Giacomo Meyerbeer: El olvidado

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Por David Alejandro Rosenthal.

Toda su fama la tuvo en vida, como cuando París enalteció su opera: Robert le diable, Le Prophéte o Les Huguenotes. Un joven alemán, desconocido en ese entonces que intentaba insertarse en el inmenso mundo de la ópera y se dedicaba a escribir reseñas, Richard Wagner, así es, el compositor de la danza de las Valkirias, elogió el trabajo de Meyerbeer a quien luego atacaría con un feroz antisemitismo. Meyerbeer fue comparado con Mozart y con Beethoven. Meyerbeer fue grande en su época a diferencia de Van Gogh, Poe o Kafka. Es así que el nacido como Jakob Liebemann Beer, hijo de un financista judío de la antigua Alemania, es decir Prusia. En la ciudad de Tasdorf en el seno de la alta burguesía y con esta de sus grandiosos privilegios en una época de arte. Su familia era cercana a las demás familias de la alta burguesía prusiana, entre estos, los hermanos von Humboldt.

Meyerbeer ayudó de manera vital al propio Wagner, descubrió a Johann Sebastian Bach, a quien la familia Wittgenstein financió en su palacio de Viena, entre otros grandes también. Meyerbeer creo su apellido, como su nombre, Meyer como su abuelo y Beer el apellido de su padre. Tocó piano a los 9 años, fue un prodigo como los verdaderos genios. Tuvo como profesor de piano a Clementi y luego fue influenciado por el estilo de von Weber. Meyerbeer logró combinar el estilo cálido, sensitivo y romántico franco-italiano con la frialdad y perfección alemana. Le gusto el teatro quizá más que la música y nunca le abandonó cuando en sus óperas llenaba el escenario con impactantes escenas propias de toda una gran tragedia teatral.

(Giacomo Meyerbeer, Lithographie by Josef Kriehuber, 1847 | © Peter Geymayer/WikiCommons)

Como las grandes óperas, Meyerbeer se basó en hechos históricos y los utilizo como a musas en un mundo frio, y quizá la frialdad de aquel mundo fue la que sedujo a los artistas en crear y recrear la más pura esencia artística: el sentimiento y la pasión. Desde 1936 y hasta el fin del siglo XIX fue aclamado en toda Europa occidental, considerado no uno de los mejores, sino que el mejor compositor del siglo y nombrado director general de música en Berlín, un cargo de gran importancia para cualquier músico de la época, fue esto en 1842. Murió en 1864, finalizando una obra que hace parte del repertorio más exquisito de opera: La Africana, que narra sucesos ficticios del gran Vasco de Gama. Sin embargo Meyerbeer no la pudo ver, fue estrenada en 1965 en la opera de París. Meyerbeer quiso que se llamase Vasco de Gama, pero no importó el título, pues se estrenó simultáneamente en las capitales más importantes de aquel entonces, es decir, Londres, Nueva York, Madrid y Bolonia y finalmente en Barcelona.

No se conoce a Meyerbeer, por eso es el olvidado, pero aún su nombre rechina en los dientes de los amantes de la ópera, además su versión en italiano Mi batte mil cor de Oh, paradis, del acto cuarto de La Africana, es aun recordado por los grandes tenores que la han cantado y suscitan en quien le oye el sentimiento del paraíso que construyó Jakob Meyerbeer. Otro grandioso de la época compositor de óperas, también judío y alemán fue Jakob Félix Mendelssohn. Los dos atacados por Wagner de manera violenta, además se dice que Wagner se atrevió a pegarle una cachetada a Meyerbeer, quien fue inspiración para Wagner y estuvo antes. Wagner se aprovechó de su elogio a Meyerbeer cuando estreno Les Huguenotes y pidió apoyo a Meyeerber luego para presentar su primera ópera que fue un fracaso en París.

