¡Un Bobo Vivo!

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“En esta vida hay que hacer tres cosas: escribir un libro, plantar un árbol y tener un hijo”, premisa atribuida al poeta cubano, José Martí, que en mi caso culmino con el ¡Bobo Vivo! Comprimida sinopsis autobiográfica, a semejanza del texto: ‘Confieso que he vivido’, de Pablo Neruda (Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto), que recoge sus memorias y rica experiencia vital, obvio -en mi caso- sin la majestad, potencia verbal del incomparable bardo chileno.

Añoso peregrinaje de más de medio siglo, por el apabullante, asfixiante, enrarecido, traidor mundo político, cuyo acumulado recuerdo, anidado en la amada, predilecta ‘mariposa verde’ -otrora departamento modelo de Colombia-; experiencia que desnudaré, desmenuzaré morbosamente -por entregas-, antes que el escalofriante, inhabilitante, temido alzhéimer, haga sus estragos, como parece ocurrirle al coprotagonista de este relato fidedigno, que aparenta o finge haberlo olvidado.

Genuino repaso que alude a hacinados, tozudos hechos, entretejidos a habituales, rutinarias mañas, soporte de la farsa gestada por el actor principal de este recuento que con absoluta libertad refiero, francamente, llamando las cosas por su nombre, raso a lo que es raso, negro a lo negro. Trajinar atado con lazos de una entrañable, ingenua amistad que creímos inextinguible, irrompible, sincera, y que mirada hoy en abstracto, desprevenidamente, con una dimensión crítica, sarcástica -quizás-, sorprendido confieso cómo se resquebrajó, marchitó abrupta, impensada, inexorablemente.

Trepidante quehacer imbricado al rústico papel que por azar me correspondió desempeñar paralela, simultáneamente, con denuedo, sin cálculo, por idealismo, fe en la causa del amnésico, gélido, infraterno artífice de la indescriptible, triste decepción, desazón, hoguera en que me consumo.

Papelón que -para contraste- mantiene vigente al favorecido con el incondicional, inútil empeño del abandonado, desabrigado compañero que irremediable, irreversiblemente declina en silencio, en medio de patéticos sentimientos encontrados.

Nostálgico, acosado por los años, la lúgubre miseria; rumia añoranzas que carcomen, oprimen, taladran su desilusionado, dolido corazón, viendo cómo el idealizado, desentendido, incomunicado parcero de ayer, fue cambiado por cuestionados, desvencijados, analfabetas funcionales, como los ominosos calandrajos: Carlos Holguín, Efraín Cepeda, Hernán Andrade.

Atragantados, impúdicos felones, de los que el país no se librará fácilmente, importándoles un carajo el sufrimiento de los compatriotas. Portaestandartes de los mercaderes del templo, confabulados con el prontuariado, inmisericorde, rencoroso, vengativo innombrable -que como el virus chino muta, mutará- con el que dolosamente feriaron la vetusta doctrina, principios y restos del pisoteado, pulverizado conservatismo -más muerto que nunca-, a cambio de minucias burocráticas.

¡Bellacos, Renegados!, versiones de “El Gran Hermano”, de George Orwell, cuya inconducta funcional trocó al Partido en apéndice inseparable del inepto, inoperante, leonino Gobierno. Enigmáticos, omnipresentes buhoneros, a años luz de la acrisolada, cimera, densa, emblemática, excelsa, incorruptible, pragmática, rigurosa, sabia dirigencia de antaño, orlada de méritos que engalanaron al Partido, cuya recordación transpira majestad, a quienes con el excepcional, caballeroso, coherente Augusto Trejos, echamos de menos, extrañamos verazmente.

Pero, qué más podía esperarse de la codiciosa, embrujada, enmermelada, genuflexa, hipócrita, parasitaria, secuestrada, vergonzante bancada de ayayeros, engrasada por el fantasmagórico ejecutivo, con el maloliente detritus, gestor de la tragedia nacional.

Su protocolar jefe, parapetado en una burda, inadmisible excusa, oficiosamente, saltándose a la garrocha los estatutos, legitimó a estos menospreciables zascandiles, como representantes de las bases del agonizante partido, prohijando, tácitamente, que el Directorio -colegiado con el período vencido- fraguara vía el hatajo la candidatura del inefable, infantil David Barguil -comodín con dientes de leche-, cerrando -sin abrir el juego democrático- la puerta a Juan Carlos Echeverry y Mauricio Cárdenas, entre otros, justificado -sotto voce- en que estas polichinelas -con múltiples vergüenzas por esconder- no le obedecen.

Última gota del cáliz que le faltaba por apurar al conservatismo, y que la historiografía condenará indubitablemente. “Mira cómo estamos Pedro y tú cortando orejas”. Recriminación que hago desde mi modesta condición de voz que clama en el desierto.

Aprendí de niño que hallar un amigo era uno de los más preciados tesoros, difícil de encontrar como un trébol de cuatro hojas, que nos acepta, respeta tal cual somos, sin juzgarnos, no como quisiera que fuéramos. Descubrí -pasado el tiempo- quienes vinieron para quedarse por siempre, mereciendo la amistad brindada -la forma más dulce del amor-, a quienes quiero conservar hasta el último suspiro, latido del corazón.

Nobles camaradas que sobran dedos para relacionarlos, que adquieren cada día mayor valor, relevancia, significación; visión enaltecida, encumbrada por Rudyard Kipling, en el poema ‘El milésimo hombre’; polifónica alabanza, exaltación, reconocimiento al amigo que fraternalmente nos acompaña, incluso, si el resto del mundo se pone en contra.

Bogotá, D.C., 7 de noviembre de 2021

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mario arias gómez
Abogado, periodista y escritor


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