¡Pensilvania! tierra de promisión (Primera parte)

Pensilvania
Pensilvania, Caldas

 
mario arias gómez
E

 

ste exhausto correcaminos se escabulle entusiasmado del hierático albergue de eremita, rumbo al bucólico nido donde transcurrió su infancia, de huida del angustioso bochinche -social y político- transpuesto en enfurecido, exacerbado, ruinoso, turbulento sunami que devasta al país, causa del afán, angustia, comezón, desasosiego que abrasan, y que busco mitigar con una dosis de descanso, tranquilidad, nuevo respiro presentes en la altiva, señorial, siempre amada ¡Pensilvania!,  remanso de paz, cuya magia y encanto -especiales-, son cura para las punzantes miserias humanas.
Cosmopolita pueblito -en el sentido entrañable del término- regalo de Dios, heredado de los Pantágoras, de belleza inagotable, donde todos nos conocemos, somos amigos, sin importar edad, procedencia, condición social. ‘Perla del Oriente caldense’, que tantas lecciones de grandeza le ha aportado a Colombia. Su aura, es una especie de soplo divino, que como por encanto cubre a raizales como a los maravillados visitantes, que llegan (mos) a recargar el espíritu de alegría, fe,  esperanza, optimismo, para regusto del alma, excitados por las endémicas vivencias comarcanas; historias que inalterables se conservan gravadas -con tinta indeleble- en la memoria de los coterráneos, demudadas en el valioso, inigualable mundo de los recuerdos -con tufillo a naftalina-, atados a los ancestros, ampliados en el andareguear -sin rumbo- por el heterogéneo cosmos de los vivos, que es ancho y ajeno.
Manera de rebobinar la película llamada ¡VIDA! -que sólo es una-, de revisitar el sandunguero pasado iluminado por el presente, esencia ineluctable de lo que cada quien es, espléndida ocasión -acaso- para un aliento supletorio a hechos, -antes que se desvanezcan- que en su momento no tuvieron el eco, brillo, significado, trascendencia, pero que de todos modos malearon, influenciaron -impajaritablemente- el ADN,  transmitido por nuestros antepasados, influido -por supuesto- por el entorno, vecindario -único, bueno, amistoso, amable, sencillo, decente- ambiente enmarcado en viejas casonas, la iglesia, el colegio ‘San José´.
Paradisíaco, fascinante, infinito caleidoscopio paisajístico, eternizado por el ojo visor del hidalgo, memorable Bernardo Gutiérrez -mi primer maestro-, amarillentas fotos exhibidas en la ¡Casa de la Cultura! Símbolos esotéricos que nos forjaron, desasnaron, donde comenzó el futuro intrascendente que me esfuerzo aún en honrar, como caliginoso homenaje a los Hermanos de La Salle, guías -espirituales, académicos- que abrieron y desbrozaron caminos a un sinnúmero de generaciones.
Afables momentos vividos en tan generoso alero protector, incluidos los arduos -pero apasionantes- golpes de la vida, que con suaves toques en el alma, nos formaron, ayudaron a crecer. Inexpugnables escenarios compartidos con imperecederos, inolvidables, inteligentes, promisorios condiscípulos que -con la sola excepción del suscrito- fueron seres excepcionales, de lujo, insuperables, a los que va un fraterno abrazo.
Cumplo con uno de los delirantes deberes de viejo; Hurgar, compartir, saborear remembranzas de intensa dicha, acaecidas en la armoniosa, bucólica e idílica campiña de la reputada ¡Pensilvania!, de cielo infinito, de noches bañadas de estrellas. Pedazo de tierra en donde despertamos. Recordaciones que atropellan el cerebro; máxime que allí se quedó -para siempre- el demoledor hechizo de la primera ‘traga’, el primitivo, primer tierno beso que encendió la pasión de mi púber corazón.
Inéditas joyas de embeleso, que pasaron silenciosas como sombras; igual que los colados soles mañaneros entre árboles, hendijas, postigos de las casonas que el hacha del modernismo destruyó, con sus románticos balcones, corredores de chambranas, decorados con florecidos jardines, exhibidos en poncheras, tarros ‘Noel’, bacenillas viejas. Y qué decir del olor a tierra mojada; la persistente fragancia del azahar de los naranjos, el dulce olor de las moliendas esparcido por doquier por ráfagas de aire de verano, en invierno por la lluvia; como el aroma de café, recién molido; el rumor de viento fresco; la cacofonía del goteo del agua, el gorjeo de los pájaros, evocación que como diría la sempiterna, Amparito Grisales, ‘eriza’.
Placentero universo de las vitandas cosas que, como practicante de la mágica religión de la nostalgia -amable descripción al revés, que retrocede el filme-, y que el tráfago de la vida moderna detuvo.  Somnoliento bostezo de edénica añoranza. Cosmogonía arquitecta de mi destino -escrita en clave de melancolía- que me retornan milagrosamente al principio de todo, la infancia, junto a la exuberante flora y fauna, verdes montañas, tormentosos ríos, cañones, aguas cristalinas, costumbres.
El bienandar del solariego terruño se debía a los prehistóricos: arrendador; herrero; sastre; talabartero, zapatero; enjalmador; comadrona; sobador; afilador de cuchillos; calígrafo; escribidor de cartas amorosas; serenatero, los que junto a la honradez, lealtad, verdad, virginidad, las vi desaparecer -con los ojos aguados- con el acumulado saber de sus manos para jamás volver.
Decía García Márquez: ‘Olvidar es fácil para quien tiene memoria, pero muy difícil para quien tiene corazón’.
Continúa mañana,
Bogotá, D. C. diciembre 18 de 2019
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