La moral de “El Cacique”


 

Qué mal ejemplo dan hoy los padres de la patria, cohabitando el hogar político del Congreso, al dejar escuchar al resto del país una violenta discusión que los separa frente a un proyecto de ley que adopta como patrimonio cultural la obra musical de Diomedes Díaz, el hijo nacido de las entrañas del pueblo.

La controversia trasciende sin eco más allá de las sordas paredes de nuestra casa republicana, pues los que vociferan en contra radican sus quejas al considerar que la vida del autor no presta mérito para que se haga ese reconocimiento a su obra. Argumentan con certidumbre moral y razones cruzadas que encarna valores contrarios a las buenas costumbres de Colombia.

Se le tilda de vicioso, machista y maltratador de mujeres, basados en el infausto suceso que derivó en el crimen de una mujer y abandono del cuerpo, en medio ya de sus fiestas desenfrenadas, en el que nunca se precisó la participación directa del artista, pero la justicia determinó una responsabilidad circunstancial.

Antes que discutir por motivo el valor de la obra, en el Congreso tratan lo que no les es dado hablar: la moral del autor. Y no porque no puedan confesar lo que todo el mundo sospecha y conoce, el clientelismo prostituido de intercambio de favores que ha sacado a la mayoría de la democracia, sino por la razón de ser de las leyes, que no pueden desconocer.

La noción esencial del Estado de Derecho lo enseña como una organización política en la que una sociedad se sujeta al gobierno de las leyes, con un carácter general, que no pueden recaer en una persona, para bien ni para mal. En este caso, así se trate de una Ley Ordinaria de méritos, lo que deciden es exaltar el valor cultural de la obra, comprendiendo el espíritu que habita en la comunidad nacional para la que se legisla.

Existe un fundamento iusnaturalista del que las leyes no deberían disponer: la inviolabilidad del alma humana, patrimonio de género. Se juzgan acciones no personas en sí. No hay penas irredimibles a la luz de nuestra Constitución. En un Estado Social de Derecho las leyes son un medio para reivindicar al ser humano, no un fin que lo condena más allá de su muerte.

Aquellos Estados que apelan de manera legal a la cadena perpetua o a la pena de muerte lo hacen para desconocer a quienes son hijos legítimos de sus propias contradicciones. En Colombia, la doble moral ha permitido matar en silencio, y sobre los sepulcros blanqueados de las instituciones se hacen sacrificios morales públicos, matando y comiendo del muerto en honor a los dioses.

Al trasluz de la moral, Diomedes solo pudo llegar a ser el ejemplo que Colombia le daba. La canción “Mi muchacho” refleja con exactitud el paso de un país rural, de costumbres sanas, a otro permeado por los vicios del consumismo. Si no estuviera dulcificada por la poesía, narra la vida de un niño de los miles que tienen por juego el trabajo de adultos, con su esperanza intacta en la Virgen y en Dios, cuya historia real termina teniendo como patrono al dueño de la hacienda.

Diomedes es hijo de Colombia y padre de un sinnúmero de seguidores que sienten en él cierta redención en una sociedad en la que no encuentran su hogar, viviendo a diario en las calles la exclusión y el abandono.

Si la obra se reconociera por la vida del autor, y ser machista la viciara, habría que refundar la República, puesto que el Libertador Bolívar, así no dejara hijos, fue un gran ejemplo de hombre mujeriego. Una obra trasciende como legado a su autor. El Coliseo Romano es patrimonio histórico universal, no obstante haber sido usado como bandeja para servir en carne viva a los cristianos en la cena de los leones.

De algo estoy seguro: una vez termine la discusión, la mayoría se reunirá en fiestas públicas o familiares, con vicios sanos o sin ellos, a celebrar con la música de Diomedes. Con la autoridad moral y política que significa ser elegido por el pueblo, si se contara en compra de votos las ventas de discos de ‘El Cacique’ superan la democracia en pleno que representa el Congreso de Colombia.

El principal derecho que debería serle exigible a un hijo frente a su padre es que le predique con el ejemplo. Si ese principio se tornara ley la moral dejaría de ser un utensilio doméstico con el que obligan al niño a tomarse el caldo amargo del regaño, y obligaría a que el discurso ético se hiciera de carne y hueso. Pero también el padre podría demandar su propio derecho, la gratitud del perdón y que sus hijos corrijan en ellos lo errores mal inculcados, ya que tienen la ventaja de poder continuar esa obra inacabada que significa ser humano.

Rodrigo Zabalata

Por Rodrigo Zalabata Vega

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