasta el punto que hoy han tirado por la borda la oportunidad de construir un partido incluyente y moderno, que hubiera jugado un rol importante en estos momentos en que en el país se negocia la paz y se avecina enfrentar el posconflicto. Desde su sectarismo decidieron boicotear la mejor opción para candidato a la Alcaldía de Bogotá que se mantenía en sus filas, Enrique Peñalosa. Impulsaron dos candidaturas sin fuerza, a Carlos Vicente de Roux y a Antonio Sanguino, con el fin de atravesársele al candidato que hubiera barrido y que se enfrentaría tanto a las fuerzas de derecha como a las de izquierda, que de alguna manera están ligadas al carrusel de la contratación que dejó en ruinas a Bogotá.

Participé infructuosamente en las listas al senado con una bandera de centro, apoyando a Enrique Peñalosa desde un principio para su candidatura presidencial pero me distancié de las prácticas populistas y demagógicas de la administración Petro por considerarla contraria a lo que encarnaba la Ola Verde y porque creo que al final es enemiga de la construcción de un nuevo poder en Colombia con criterios de inclusión y democracia. En aquella ocasión fui víctima incluso del matoneo de exmiembros del M19 que denuncié en su momento en SEMANA y en La W. He criticado repetidamente las prácticas politiqueras que emulan con lo que dicen combatir y veo con descepción que en el juego electoral verde no existe diferencia en la forma clientelar y marrullera que usan los partidos tradicionales.

Cuando vi que hicieron la jugada para que Enrique Peñalosa no fuera el candidato verde a la alcaldía, pretendí zarandear el cotarro y solicité que se me inscribiera también como candidato a la alcaldía. Obviamente hubo toda clase de vetos en reuniones cerradas y como siempre terminaron con una leguleyada para no permitir que yo entrara en el juego, básicamente porque sabían que mi intención era que la auténtica práctica democrática interna sacara a flote las ideas absurdas que impedían apoyar a Enrique Peñalosa, como candidato histórico obvio, aún contra la voluntad del Petrismo. Para negarme la posibilidad recurrieron incluso a la calumnia y a la difamación, como me lo contaron algunos participantes.

Pero además hoy tengo que lamentar que la cúpula del partido esté en manos de unas personas sectarias y que han hecho de la lucha por los derechos de los homosexuales una nueva tribuna populista. Hoy ese populismo gay es el que se abroga el derecho de excluir y no es raro que algunos y algunas sufran del resentimiento típico de las minorías ignoradas y excluidas centenariamente, que los haya llevado en ocasiones al síndrome del racismo anti blanco que ha surgido reactivamente en muchos miembros de movimientos de negritudes. Hoy la exclusión heterosexual se asoma como una práctica más que cotidiana en el partido y sus promotores amenazan con convertirse en los nuevos inquisidores.

Hoy no representa ningún orgullo militar en un partido que tiene preso un concejal por hacer parte del carrusel de la contratación del Distrito, a otro concejal investigado por lo mismo y unos dirigentes que sin ningún pudor hablan de que la política se hace es con plata y en su pragmatismo caen en el cinismo que tanto endilgaban a los partidos tradicionales. Esto para no hablar de la contratación descarada que se hace a nivel distrital en vísperas de la ley de garantías y que para los verdes no merece ni siquiera un llamado de atención. Estas y otras razones, como que no se ve el más mínimo interés enconstruir democracia interna, o que para hacer honor a su nombre al menos se abogue por dar una lucha consecuente por la protección de los recursos naturales y la defensa del medio ambiente, me llevan a darme de baja de las filas del Partido o Alianza Verde porque ya no creo que sea la opción que anhela hoy la ciudadanía.

Y en adelante tendré que responder como decía Facundo Cabral “Yo no me fui, ustedes se quedaron”.

 

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