A tres días de la vacancia judicial, ya no hay justicia


 

A tres días de la vacancia judicial me acerqué a la Secretaría de la Sección Primera del Tribunal Administrativo de Cundinamarca a radicar una demanda pública en procura de reivindicar el orden jurídico.

El flamante edificio de ese alto tribunal, a eso de las dos de la tarde, asustaba de ventanillas para adentro. En las Secretarías que habitualmente tienen por lo menos a tres “servidores” atendiendo público, ese día sólo contaba con uno, malgeniado, ineficiente e insensible ante lo que en su interior cada acudiente a la justicia lleva.

Dos mujeres reclamaban la falta de atención a ese único funcionario, quien adoptó la actitud de no contestarles. Después de un largo silencio les dijo: – esperen a la funcionaria que sabe de su tema. – ¿A qué horas llega esa funcionaria que sabe de nuestro tema?, le preguntó una de ellas. – No tengo idea, pues en ésta época todo es muy difícil. Le contestó el indolente prestador del servicio de justicia. Como quien dice, regrese en enero.

Mientras tanto, “en el salón de la justicia”, la fila crecía aceleradamente.

Una señora con su hijo menor, reclamaba una decisión que sancionaba una autoridad por desacato. El funcionario no encontró en la “pantalla” el expediente. Buscó y rebuscó, por fin lo encontró. Se dirigió hacia el archivo, regresó con un oficio, lo miró, lo leyó, lo volvió a mirar, lo volvió a leer, lo volteó, como si no entendiera de qué se trataba. La señora le dijo: – Joven, no se imagina usted la necesidad que tiene mi hijo, deme una copia para ir a reclamar las ayudas para mi pobre niño. Ni siquiera hemos almorzado. Los ojos se le aguaron. Adivinen cuál fue la respuesta: – pues tendrá que sacarle una fotocopia.

La fila iba en crecimiento vertiginoso.

Cuando me correspondió el turno, el funcionario ante mis mil caras de protesta por la pésima atención a los ciudadanos impotentes, antes de recibir mi demanda, en un forcejeo de niños, me preguntó: – ¿usted ya leyó el documento que está ahí pegado en la ventanilla?, porque ahora las demandas se presentan en ese orden. Levanté mi mirada y divisé una hoja tamaño carta con una letra que mi miopía no alcanzó a leer. Sentí pena porque yo no podía divisar ese apiñado documento. Parece que decía que las demandas ahora deben ir, primero el escrito de demanda, luego el poder y después los anexos, porque recuerdo que la semana pasada era primero el poder, luego el escrito de demanda y después los anexos; la incertidumbre me ahogó porque hace tres semanas era primero los anexos, luego el poder y después el escrito de demanda. – ¿Carajo, qué hago?, me pregunté. Me fui por la primera y el funcionario me dijo. – ¿ya folió, dónde están los traslados?. – Ahí están, le contesté. Como ya casi todo estaba listo, con mirada de hormiga culona, me replicó: – esos ganchos no le sirven, aquí le presto la perforadora y los ganchos de expediente para que vuelva y organice la demanda.

Traté de no pronunciar palabra alguna porque además sentía la presión de los ya inquietos ciudadanos que estaban detrás de mi, pero por todos mis sentidos me salían expresiones de inconformidad y disgusto desenfrenado ante la desidia de la justicia, porque ese negligente funcionario la representa.

Cuando me recibió mi demanda, estallé, me eché un discurso contra la especial atención que merece el ciudadano que no entiende de traslados, de ganchos de la justicia, de estados y notificaciones, como también, por la atención que merecemos los abogados a quienes los funcionarios de las ventanillas “trapean” como si eso los llenara de orgullo.

Cuánto daría para que el Ministro de Justicia, el Presidente del Tribunal o el Presidente de la Sección Primera se dieran una vuelta por las ventanillas de atención de la justicia.

Mientras todo esto ocurría, siendo las diez de la noche, un noticiero anuncia un extra: “El Consejo de Estado suspende la elección de los miembros del Consejo de Gobierno Judicial.”

Por Germán Calderón España

Abogado constitucionalista

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