El “NObel”


 

Ganó el ‘No’, y fue una victoria rotunda y meritoria, a pesar de la estrecha diferencia. Nunca antes en la historia de Colombia una campaña política había sido tan austera y recursiva. Ni la trampa reiterada alcanzó para el ‘Sí’ (recuerden el umbral modificado del 13%). Mientras el Gobierno contó con la fuerza ilimitada de cientos de caciques, de la “mermelada” y los medios arrodillados, la oposición, a punta de argumentos, de plaza pública y de magros estipendios, logró lo impensable: derrotar, por la vía democrática, la posibilidad real de que la Constitución fuese sustituida por un nuevo y peligroso orden jurídico, con nombre y beneficiarios propios: los jefes de las Farc.

El sustento intelectual y la dialéctica empleada por la campaña de la oposición fue la clave para inclinar la balanza a favor del ‘No’. Esa es la verdad real, así los malos perdedores de la mal llamada Unidad Nacional pretendan desconocer el triunfo, por cuenta de las desafortunadas declaraciones de Juan Carlos Vélez, que, por hacerse el célebre, recurrió a la mentira para engrandecerse. Esas cosas ocurren cuando se encarga a un hombre menor de un asunto mayor. Los que se escandalizaron con las estupideces de Vélez son los mismos que no vieron los ríos de plata que corrieron en la campaña reeleccionista de Santos y en el propio plebiscito. ¡Qué coherencia!

Resultó más ponderado ‘Timochenko’ que Santos. Mientras el primero habló durante toda la campaña del plebiscito de la voluntad de paz irrenunciable del grupo armado ilegal, el Presidente nos amenazó con una guerra apocalíptica si resultaba ganador el ‘No’. Como se han podido percatar, la tal debacle no existe, y ahora resulta que fue la oposición la que mintió y utilizó mensajes fatalistas para manipular al electorado. La clásica ley del embudo.

El Nobel, así el galardonado diga lo contrario, era el objetivo primordial de Santos (la parafernalia de la ceremonia en Cartagena a pocos días de la entrega del premio no fue en vano). Lo interesante del reconocimiento es que, habiendo el Presidente saciado su monumental vanidad, ahora sí puede negociar con las Farc, sin sacrificar la institucionalidad. Hay que empezar de cero: los acuerdos políticos, que no jurídicos, entre el Gobierno y las Farc, fueron rechazados por el constituyente primario, no nacieron a la vida jurídica y, en consecuencia, no existen.

A propósito del premio, y a manera de información: el único Nobel que no entrega Suecia es el de paz, que le corresponde a Noruega, país que, constitucionalmente, se define como un Estado concentrado en la búsqueda de la paz en el mundo. Se trata, pues, de un galardón con perfil político. Noruega ha jugado un papel determinante en el proceso de paz colombiano: la mesa de diálogo se instaló precisamente en Oslo. El gobierno noruego designa el comité que escoge a los ganadores de ese premio. Entonces resulta obvio que, si el proceso de paz fracasa, también pierde Noruega. Por eso el Nobel para Santos. No puedo pensar en un mejor espaldarazo. Noruega ha sido excluida de los grandes conflictos mundiales de hoy. Vieron en el proceso de Colombia la gran oportunidad para mostrarle al mundo que ellos son los mejores hacedores de paz.

Un premio internacional no puede reemplazar la voluntad democrática de las mayorías. Si el Gobierno insiste, a pesar de la derrota, en imponer su criterio, por encima de la soberanía popular, no habrá otro camino que salir a las calles a defender la causa. La estabilidad de la República bien vale el sacrificio.

Por Abelardo De La Espriella

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