¿Qué es la paz?


 
La paz es la convivencia de todos en espacios geográficos reducidos.

Con motivo de unas breves vacaciones con mi familia en Medellín y con el ánimo de escudriñar sus entrañas y entornos, reservamos mesa para almorzar en el restaurante del Hotel Piedras Blancas, ubicado a unas cuantas estaciones del Metro, partiendo de El Poblado hasta Acevedo, luego subiendo por dos líneas del Metrocable y finalmente recorriendo cuatro kilómetros hacia el campo en la tradicional“ chiva”.

En ese trayecto que no pasa de veinte kilómetros conviven todas las clases sociales: los ricos, los menos ricos, los pobres, los más pobres y los campesinos.

Todos se funden en un sólo espacio. En el tumulto de Acevedo no se puede determinar quién pertenece a cada clase social, salvo los extranjeros que saltan a la vista.

El Metrocable es el panorámico desde el cual se aprecia lo que el colombiano que no vive esa experiencia jamás podrá observar. Las comunas, que abrigan miles y miles de personas que a lo mejor no han tenido oportunidad alguna de parte del Estado para hacer relumbrar sus capacidades, su espíritu o su genialidad.

En ellas, el mundo es diferente. Hablando con John Jairo, un psicólogo que ha trabajado en la comuna trece rehabilitando y resocializando jóvenes que han dejado las armas en renuncia a los grupos guerrilleros, paramilitares y de delincuencia común, cuenta cómo un joven de la más alta estirpe puede caer en la drogadicción o el alcoholismo y terminar en una “olla” sin salida, por una decepción, por sentimiento de falta de cariño y de aprecio de sus padres o como le sucedió a su hermano mayor, por una frustración ante una lesión cuando estaba en las inferiores de Santafecito en Bogotá.

Con los ojos acuosos, pero con la tenacidad de un altruista entregado a las causas del habitante de la calle, nos relató la estrategia que implementó para ayudar a su hermano hoy rehabilitado.

El sentido del hombre que descubre que es sujeto de derechos. A la salud, a la educación, al trabajo, a la seguridad social, a la recreación, a la satisfacción de un mínimo vital para sus hijos. Un catálogo que está en nuestra Constitución pero que pocos conocen.

Una noche de locura, encontró un ángel disfrazado de anciana, quien lo condujo con una puñalada en el corazón hasta el centro médico más cercano. Ya en el hospital, recobrada su conciencia, sin la presencia de su ángel, se percató que su hermano a pulmón partido, hacía valer sus derechos a una atención en salud integral como afiliado al Sisben.

Cuando ya entró al mundo de los propietarios o poseedores con la ayuda del psicólogo, de una casita construida con tablas de madera, de una cama hecha con tubos, de un closet de mimbre y un radio en el que oía cómo iba el Santa Fe de su pasión, se convirtió en el profesor de matemáticas y de filosofía de los niños de su cuadra. Comprendió que podía salir de esa vida. Y salió.

Llegamos a la cima donde fuimos recibidos con alborozo por los campesinos que vendían las deliciosas fresas con uchuvas y leche condensada, nos recogió la “chiva” que nos transportó hasta el restaurante del Hotel. Una mesa adornada de bombas y serpentina nos esperaba.

Si en el pequeño espacio en el que merodeamos ese día podemos convivir unos y otros, sin importar la suerte que nos correspondió para estar en una posición u otra, ¿por qué no podemos compartir un país diverso y rico en recursos como el agua, el café, las fresas y las uchuvas, o con espíritus como el del psicólogo que salvó a su hermano.

Por Germán Calderón España
Abogado Constitucionalista
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