Terrorismo post Centro Andino

Si hay en la Colombia del post acuerdo algo más preocupante que la incertidumbre generada por un acto terrorista de autor desconocido en un Centro Comercial es el afán protagónico de los oportunismos que subsisten agazapados aún para intentar sacarle provecho al peor atentado criminal. Esa forma de reaccionar visceral y calenturienta que se ha apoderado de los líderes de las extremas y que se ha enseñoreado en las redes sociales lo único que logra es atizar el fuego y construir muros de contención para que no fluya el análisis o la razón sino para que se estanque el pensamiento en la ceguera cognitiva y en las más básicas y primitivas emociones.

Una bomba explosiva en un lugar de concurrencia pública es de elemental modus operandi para quien quiere generar pánico colectivo o temor generalizado, que son las pretensiones primarias de cualquier acción terrorista. Un acto criminal indiscriminado y aleve de este calibre debería como mínimo haber concitado la cordura y la reflexión inspiradas en la más profunda ética de lo humano, amén de la solidaridad con las víctimas y el total repudio a sus autores, pero esto obligaría necesariamente a asumir con humildad una causa común contra la barbarie y en defensa de la vida como un bien sagrado. Exigiría una estatura de nobleza muy escasa en la Colombia polarizada.

Al contrario, el alma terrorista que surgió en algunos culiprontos de las redes sociales y en uno que otro maniflojo de los trinos dejaron ver que la Colombia herida por los acuerdos de paz y los desacuerdos entre sus líderes está más preparada para echarle sal a la herida que para enfrentar a los verdaderos enemigos de la paz. Que falta de grandeza de los grandes líderes que pretenden encontrar culpable a un presidente que equivocado o no se la ha jugado por un proceso de paz con la guerrilla más antigua del mundo y que mal que bien viene logrando su desmovilización. Que pobreza conceptual la de algunos pretendidos pacifistas defensores de los acuerdos que esperan ansiosos como caimán en boca de caño cualquier suceso para endilgarle la autoría intelectual al expresidente Alvaro Uribe.

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Más allá de las opiniones en contra del acuerdo por la impunidad que implica este tipo de pactos o por encima de que a muchos les parezcan acuerdos demasiado laxos con una delincuencia política degradada en los últimos tiempos hasta confundirse con la delincuencia común, no tiene sentido que los líderes de la oposición al acuerdo de paz caigan en la ramplonería y la bajeza de buscar el ahogado aguas arriba cuando se trata de un acto cobarde contra la sociedad civil por parte de, quienes quiera que sean, unos antisociales asesinos y cobardes cuyo accionar jamás sería justificable políticamente por cruel, desalmado y demencial.

Cómo hubieran quedado de bien los opositores al gobierno y al proceso de paz del presidente Juan Manuel Santos sí por contra hubieran hecho una tregua verbal a propósito de ese acto criminal que afecta a todo Colombia sin distingos de posición ideológica o política. Cuánta taquilla habrían ganado si deponen el paracaidismo y sobreponen el sentir ciudadano a su cortoplacismo político. Qué listón ético hubieran puesto los amigos de los acuerdos si no se van en busca de caerle encima a como de lugar a la oposición uribista y hubieran llamado a cerrar filas contra el terrorismo viniere de donde viniere. Siempre será válido que existan posiciones contrarias a las medidas de un gobierno o a las posturas de una oposición, pero nunca será de buen recibo que se caiga en lo rastrero como para aprovechar la tragedia y la desgracia humana con el fin de buscar réditos políticos.

Y es que ésta actitud mezquina no sólo se hizo presente en la oposición furibista al gobierno. Con lujo de emulación perversa apareció incluso en periodistas y militantes de izquierda que pretenden hacerse célebres tratando de ganarse el puesto de sparring de Uribe, los cuales ni cortos ni perezosos intentaron culpar al expresidente o a los hinchas uribistas. Que enanos quedan los defensores de los acuerdos de paz que utilizan métodos sectarios y recurren a las falacias silogísticas para armar su discurso de infantilismo izquierdista en el que no logran esconder su extremismo y su poca vocación para construir democracia.

El atentado en el Centro Andino es tan macabro como el atentado a la inteligencia de los colombianos por parte de aquellos dirigentes o supuestos formadores de opinión que a falta de argumentos convincentes y a sobra de posturas efervescentes intentan manipular la opinión pública a partir de estimular los bajos instintos, de aprovechar malvadamente la ignorancia o recurrir maniobreramente a la desinformación. Este terrorismo ideológico no tiene nada que envidiarle en bellaquería al terrorismo operativo de quienes manipulan los artefactos explosivos para acabar con vidas de inocentes.

Por Fernando de Jesús Álvarez Corredor

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