¿Cuántos niños abusados necesita Colombia para instaurar la pena de muerte?

Foto: epmundo.com

 

Por Juan Mario Sánchez Cuervo.

Hace poco más de un año publiqué en este mismo medio un artículo titulado Una utopía llamada pena de muerte para los violadores.  Dicho texto en forma vehemente, pero sustentada pedía abrir la discusión sobre la pena capital para un crimen atroz que en vez decrecer viene aumentado en nuestro país.  Si lo duda, apreciado lector de esta columna, siga las noticias en la televisión, en la radio, en la Internet.  Lamentablemente mi voz no tuvo eco y la cosa por lo visto será igual; en cambio, la indiferencia frente a ese tema es pasmosa: como quien dice a nadie le importa mientras no se metan con sus hijos o allegados.  Que yo sepa nadie ha liderado marchas o protestas en serie y en serio para clamar justicia en nombre de los inocentes.  No existe un doliente desde las altas esferas del Gobierno para atacar esta ignominia innombrable.  En este sentido, el silencio cómplice es la constante, la pasividad la regla de juego y la indiferencia nuestra condena.  Por el momento de algo estoy seguro: si esta clase de depravaciones monstruosas sucedieran en una sociedad más consciente, justa y civilizada el pueblo se haría sentir, todos los estamentos del Estado se comprometerían y aunarían  esfuerzos al lado de una multitud innumerable de voces para erradicar el peor de los crímenes.

Ante la expresión rotunda pena de muerte, la gente se rasga las vestiduras.  Es obvio que en un Estado que destila corrupción por todos los poros, la pena capital sería quizás empleada para la cacería de brujas y para los denominados falsos positivos.  Colombia no está madura para ese tema, y falta mucho para que eso suceda; pero al menos abramos la discusión, de pronto las autoridades toman medidas más drásticas para castigar a los violadores e infanticidas, y quizás nos concedan la consolación de la cadena perpetua para esos psicópatas sin remedio.

Me he tomado el trabajo de preguntarles a muchos padres de familia que opinan de la pena de muerte, y como es obvio pegan el grito en el cielo, pues según ellos va en contravía de sus principios cristianos.  Entonces, tomo el toro por los cachos y les planteo la misma pregunta en otro contexto: ¿y si un hijuetantas de ésos le hace, Dios no lo permita, a tu bebé muy amada el daño supremo, el crimen más horrendo, y de paso les genera a ustedes el máximo dolor imaginable? En cuyo caso la respuesta es contundente e inmediata: “le corto los genitales, se los meto en la boca, se los hago tragar y luego lo pico”.  Señoras y señores, ahí está pintada nuestra doble moral: que a los demás les suceda esa clase de desgracias… vaya y venga, pero que me pasé a mí es otro cantar.  Definitivamente la falta de solidaridad, de consciencia, de empatía, de consideración por el dolor y sufrimiento de los demás  es lo que nos tiene como estamos y lo que nos lleva al abismo.  En cambio, yo pienso que todos los niños son nuestros niños, y las lágrimas e injusticias que padecen los demás son también mis lágrimas, nuestras lágrimas.

Colombia es un país enfermo, asesino… en estos precisos momentos en que ustedes leen esta nota algún inocente está siendo abusado: sí, porque aquí las cifras de abusos y crímenes las maquillan, pues la realidad es un desastre: seguimos siendo un país de entrañas oscuras y retorcidas, de sicópatas.  Hay que despertar: ayer fue Hans Tafur, anteayer Génesis, más atrás Yuliana Samboní, y un inmenso etcétera a causa de  Luis Alfredo Garavito y sus abominables homólogos. Hoy fue, según las últimas noticias… póngale el nombre de bebé que usted quiera, y mañana podría ser un niño o mujer cercana a ustedes.  Pero claro, quizás usted no llora, no se conmueve, no se le estremecen las entrañas, porque nos habita la maldita indiferencia.

Hay un famoso poema de Bertolt Brecht que seguramente, tú, lector, habrás leído y que viene muy al caso, transcribiré aquí sólo un fragmento:

Primero se llevaron a los judíos, pero como yo no era judío, no me importó. Después se llevaron a los comunistas, pero como yo no era comunista, tampoco me importó. Luego se llevaron a los obreros, pero como yo no era obrero tampoco me importó […].  Ojo, que no vengan mañana por tus niños y que a causa de esa mezcla de conformismo y pasividad sea demasiado tarde.

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