¡PENSILVANIA!, ‘Mi pueblo natal’ III

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Diciembre, mes de NAVIDAD, indefectiblemente coligado a un ambiente de paz, cuyos colores: el rojo es símbolo de amor, el verde de esperanza; mes del tiempo pascual; de unión familiar; de nostalgia por quienes se fueron dejándonos en un mar de tristeza, silencio, vacío inllevable, que nada ni nadie colma.

Intervalo de alegría, sonrisas, jarana, regocijo, recordaciones. De contraste entre quienes todo lo tienen, frente a los que carecen de todo…, que ‘van regando su existencia con el invierno de sus propios ojos’. Mes en que el sol sale igual para todos, pero que, caprichosamente, no a todos calienta, ilumina, al apuntar en una sola dirección. Metáfora -si se me permite- que traduce; discriminación, injusticia, desdicha, inadvertidas por la omnipotente, apática, indolente, ciega, sorda y muda sociedad. Realidad que pone los pelos como escarpias.

Mes que invita a soñar palabras de ternura, a regresar -imaginariamente- a la venturosa, bizarra condición de niños; a repisar las primeras trémulas pisadas, de la mano protectora de los seres queridos que nos marcaron el rumbo, dejaron huella imborrable, esculpida con su beatífico ejemplo.

PP

Ardorosa, auténtica, peculiar, radiante historia autobiográfica, oficiada en la encantada, hechizada, majestuosa ¡PENSILVANIA!, tierra de nuestros antepasados, que en cada diciembre reverdece, viste sus mejores galas para escribir a cuatro manos, con sus ausentes hijos, un glorioso capítulo más, agregado a los antañones, inmemoriales tiempos, desde que tomamos la irresistible, irrevocable decisión de pasar -sin falta- la nochebuena con los nuestros, en su cálido ambiente, con la grata compañía de los caros compañeros de infancia, juventud.

Seductores reencuentros, adicionados a los recónditos, truncados amores -nunca olvidados- que incólumes subsisten, permanecen en pie, sin rendirse, a pesar de los disímiles caminos emprendidos; del agite, bullicio, tráfico de las grandes urbes donde subsistimos aislados, huyéndole al letal coronavirus-19.

Así se ve Piamonte desde el casco urbano de Pensilvania.

Mes en que mi curtido juicio crítico se aquieta, sosiega respecto a resquebrajada situación que padece nuestra atribulada, sufrida Colombia, para dar paso al festivo, subyacente espíritu navideño; realidad trocada en virtualidad por los cegados, heterodoxos, irrelevantes, lunáticas, narcisos, obcecados ‘millennials’, hundidos en su absurdo, narciso, neurótico mundo.

Los nacimientos pueden llegar a ser de hasta 5 metros cuadrados. (Foto:Flickr)

Igual ocurre con la atractiva, tradicional práctica del pesebre -nacido en San Francisco de Asís, (año 1223) en una cueva próxima a la ermita de Greccio (Italia)-, que comenzaba con la recolección del musgo, sin que fuéramos tachados de predadores ambientales. Los términos: bioacumulación, biomasa, biósfera, biodiversidad, desarrollo sostenible, ecología, ecosistema, ecotono, especies endémicas, hábitat, medio ambiente, nichos ecológicos, resiliencia, resistencia ambiental, ecocidio, eran desconocidos.

Artesanal tarea complementada con los celestiales villancicos, sustituidos por los susodichos, con los bulliciosos, estridentes, fatigosos, opiáceos reguetones, que culminaba hoy (quince), dando inicio (mañana).al rezo de la novena.

Memoriosos recuerdos forjados en el amado, ancestral terruño, los cuales permanecen ligados al corazón, rogando sigan siéndolo -aunque sea virtualmente- por un siglo más. Soñar no cuesta nada.

Leyenda de ficción que recaló en nuestro otoño, dulcificado por las atávicas, patrimoniales costumbres, enraizadas en quienes ya peinamos, no muchas, sino pocas canas.

Invocaciones que alivian, sanan el alma, también, las decepciones que arrugaron nuestro vetusto, resignado corazón, y que salen a relucir -por esta época-, rememoradas por este errante, agnóstico, escéptico escriba, con tranquilidad, serenidad, naturalidad, dicho sin dogmatismo, con iconoclasta visión de futuro, ya consumido.

A falta de pan buenas son tortas. Provecta vejez asumida como la mejor etapa de la vida, en que la única preocupación que nos queda, es que los nuestros la pasen bien, lo demás es secundario.

Envejecimiento que cual eficaz ‘argumentum lachrimarum’-, escuetamente acepto, tal como Borges lo hizo con la ceguera, sin llorar, sin tristeza -excúsenme la irreverencia-, por el contrario, la agradeció como si fuera un don de Dios. Oscuridad sin la cual -tal vez- no hubiera sido posible que escribiera las  inmortales,  épicas páginas que nos ha dado paladear.

Del “Poema de los dones”, entresaco -a propósito- estos versos:

“Nadie rebaje a lágrima o reproche / esta declaración de la maestría / de Dios, que con magnífica ironía / me dio a la vez los libros y la noche. …De esta ciudad de libros hizo dueños / a unos ojos sin luz, que sólo pueden / leer en las bibliotecas de los sueños / los insensatos párrafos que ceden”

“¿Cuál de los dos escribe este poema / de un yo plural y de una sola sombra? / ¿Qué importa la palabra que me nombra / si es indiviso y uno el anatema? / Groussac o Borges, miro este querido / mundo que se deforma y que se apaga / en una pálida ceniza vaga / que se parece al sueño y al olvido.”  CONTINÚA

Bogotá, D.C., diciembre 15 de 2021

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mario arias gómez
Abogado, periodista y escritor


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