¡Los hijos de El Libertador! XVI

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Conforme a lo anticipado, me refiero a la agitada, bulliciosa, chispeante vida sexual del impetuoso, apasionado, don Juan Vicente de Bolívar y Ponte, quien pasado mañana cumpliría 295 años de su nacimiento (15 de octubre de 1726), y muere cercano a los 60, el 19 de enero de 1786. Paterfamilias de El Libertador, de filosas espuelas, cuya flagrante, tórrida, fogosa, escandalosa existencia, obligó -se dice que para guardar las apariencias- al obispo, Diego Antonio Díez Madroñero, a abrirle un juicio canónico por los incontables, eróticos, obscenos desatinos cometidos en perjuicio de la honra de un cúmulo de mulatitas y mestizas que pasaron por las horcas caudinas del compulsivo, enviciado, insaciable semental.

Expresión consagrada a las sonrojadas víctimas que, contra su voluntad, soportaron a la fuerza -muchas veces-, el deshonroso asedio del pudiente Casanova. Humillante afrenta a su dignidad, que motivó el teatral litigio. Comedia en la que fue absuelto, con lo que pudo seguir coreando figurativamente la ranchera…, pero “sigo siendo el rey”, que lo fue, según los anales del donjuanismo de la época, quien practicó -se cuenta- el derecho de pernada en la provincia de Caracas, lo cual salió a la luz pública, gracias  al citado expediente que con carácter de secreto, sustanció el condescendiente, obsecuente, parcializado purpurado, llegado al país en 1756, quien aguantó casi una década oyendo las consejas confesionales, los impúdicos dimes y diretes acumulados, hasta que en 1765, se vio obligado, “ante el enojo” calificado de chisme, a abrir la eclesiástica indagación,  a efecto -aparente- de tomar las medidas expiatorias.

Bolívar / Salvador de Madariaga

Al respecto, el académico, Ambrosio Perera (venezolano) y el escritor bolivariano, Salvador de Madariaga (español) se ocuparon, explícita, puntualmente del tema del enamoradizo ancestro de Simón Bolívar, quien, hostigado por los genes heredados, tuvo igualmente mujeres e hijos a montón. ¡Lo que se hereda no se hurta! Aventuras rememoradas -algunas- anteriormente.

Agotado el tema como el de su descendencia, me propongo dar por concluida la serie en la próxima entrega, con un somero semblante de, Jean Louis Michel Perú de Lacroix Massier, el fiel acompañante de El Libertador, especialmente durante su estadía en Bucaramanga, en 1828, hasta la disolución de la Gran Convención de Ocaña.

No todo en la memoria de Bolívar fueron elogios, exaltaciones, merecidísimos, también padeció su calvario, el cerrero ataque de sus enemigos y envidiosos, de panfletarios como Evaristo de Veiga, que lo tachó de ‘ambicioso’, o como José Inácio de Abreu e Lima -militar, político, periodista y escritor brasileño, participante en las guerras de Independencia de la Gran Colombia- quien lo tildó de “aventurero, hablador, forajido’, oculto tras el pomposo título de general”.

Cosas veredes, amigo Sancho, que farán fablar las piedras”, expresión concedida, trasferida -sin fundamente- a don Miguel de Cervantes -el más importante novelista de todos los tiempos-, entresacada de su magna obra, el Quijote, que según calificados, entendidos, versados censores literarios, sostienen que la famosa frase es mucho más antigua, que se remonta al romancero derivado del Cantar de Mío Cid, cuando Rodrigo Díaz de Vivar le propone a Alfonso VI, conquistar Cuenca: “Muchos males han venido por los reyes que se ausentan…y el monarca le replica: Cosas tenedes, Cid, que farán fablar las piedras”.

Sentencia equivalente hoy a: ¡Lo que hay que ver!, que traigo a colación, para enlazar los hechos, piruetas y circunstancias -inconfesables algunas- del disoluto proceder, comportamiento de los Bolívar -padre e hijo-, que perplejo, turbado -confieso- me llevaron a exclamar, repetir -metafórica, recursivamente- sorprendido: “¡Cosas veredes, amigo Sancho!, o ¡Cosas que harán hablar las piedras!, o ¡Las cosas que hay que ver…!”.

