Así lavan cerebros

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Por: Roberto Trobajo Hernández.

Odiamos la duda, pues nos obliga a pensar. Ya no queremos hacernos preguntas. Anhelamos respuestas rápidas y fáciles.

A la gente tratan de manipularnos con métodos “efectivos” y antiguos: mentirnos utilizando un mínimo de verdad, reproduciéndolas para que lleguen a ser creídas por todos.

Sin embargo, podemos hacer que no nos manipulen. Evitando el lavado de cerebros y potenciando nuestras fuerzas, aquellas que tratan de menguar fomentando la apatía y la frustración, el no creer en nada ni en nadie.

Empecemos a vencer el primer obstáculo que nos han creado: incomunicarnos para que no razonemos. Se la han pasado esforzándose en que seamos perezosos, en que no leamos, que nos aburramos, para embrutecernos.

Cada vez nos cuesta más leer una columna cargada de información estructurada y razonada. Es que a nuestro cerebro lo han convertido en un drogadicto ávido de informaciones rápidas para no tener que hacer esfuerzos al forjarnos opiniones propias. Esforcémonos un poco, sin esfuerzo no hay éxitos.

Los mecanismos que desactivan nuestra respuesta al acceder a la verdad, por más escandalosa que resulte, son tan sencillos como efectivos, simplemente todo se basa en el exceso de informaciones. Todos los días nos impactan con millones de estímulos que deben ser procesados por nuestro cerebro. El proceso de captación y procesamiento de esta información se divide en 3 fases: percepción, valoración y respuesta.

PERCEPCIÓN

Estamos sometidos a un bombardeo de estímulos audiovisuales a través de la televisión, la radio, la publicidad; una auténtica inundación de informaciones. A pesar de que nuestro cerebro es capaz de percibir grandes volúmenes de información y comprender los mensajes asociados a esos estímulos, ahí no radica el problema. De hecho parece que nuestro cerebro disfruta con ello pues nos hemos convertido en adictos al bombardeo de estímulos.

El problema aparece en la siguiente fase cuando debemos valorar la información recibida, cuando llega la hora de juzgar y analizar sus implicaciones, porque no disponemos de tiempo para hacer una valoración en profundidad de esa información.

VALORACIÓN

Antes de que nuestra mente, por sí misma y con criterios propios, pueda juzgar de forma más o menos profunda la información que recibimos, somos bombardeados por una nueva oleada de estímulos que nos distraen e inundan nuestra mente. Por eso nunca llegamos a valorar la información que recibimos, por importantes que sean sus implicaciones.

Toda la información recibida es rápidamente digerida y olvidada, arrastrada por la corriente incesante de informaciones que entran en nuestro cerebro como un torrente.

Es por esa razón, por nuestra impotencia a la hora de valorar y juzgar por nosotros mismos, que la propia información que nos transmiten lleva incorporada la opinión que debemos tener sobre ella, es decir, aquello en que deberíamos pensar.

En un noticiero de televisión las informaciones están narradas de forma tendenciosa de manera que contengan en su redactado y presentación la opinión que debe generarse en las personas.

El bombardeo continúo e incesante de información en nuestro cerebro impide juzgar el valor de los hechos con criterio propio. Nos quitan el tiempo que deberíamos tomarnos para sopesar las consecuencias de un acontecimiento, convirtiéndose en breve y superficial cualquier juicio que emitamos sobre una información recibida.

RESPUESTA

Una vez que han reducido nuestro tiempo de valoración de los hechos, empieza la fase decisiva del proceso, donde nuestra posible respuesta queda anulada. Aquí entran en juego las emociones y los sentimientos. Al fragmentar y reducir nuestro tiempo para juzgar una información cualquiera, también se reduce la carga emocional asociada a las informaciones.

Podemos indignarnos al conocer alguna noticia, pero al cabo de unos segundos somos bombardeados por otra información distinta que nos lleva a sentir una emoción superficial diferente, anulando la emoción anterior. Ahí es donde está la clave. El punto donde queda desactivada nuestra posible respuesta.

El bombardeo incesante de información fragmenta nuestra energía emocional, haciendo que demos una respuesta superficial o nula. De ahí que la gente responda sin contundencias porque hacen que carezcamos de energía suficiente para responder.

Es por eso que nos decimos “¿Por qué no reaccionan y por qué no reacciono yo?” Esa impotencia desemboca en una sensación de frustración y apatías generalizadas.

Se trata de un fenómeno psicológico, el mecanismo que aborta toda respuesta de la población, la base de la manipulación mental, para mantener a las personas dóciles y sumisas.

Incluso las revelaciones de verdades favorecen a estos mecanismos. A los corruptos ya no les importa mostrarse tal y como son ni desvelar sus secretos, por sucios y oscuros que sean. Revelar estas verdades ocultas contribuye a aumentar el volumen de informaciones con las que somos bombardeados.

Cada secreto sacado a la luz crea nuevas oleadas de información, que puede ser manipulada con datos adicionales, contribuyendo a nuevas oleadas informativas que nos aturdan, sumiéndonos en la apatía.

Si combinamos esta apatía, fruto de la poca energía emocional con la que intentamos responder, con las muchas dificultades que se tienen a la hora de castigar a los corruptos, surgen nuevas frustraciones que nos llevan a la rendición definitiva y a la sumisión absoluta.

A los “poderosos” les interesa bombardear con muchas informaciones, lo más superficiales posibles, porque así logran convertir a las personas en adictos a incesantes intercambios de información, llevando a que la gente piense en lo que ellos quieren que pensemos.

Ese bombardeo de estímulos es una droga para nuestro cerebro, que cada vez necesita de más velocidad en el intercambio de informaciones y exige menos tiempo para tener que procesarlas.

Podemos informarnos con efectividad si contrastamos informaciones, buscando también en otras fuentes, en otros medios de comunicación, los independientes, donde hay voces propias argumentando sin más compromisos que con la verdad.

Para lograr cambios profundos debemos razonar, alimentando nuestras mentes con razonamientos propios. Hay que dedicarle tiempo a la reflexión individual, a tomar decisiones. Se está a tiempo.

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