¡Qué duda cabe!

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No contento el impresentable, neófito engañabobos; inédito espantajo que sin formación, talante, votos, experiencia, más que como gris, segundón burócrata del BID, le bastó -sin embargo- como hándicap para colarse a la Presidencia.

Proceso cuestionado por la presunta compraventa de votos (engavetada) encomendada al negado, entrañable ‘Ñeñe’ Hernández; hecho que desnudó su ilegitimidad -hasta que no se demuestre lo contrario-.

Protocolar títere, falto de fuste; esposado al aburrido, prepotente mentor que, tras bambalinas, gobierna al abstruso, inepto, ridículo comodín -multiuso-; teledirigido bicéfalo robot, atado al oxímoron que metafórica, integralmente confluye al entramado totalitario, ajustado al libreto, fríamente diseñado por su titiritero, a medida del alienado, cantinflesco, incapaz, manualito, mediocre, servil, sonámbulo hazmerreir, provisorio, circunstancial inquilino de la deshonrada Casa de Nari, por los voceros de ‘don Berna’ que, ingresaban subrepticiamente por el sótano, como asociados de la operación chuzada contra la CSJ.

Costoso empeño -institucionalmente hablando- retomado por Jaimes, subalterno del fiscal Barbosa, que le enmendó la plana a la Corte en favor del inspirador-prontuariado que sigue siendo el mismo.

Cohabitación que apunta hacia el mismo objetivo: perpetuarse en el poder, puesto al servicio de corifeos, ganapanes; escoria que según INVAMER, la desaprueba el 67 % de colombianos (73 % en Bogotá), reflejo de la indignación, rechazo que movilizan las heterogéneas protestas, hartas del desgobierno que tiene patas arriba al país, vuelto una hoguera. Masas que reclaman el cambio de política, obedientemente ejecutada -con tapaojos- por el improvisado mandadero.

Irreparable daño camuflado -arma favorita para confundir las iletradas, irredentas masas-, con el utópico paraíso alcanzado por la anodina, incongruente, inorgánica gestión, del degradado subpresidente, autocalificada -en su desvarío-, de excepcional, extraordinaria, insuperable, paradigma de estabilidad, seguridad jurídica, gracias al erigido paladín del buen gobierno, sin par en Latinoamérica.

Entelequia apuntalada con una grosera, insulsa, insufrible, sofocante, temeraria palabrería, en la inaugural, mediática ronda -con paso de guerrero napoleónico- por los ayayeros, venales medios, de la cuenta regresiva de su interminable, espurio mandato, aprovechado para descargarse contra las calificadoras de riesgos crediticios, que aguaron, desmintieron su fantasiosa, exitosa conclusión, replicadas de torpes por analizar al país con criterio ‘prepandémico’; confuso, enigmático galimatías del economista -‘cum laude’-, graduado con el empobrecimiento de los 52 millones de compatriotas, desconcertados ante tanta incertidumbre, desvergüenza.

Hay que estar loco -de remate- para cometer el desatino de encubrir el descalabro, con una embustera redención de la quebrada ‘patria boba’ heredada de Santos -al decir del desabrochado, inculto cipayo de las ‘jugaditas’-, refutada -en el colmo de la insolencia, desfachatez-, arremetiendo contra las calificadoras, instándolas a pedir -prosternadas- perdón por el descache.

Despropósito a la que le cayó una avalancha de críticas, semejantes a las provocadas al confrontar las masacres de su desgobierno, con los 8 años del antecesor, callando -como una ostra- los sangrientos períodos del innombrable, en que la JEP reconoció -provisionalmente- 6.402 casos de ‘falsos positivos’, faltando datos de otros municipios.

El 22 agosto/2020, Duque hipócritamente trinó: “Nos duelen los muertos que deja la violencia producto de narcotráfico y terrorismo”. Entre 2010-2018, el país padeció 189 homicidios. Entre 2019-2020, reconoce 34. Falso: Fueron 46 masacres, 185 muertos, no 85, según el Centro de Investigaciones, superadas -con creces- en el 2020, a las de cualquier año del período Santos.

La ONU registró 11 matanzas en 2017; 29 en 2018; 36 en 2020, demostración de la manipulación estadística de las maquilladas aserciones presidenciales, en que asesinaron 310 líderes sociales y defensores de DH; 64 firmantes del Acuerdo de Paz, excombatientes. 12 familiares relacionados con ellos.

En total 1.212 líderes sociales asesinados desde la firma de los acuerdos. En los nefastos 227 días transcurridos del 2021, son 61 masacres, con 223 asesinatos, un 40 % más comparado con el 2020. Los civiles muertos durante el paro nacional suman 87.

Infames guarismos que penden -cual baldón- sobre el chisgarabís Gobierno, que tiene bien ganado el mote de genocida, endilgado por acreditados, confiables organismos internacionales, defensores del DH -que no opositores-, como Human Rights.

Tragedia igualmente padecida por las familias de los defensores de DH, líderes indígenas, comunitarios, activistas sociales, ambientalistas, campesinos, desmovilizados, opositores, desaparecidos, extorsionados, secuestrados, torturados. Crecientes crímenes de lesa humanidad dados, ante el importaculismo, impavidez del cuadrapléjico, desconectado, enajenado mandatario, que solo engendra: asesinatos, dolor, huérfanos, lágrimas, viudas, corrupción, aniquilación, especialmente de la ninguneada clase media, hundida en una espiral de miseria; yunque del primitivo Gobierno -proclive a la sumisión al gerifalte del Ubérrimo- en mora de transmutarse en martillo.

Respuesta a la colosal indignación, explosión social, reflejadas en las expresivas, imparables protestas de quienes se debaten -en medio de una gravísima, impensada, caótica crisis económica, sanitaria-, antesala de la latente profiláctica, saludable exigencia de la imperativa renuncia, impulsada por los emputecidos, valerosos jóvenes de la ‘primera línea’, en quienes están puestas todas las esperanzas.

Bogotá, D.C., 15 de agosto de 2021

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mario arias gómez
Abogado, periodista y escritor


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