Eduardo Padilla

La Política de la Vida

*Presidente de la Red Colombiana de Veedurías.

A través de la historia de la humanidad, la política ha tenido muchos calificativos: Esclavitud, fascismo, burguesía, monarquía, imperialismo, nazismo, liberalismo, conservatismo, socialismo, comunismo, izquierda, derecha, centro, y democracia, entre otros motes.

Pero se trata del mismo burro con diferente cabestro. Este asunto también se parece a la tradición religiosa basada en la leyenda de la virgen María; puesto que se trata de una misma persona, pero le han endilgado cientos de nombres.

En la democracia existe la ilusión de que el pueblo es soberano, pero de soberano no tienen nada. Eso no es más que un espejismo.

La historia ha demostrado hasta la saciedad que esta idea jamás ha sido plasmada en la cruda realidad de la vida de los pueblos que han vivido oprimidos entre la espada de la pobreza y la pared de la élite política.

Ahora, en la aurora del siglo XXI, que brilla todavía, un amplio sector de la sociedad colombiana está hablando de la política de la vida y de su contraparte: la política de la muerte; y este sector afirma que el centro no existe, porque en medio de la vida y la muerte no hay nada.

Pero estas dos concepciones políticas no son nuevas, pues a partir del año de 1492 hubo un espantoso choque de trenes entre el conocimiento y la ignorancia.

Las huestes perversas, ignorantes, de la política de la muerte del viejo continente, vinieron a saquear, destruir y matar a los miembros de la política de la vida, que se dedicaban a cuidar la armonía que existía entre el aire, el fuego, la tierra y el agua, incluyendo la fauna, la flora y la atmósfera.

Esa hueste extranjera aniquiló todo vestigio de conocimiento, de cultura, de sabiduría del nuevo continente.

Parece que el apóstol Pablo profetizó esa hecatombe, cuando escribió: “Porque yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces que no perdonarán al rebaño”.

Así fue, pues aquellos lobos rapaces, perversos e ignorantes, para poder robar el oro, atemorizaban a los nativos, amenazándolos con el diablo. Si los indígenas hubiesen hablado latín, habrían desenmascarado a esos delincuentes, pues en Hebreos 2:14 dice que Jesucristo destruyó al diablo.

También esos contumaces extranjeros intimidaban a los aborígenes, diciéndoles que estos eran pecadores. Los naturales creyeron la mentira, porque no sabían que Jesucristo quito el pecado, según Hebreos 9:26.

Los hindúes afirman que si haces el bien ganas darma (premio), y si haces mal ganas karma (castigo).

Esto también se conoce como ley de causa y efecto, la cual se basa en la idea de que toda acción provoca una reacción, una consecuencia o un resultado: cuando sucede A (causa) como consecuencia sucede B (efecto). Esta noción también tiene su contraparte: todo efecto está causado por una acción previa.

La corrupción reinante de la élite mundial es un efecto que ha generado mucho daño en el medio ambiente y en la humanidad: Por un lado, las pandemias; por el otro, está dañada la capa de ozono, la flora, la fauna, el aire y el agua.

La política de la muerte ha causado mucho daño. La política de la vida posee la fórmula para frenar esa política nefasta; es algo fácil, sencillo: El voto.

Después de 500 años de tinieblas (ignorancia), enhorabuena, este es el momento propicio para desempolvar y sacudir los anaqueles de la prehistoria precolombina, con el propósito de rescatar el fundamento de aquella antigua política de la vida que practicaban esas espléndidas comunidades nativas. Ahora es nuestro deber sobreedificar encima de ese cimiento ancestral, y construir un nuevo edificio social donde el pueblo de esta amada y sufrida República de Colombia pueda, al fin, disfrutar de un estilo de vida pletórico de dignidad, prosperidad, educación, salud y felicidad.

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Eduardo Padilla Hernández
Abogado, Columnista y Presidente Asored Nacional de Veedurías


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