Espíritu navideño (II)

mario arias gómez.

A

ntes de proseguir con el nostálgico recuento navideño, ilustro a las nuevas generaciones de pensilvaneños, que las campanas de la iglesia sonaron ininterrumpidamente desde que fue instalado el reloj en 1906, hasta el 30 de julio/1962, aciago día del sismo de 6.8° -escala de Richter- y 69 km de profundidad, que destruyó la torre que -sin desvelar a nadie- marcaba el horario. Repiques que, construida la nueva iglesia, llevan 58 años sonando, hasta el polémico fallo del Juzgado Promiscuo que ordenó silenciarlos, de 9 de la noche a 7 de la mañana. Ultimátum que esperamos se revoque en segunda instancia.

Agrego a los anteriormente relacionados adornos navideños: la Corona de Adviento expuesta en el portón; el bolsillo-zapato (de fieltro rojo y blanco); los bastones de caramelo, expresión ornamental, anuncio del acogedor espíritu decembrino que mora en casa; de la llegada de presentes, anchetas de allegados, copartícipes del ‘don de la familia’; de los candorosos juegos: ‘Amigo secreto’, ‘Beso robado’, ‘Pajita en boca’; ‘’Hablar y no contestar’, ‘Dar y no recibir’, ‘sí y no’, concertados con tías, nietas, sobrinas, primas; hechiceras novias de embeleso; entrañables amigas; apreciadas, cómplices condiscípulas. 

Dulce, melodioso devenir, impregnado por inmemoriales, delicadas, gustosas, penetrantes aromas y sabores liberados por el reluciente, pulcro trono de la abuela -la cocina-, que esmerada nos recibía con un amoroso beso, cálida sonrisa, mientras aprontaba en la alacena -que atracábamos de niños- exquisitos manjares -como para chuparse los dedos- de los que daba rápida cuenta, la pollada de regreso e invitados especiales; pródigo mes en que todos nos conocíamos, todos eran bienvenidos, todos disfrutábamos de los icónicos: buñuelos, natilla, chorizos, morcilla, chicharrones -de siete escalas-, en que se convertía el ‘carebajito’, lechón previamente engordado en casa con sobrados, salvado y maíz. 

La canasta repleta de las infaltables arepas de maíz trillado y pelado, asadas al carbón, imprescindibles acompañantes de las: frijoladas con garra o patas de cochino; del sancocho de espinazo; gallina criolla o trifásico, de los suculentos sudados, rematados con postres: Arequipe, Brevas con melado y queso, papayuela, mora. Cómo no rememorar el ‘pandequeso’, las empanadas, la chocolatada; los tamales de doble presa; largo etcétera; relación que activan los jugos gástricos y nos ponen a tragar saliva. Irrepetibles comilonas rematadas sagradamente con unos ‘guarilaques’ -de caña gorobeta-, o chicha de maíz o piña. 

De ahí que el momento más triste del grupo familiar, es cuando se cierra -para siempre-, la estancia de los alcahuetes abuelos, terminándose los felices, habituales, imborrables reencuentros hogareños. Tiempos idos -quizás mejores-, convertidos en polvo del olvido, con olor a naftalina, de los que, en el otoño de la vida, solo queda el eco de las sonrisas, llanto. Atrapado, desmoronado por la nostalgia, indago -sin premeditada intención- el por qué se fueron tan deprisa. 

La fiesta más vieja del cristianismo, que conmemora el anual advenimiento de Jesús a este mundo -comienzo de la fe cristiana-; excelsa, deliberada paradoja -con raíces campesinas- edificada sobre la conmemoración del nacimiento en todos los hogares, de quien no tuvo casa para nacer, más que un humilde establo de paja, quien llega con los regalos para los niños, opacado hoy por los modernizados ‘Papá Noel’, ‘Santa Claus’, que arriban en trineos. Mítica tradición aquerenciada en el terruño; cimiento de la deslumbrante, fascinante parábola, de este modesto artesano de su vida; fuente de la formación de este sencillo escriba -observador de la vida política-; educación prodigada, robustecida por personajes de leyenda, los Hermanos lasallistas.

Remembranzas que, como una oleada de aire fresco, reaparecen indemnes en diciembre. Estampas navideñas que incluyen: la Misa de Gallo; el día de los Santos Inocentes; la quema de ‘Años Viejos’ y ‘Años Nuevos’, con sus actos de introspección; examen de conciencia; contrición; reiteradas promesas -siempre incumplidas- de renovación; corrección de excesos; expiación de los pecados; propósito de enmienda; bajar de peso, repelando con los Reyes Magos.

Ancladas, imperecederas, plácidas añoranzas antañonas, anidadas en la cosmopolita, empenachada, paradisíaca ¡Pensilvania!, que viajan por el túnel del tiempo, para retornarnos a la infancia, agotada en ese pedacito de cielo; migaja de paraíso terrenal, enmarcado por todos los tonos de verdes existentes, que prevalecen en el municipio, con casas -entonces- de madera, bareque, tejas de barro -cocidas en las desaparecidas ladrilleras locales-, con balcones, corredores, patios con jardines colgantes, cultivados en poncheras, tarros, vacenillas viejas; con huertas -abonadas con cagajón-, donde se cosechaban las plantas medicinales; ají; apio, brevas; cebolla; cilantro; chirimoyas; guayabas, guineos; papayuela; uchuvas; mandarinos, naranjos cuyo azahar perfumaba los alrededores. Continúa

Bogotá, D. C. 09 de noviembre 2020

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mario arias gómez
Abogado, periodista y escritor


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