El Corazón de los Niños Sirios, El Corazón de los Niños Franceses, El Corazón de Nuestros Niños


 
Kinan Masalmeh, un niño sirio refugiado de aproximadamente 12 años le dice a un periodista que le pregunta ¿cuál es su mensaje?: “Mi mensaje es: “por favor ayuden a los sirios” y continúa: “Los sirios necesitan ayuda ahora, ustedes solo detengan la guerra y nosotros no vendremos más a Europa. Sólo detengan la guerra en Siria. Sólo eso.”
 
Otro niño sirio de la misma edad, vendada su cabeza, dice: “Sacamos a mis hermanos, mis primos. 40 de ellos fueron muertos”, señalando con su dedo de la mano derecha hacia los escombros producidos por una bomba y con la voz lacónica que impresiona: “Mis abuelos murieron, aquí el misil cayó, justo en su casa”, “Que te puedo contar, cayó justo al lado de ellos, sacaron a mi abuelo en cuatro trozos, mi tía también murió, todavía no la hemos encontrado. Sólo quiero entender una cosa: ¿Por qué nos están bombardeando?”, se preguntó.
 
No es una película de ficción, es un video que me ha llegado a mi WahtsApp. Seguidamente muestra una escena donde un joven sirio de unos catorce años corre para auxiliar a una niña de menor edad que él. Cuando los francotiradores enemigos le disparan, se contorsiona, dobla las rodillas y se lanza al piso de qué manera, al punto que los agresores quedan convencidos que lo han dado de baja, pero en segundos se levanta, corre hasta donde la niña y la rescata de la parte posterior de un vehículo hecho añicos por una bomba, atravesando unos cuantos metros pudiéndose refugiar con su protegida. Ese gesto de valentía me deja perplejo y manifiesta sin vacilaciones lo que hay dentro del corazón de un niño sirio, sin importar si es shiíe, suniíe, cristiano o kurdo, algunas de las religiones a las que pertenecen los grupos en conflicto en Siria.
 
Y viene lo más doloroso y triste. El periodista le pregunta a un niño de entre 7 y 9 años sobre ¿qué pasó con él?, quien  con su pierna y brazo derecho amputados y vendados, contesta sollozando: “Dónde está el mundo?, ¿Dónde están los árabes?, ¡Me han dejado sin pierna y sin brazo. Nos han matado!, no nos han dejado beber ni dormir. Estábamos en un refugio. Hasta nos han bombardeado en los refugios. Y si vamos a nuestras casas nos alcanzan los cohetes.”
 
Aquí tengo que parar este escrito. Mi corazón no puede más, ¿por qué pasa esto?, ¿por qué?. Un dolor muy profundo inundó mi alma. ¿Por qué pasa esto?, ¿por qué?. No quiero ver más, no voy a ver más.
 
Unos segundos más adelante y en el intento de sobreponerme, recuerdo las voces de mis hijos cuando juegan alrededor del escritorio donde escribo… como si quisieran interrumpirme y lógicamente para llamar mi atención.
 
La fortuna de muchos que podemos contar con nuestros hijos en las mejores condiciones físicas y mentales, mientras estos niños sirios sufren incesantemente los ruidos de la guerra, sus efectos, sus dolores y tragedias.
 
En nuestro contexto interno sucede igual. Los niños campesinos que sufren porque quedan mutilados por una mina antipersona. Los niños y jóvenes soldados que son amputados por la bala del enemigo. Familias enteras desvertebradas, en algunos casos con un hijo en la guerrilla y otro en el ejército.
 
En ambos escenarios, sirios apoyados por Estados Unidos y Francia que gobiernan en contra de sus coterráneos porque no profesan su religión o porque según los que saben de geopolítica, están detrás del petróleo; franceses inocentes caídos en el más reciente atentado terrorista en París a manos fratricidas de sirios que no piensan sino en la venganza. Ciudadanos colombianos que no quieren la paz y se le oponen abiertamente, unos porque son simplemente de derecha, otros con una razón muy profunda, pues han sido objeto de la pérdida de un hijo, un padre o una madre a manos de los guerrilleros, o despojados de sus tierras. Otros que anhelamos la convivencia pacífica en forma universal.
 
Viendo un programa de investigación criminal en el que una aparente exitosa policía campea por Los Ángeles, California, después de 25 años de ser autora de un crimen que fue descubierto por una prueba de ADN aducida por un investigador diligente, éste lanza una frase que nos acerca a todos: “La línea que divide lo bueno de lo malo en el ser humano, está en su corazón”.
 
Ese corazón que tienen los niños sirios, de una y de otra facción; como el corazón que tienen los niños campesinos, los niños hijos de los guerrilleros, los niños de los soldados, los niños nuestros. 

Es el corazón que nos hace falta suavizar en beneficio de todos para que ni los hijos de unos, ni los hijos de otros sufran los estragos de las guerras.

German calderon

Por Germán Calderón España
Abogado Constitucionalista

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