‘C’est fini’


 
mario arias gómez.
“L

a democracia es la necesidad de inclinarse de cuando en cuando ante la opinión de los demás”. Winston Churchill.

Votre manière de faire les choses, c’est fini’. ‘Tu forma de hacer las cosas payaso Trump- se ha acabado’. Imprecación validada por el pueblo estadounidense que mayoritariamente gritó, ¡basta de tropelías! Reconcomio que este modesto escriba recoge pletórico -luego de la agónica espera- en este parte de victoria que me animo a garrapatear, alentado por la oleada de aire fresco que se propaga -como pólvora- por el mundo.

Humillante derrota que el indeseable peliteñido, se niega a aceptar y que lo tiene vomitando lenguas de fuego, so pretexto de un imaginario, inexistente fraude, anunciado antes de elecciones, reiterado al comprobar que las uvas de la reelección estaban verdes. Falacia con la que el grotesco bufón intenta -vanamente- deslegitimar la superlativa victoria de Biden-Harris.

Logro que satura las Redes Sociales; los medios impresos consumen ingentes ríos de tinta; ocupa a los influyentes formadores de opinión y todólogos de los cenáculos políticos, a los que me agrego -emocionado- con esta sucinta apreciación sobre el merecido descalabro del arrogante, anacrónico, desquiciado, irracional, malcriado, paranoico, prepotente palurdo, consocio del atorrante, extraviado, impresentable, hipnotizado subpresidente -lacayo del innombrable- que, en un alarde de estupidez política, se dio un tiro en el pie, al entrometerse temerariamente en la campaña del embustero, envalentonado sátrapa.

Endriago fascista que, en extravagante acto de oportunismo político, graduó de ‘héroe´ al intocable; puchero que su dócil monosabio -como ‘réciprocité’- movilizó hacia Miami, al rebaño de mucamos para que motivaran a los colombianos en favor del engendro, quienes lo dejaron con los crespos hechos. Exasperante torpeza que incluyó subliminales, tóxicos mensajes, condimentados con pegajosas cortinas de salsa que rememoraban el diabólico coco ‘petro-chavista’.

Punible intromisión que aniquiló la proverbial neutralidad de Colombia; emboscada que quedará grabada en la retina de los estadounidenses y mantendrá los reflectores mediáticos de la aldea global encima. No se requería dote de profeta para predecir el desenlace que delimitará el mapa político mundial, en el que se sabrá quién es quién, de qué lado se está. Desplumada en la que fue decisivo el encumbrado expresidente Obama, quien sin reserva se empleó a fondo en defensa de los valores encarnados por Biden-Harris, cuya semblanza barrunto sucintamente:

Nacido el 20 de noviembre de1942; creció en Scranton, Pensilvania, hijo de una familia católica, de origen irlandés, quien se enorgullece de sus orígenes obreros; de niño superó su tartamudez. Su padre -un vendedor de coches-, en la década de 1950, perdió su empleo, viéndose forzado a migrar con la familia a Delaware -Estado vecino-. A la edad de diez años -recuerda-: “Mi padre siempre decía: Campeón, cuando te golpeen, tienes que ponerte de pie de inmediato”.

De joven trabajó como salvavidas en una piscina de un barrio negro, marginal, donde palpó la desigualdad, escasez, inequidad, injusticia que acosaba a la comunidad; experiencia -confesó- que despertó su interés por la política.

A los 29 años fue elegido en 1972, senador por Delaware, siendo uno de los legisladores más jóvenes del Parlamento, donde permaneció tres décadas antes de sus ocho años como atinado, reposado vicepresidente de Barack Obama. Conocido -a la sazón- por sus alianzas improbables; propenso -como Trump- a salirse del libreto.

Signado por el sino de la tragedia, esta lo ayudó a cimentar su empatía con la opinión pública americana. Neilia Hunter -su primera esposa- y su hija de un año, murieron en un accidente automovilístico en 1972. Sus otros dos hijos -Beau (4 años), Hunter (de 2)- quedaron gravemente heridos, sobreviviendo al percance. Él, convaleciente, juró como senador desde el hospital, lo que pasó a formar parte de su mitología.

En 1988, se salvó de un mortal aneurisma.  Su primogénito hijo, decidió seguir los pasos de su padre en la política. Elegido fiscal general de Delaware, su estrella en ascenso, se apagó pronta, intempestivamente cuando tenía 46 años, al sucumbir en 2015 ante un agresivo cáncer cerebral, impidiendo que su padre se lanzara en 2016 a la presidencia.  Respecto al inmenso, imborrable dolor que le generó la muerte de Beau, registró -lloroso aún-: es un pesar que “nunca se va”.

En 1975 conoció a su segunda esposa, Jill Jacobs (69 años), una agraciada profesora con la que se casó dos años después y con la que tuvo una hija, Ashley. En campaña señaló a Jill como un importante activo, recordando cómo se hizo cargo de la crianza de sus dos huérfanos hijos.

Felicitaciones a la nueva pareja presidencial.

Bogotá, D. C. 08 de noviembre 2020

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