Investigación -la del nuncio- que acopia, meticulosamente, los interrogatorios -precisos y reiterativos- ajustados, reglados por la Santa Inquisición, que determinó -según se lee- “este padrote de ojos azules,  obsesivo sexual, era un perseguidor empedernido -como su heredero Simón- de mulatas, blancas, indias y cuanto saya se interpuso en su camino, poniendo en jaque a La Victoria, el villorrio de San Mateo, Turmero, Cagua, La Villa y otros campos poblados, en los que su tozudez, don fálico que ostenta, lo incita a querer acostarse con todas las mozas, de preferencia, vírgenes que por allá le atraen, y que en buena parte lo hace a satisfacción, dada su capacidad económica y persuasiva, como que nadie ve, oye ni entiende lo que este cazador de encantos premedita y realiza”.

Epílogo del exhaustivo, riguroso, nutrido despacho, que actualmente reposa en el Tribunal Eclesiástico de Caracas, que asienta, con pelos y señales que “debido al incontinente vicio de la carne del lujurioso y para entonces solterón, en un serrallo (harén) extenso que posee fuera de tener alcahuetas pagas y adiestradas a su servicio, en el incesante escenario erótico mantenido a satisfacción, acostándose con la india María Bernarda, con quien tiene varios hijos; la india María Juliana, la india María Rosalía, con otra Rosalía que se apoda La Chicota, la india Juana Antonia, a quien de seguidas embaraza.

Relación que incluye -además- a: las indias Catalina, María Simona junto con dos hermanas de ella; con la casada María Jacinta Fernández, en quien tuvo confesos ‘trece actos carnales’; con la adúltera consciente, Josefa María Polanco y madre de una hija de este patriarca embrujador; con Paula Flores, que también le da un hijo ilegítimo; y la casada Isabel Requena, que con total desfachatez, declara -bien contadas- ‘cinco relaciones sexuales’ habidas con ese poblador” en comento.

Y para complemento sobre el mencionado tenorio de marras, en el mismo protocolo se asienta que en Cagua (poblado) “pasan de dose (sic) las doncellas que ya se ha desflorado en solo este pueblo”. Imagínense amables, pacientes lectores, tal herencia cruzada con los descendientes cromáticos que el vivaracho semental tiene, a escondidas, a lo largo y ancho de la geografía venezolana.

En resumidas cuentas y, a objeto de precisar lo contenido en el famoso, picante sumario, sobre el insatisfecho coquetón, levantado -se supone- ‘bajo la gravedad del juramento’, se precisa -como colofón de la indagatoria-, que fueron 25 las fufurufas que salieron a flote, 8 de origen indígena, con las que tuvo dos o más hijos. En cuanto a las casadas -sujetas por infieles al castigo por adulterio- afloran cuatro, con dos hijos -sin reconocer- de la célebre, reputada estrella.

Lo que más llama la atención del conciso, prolijo epítome, es el que el zorruno (zorro), ladino Díez Madroñero, entendió, interpretó -a su manera-, lo estipulado en el Código de Derecho Canónigo, acomodó los inalterables principios religiosos, vistos bajo la leguleya premisa de que las leyes se acatan pero no se cumplen, llevada al extremo que, acaso, para no meterse en líos parroquiales, entendió aquel desbarajuste sexual del enjuiciado “lobo” carnicero, dentro del alcahuete, cosmético fallo, con un apenas, simple “comedimiento” al ilustre caballero.

Para sorpresa del vecindario, de la posteridad histórica, al final del abultado juicio, sin otras explicaciones, justificaciones, la benigna pena impuesta, fue moral, inaugurando entonces, que se sepa, el principio de la inversión de la carga de la prueba, con la que don Juan Vicente resultó absuelto, libre de polvo y paja, de culpa, resultando condenado  el ramillete de agraviadas, agredidas jóvenes, por la gracia divina, por disposición del flexible, singular prelado, al rubricarlas, subrayarlas de “provocadoras” fálicas del enjuiciado patriarca. C’EST FINI.

Impúdica, inmoral, truculenta maniobra de las desestimadas, palpables pruebas, en que estas inermes, infelices féminas, resultaron responsables -se adujo- por tentar sin comedimiento al pudiente gran señor de horca y cuchillo, figura de la etapa feudal en la que se tenía jurisdicción para castigar hasta con la pena capital.

Bogotá, D.C., 13 de octubre de 2021

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mario arias gómez
Abogado, periodista y escritor


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