¡Los hermanos del Libertador! V

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¡Los hermanos del Libertador! V 

Termino la documentada, delirante, erizada, patética reseña referida a la erótica, sensual, impaciente vida amorosa de la primogénita hermana del Libertador -María Antonia-; ardorosa, impulsiva, lujuriosa, temperamental mujer -de armas tomar-, protagonizada en el convulso, tormentoso período colonial y republicano; historia condimentada con chismes e intrigas de alcoba, celos, procesos judiciales.

El último de sus premenopáusicos idilios, anidado hacia 1834, lo vivió a los 57 años de edad -a ocho de su muerte-, con un joven de 22 años, José Ignacio Padrón, fabricante de peinetas de carey; fortuito vínculo que comenzó con el encargo de unos adornos para el cabello.

Consensuado, interesado romance que cesó cuando el ávido José Ignacio, formalizó el matrimonio con una joven mulata (su paralelo verdadero amor), lo que desató la ira de la despreciada, humillada, relegada María Antonia, que se vengó, denunciándolo por robo -sostuvo- de 10 mil pesos. Fraguada, infundada imputación -sin duda alguna-, sustentada en los siguientes términos: “se trata de un mozo pobre y miserable que anda en esta ciudad ganando dos o tres reales en calidad de escribiente y a quien tuve en mi casa en condición de dependiente…”.

Conforme a la ley de hurtos de 1836, el presunto ladronzuelo recibiría “cien azotes públicos; además sería sometido al escarnio público, obligándosele a llevar un infamante cartel con el sobrenombre ‘ladrón’, adicionado de ocho años de presidio”.

Se preguntaba -en subsidio- convincentemente: “cómo es que, de la noche a la mañana, de forma repentina, cambió de forma de vida, al pasar de ser un pobre infeliz, un muerto de hambre, sin ninguna fortuna, a hacer gastos, francachelas, desembolsos, totalmente incompatibles con su miserable condición y suerte”. Citó como testigos a varios sirvientes, reforzados con unos albañiles y un coronel amigo. La principal declarante, era una mujer zamba que recién había obtenido la libertad y se sostenía moliendo maíz y prestando oficios varios, como el lavado de ropa.

Convencida que por su elevada alcurnia, opulenta, relevante condición social, sería -sin más-, con su solo decir inculpado, condenado, llevándose impensadamente tamaña, severa sorpresa, cuando fue absuelto en forma inapelable, siendo -por demás- condenada María Antonia, a cubrir las costas judiciales. Insospechada exoneración que la llevó en plena audiencia -salida de quicio, presa de la rabia-, a lanzar contra el suelo dos estatuillas de oro del Libertador, que había aportado como prueba del delito. El juez (Rivas) la constriñó a recogerlos, ante el apercibimiento que, de no, sería enviada a la cárcel.

Aplicados, diligentes bolivarianos concuerdan en que María Antonia, violó los códigos morales de la época, en la que las viudas -alegórica, simbólicamente- eran confinadas en vida, a la muerte de su alma, corazón, espíritu; del sentir como mujer; al ostracismo social, que no fue su caso, ya que la muy impulsiva, indómita, desmesurada, ilustre hermana, no se arredró, los prejuicios sociales no la afanaron, tampoco guardar las apariencias, los convencionalismos, las costumbres.

Saliéndose de la fila, hizo caso omiso de todo ello, para dar rienda suelta a su nada sosegada, frenética vida, siguiendo adelante -con ímpetu indescriptible- con sus idílicas, mimosas conquistas extramatrimoniales, sin importarle -repito- los patrones costumbristas, en un contexto en que los sociedad caraqueña castigaba moralmente, este tipo de desenfadado, libidinoso comportamiento, no sin precisar que los derechos civiles de las mujeres eran casi nulos, por no decir, que eran rotundamente despojadas, privadas de ellos.

Hasta aquí María Antonia.

Su otra (segunda) hermana del Libertador, Juana Nepomucena -mayor que él- nace el 16 de mayo de 1779, (medio hermana de Juan Agustín Bolívar, aludido en la primera entrega de la presente serie). Muere en Caracas a los 67 años -el 7 de marzo de 1847-, quien huyó -igualmente como Simón-, por discrepancias con su tutor; a los 12 se refugió (julio de 1795), en el hogar de María Antonia, de donde sale para casarse -a los 13 años- con su tío materno, Dionisio Palacios y Blanco, afectos ambos a la causa que lidera su hermano.

Sus cinco hijos fueron: el prócer, Capitán Guillermo Palacios Bolívar, quien luchó junto a su tío -el Libertador- hasta morir en 1817, en la batalla de La Hogaza. Los nombres del resto de retoños fueron: Jorge, Benigna, Cornelia y Fernando. A los 22 años enviudó la madre, viéndose obligada -en medio del furor del proceso independentista- a mudarse con sus hijos a Curazao y pasando luego a Saint Thomas.

El tercer hermano del Libertador fue el coronel, Juan Vicente Antonio de la Trinidad Fernando Simón, nacido el 30 de mayo de 1781. Diplomático, participante en 1808 de la “Conjuración de los Mantuanos”. Muere en agosto de 1811, en el naufragio del bergantín San Felipe Neri, cerca de la isla Bermudas, en el que regresaba a Venezuela, procedente de EE.UU., donde viajó en busca de apoyo para la lucha por la Independencia.

María del Carmen Bolívar y Palacios (quinta hermana del Libertador) murió el mismo día del nacimiento, el 17 de junio de 1786; solo vivió unas horas, en las que alcanzó a ser bautizada por la partera de doña María de la Concepción Palacios.

La Negra Matea, la niñera del Libertador.

Debido a que la madre de los Bolívar, tenía problemas de salud, al nacer Simón, mandaron a traer “a una joven esclava que en esos días también había parido”, de nombre Hipólita, para que amamantara al recién nacido, a quien el Libertador reconoció después como “madre”, “padre”, “maestra”. CONTNÚA.

Bogotá, D.C., 28 de julio de 2021

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mario arias gómez
Abogado, periodista y escritor


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