Wagner inspiró a un monstruo con su infantil antisemitismo, feroz pero infantil, pues era algo personal. Hitler utilizo no solo la obra de Wagner para inspirarse sino que además leyó un tratado antisemita dedicado a Meyerbeer de manera más discreta que a Mendelssohn. El judaísmo en la música, masacraba de manera atroz al pueblo judío no solo en aspectos musicales y culturales sino atacaba la religión y al pueblo como tal dejando abierta una cínica invitación de Wagner a que se convirtieran al cristianismo. Pero no dejaba de ser cínica y maquiavélica ya que Mendelssohn se había convertido al protestantismo, sin embargo para Wagner ellos dos, Meyerbeer y Mendelssohn no eran más que dos banqueros haciendo música.

Probablemente la razón por la cual no se logra conocer a Meyerbeer como debería es por el antisemitismo, aunque también como dijo Heinrich Heine, quien se ocuparía de administrar la fama que Meyerbeer había fraguado. Al parecer nadie se ocupó de darle mayor crédito del que se le dio en vida, más bien adaptaron su obra y le olvidaron, aunque es un misterio averiguar por qué se esfumó el nombre de quien fue considerado el mejor compositor de ópera del mundo. También como dijo el grandioso Heine, Meyerbeer era el hombre de su tiempo, no se equivocó, pues Jakob Meyerbeer se movía entre Berlín, París y Londres donde era aclamado. Era muy rico e influyente como famoso claro está.

La fama sin Meyerbeer no podía existir, su muerte fue el fin, lógicamente de si pero en estos casos, el nombre queda, solo que era el mismo quien lo nutría y mantenía, pues si alguien se encontraba en desacuerdo con su música iba el mismo a explicarle y a convertirlo, pero no de religión como deseaba Wagner, sino a convertir sus sentidos y a hacerles entender que no podrían despreciar la perfección de su obra. Y quizá Wagner no se equivocaba al compararlo con un banquero que hacia música, es evidente que tuvo toda la habilidad que Nathan de Rothschild cuando logró convertirse en el accionista mayoritario del Banco Central de Londres, así como Meyerbeer fue el mayor éxito comercial de la época.

Siempre invitaba a sus críticos a cenar antes de estrenar una obra a los mejores hoteles de parís y lograba convencerlos de lo que discrepaban. El caso es que ninguno de los críticos se abstenía de aceptar la invitación que iba incluida de los mejores vinos y de las mejores comidas que el mundo hubiera visto hasta entonces. Con el poder de un príncipe Meyerbeer controlaba a sus críticos, atendía a sus fanáticos y estaba al tanto de todo lo que le ocupase. Si se hubiera dedicado a las finanzas de seguro su nombre se escucharía más fuerte. Incluso alcanzó a mantener a críticos avivados como a Florentino que extorsionaba a los artistas con tal de escribir criticas favorables. El italiano dejó una fuerte suma en el momento de su muerte, entre ella, la pensión que Meyerbeer le daba seguidamente.

Igualmente las piezas de Meyerbeer fueron obras de la época, logró conquistar a su época, sin embargo el antisemita de Wagner logro traspasar el tiempo muy probablemente por no limitarse a componer y a tocar, sino dedicándose a la política y siendo enaltecido por Nietzsche y por Hitler. Pero Meyerbeer disfrutó de su época y tuvo toda la gloria en vida, la riqueza y la fama que quizá no hubo otro que la hubiese gozado más que él. Heine le escribió a la madre de Meyerbeer que era la segunda mujer que veía a su hijo en vida como una “figura divina”, que más honor que este podría gozar un hombre.

Wagner le admiró y fue también permeado por el estilo, por la obra de Giacomo Meyerbeer, luego Verdi, también Gounod y Massenet. Nadie pudo imitar a Meyerbeer con éxito. Berlioz dijo que Meyerbeer no solo tenía la suerte de ser talentoso, sino también tenía el talento necesario para tener la suerte. Berlioz también dijo que ansiaba ser un gran hombre para poner la gloria y el genio que poseía a los pies de Meyerbeer. El gran Meyerbeer opacó tanto a los de su época con su inmensa fortuna, talento ecléctico, acaparó la prensa hasta la más baja y encantó a su público que luego de él, todos voltearon la espalda con la bandera de la envidia, el antisemitismo o la moda. Wagner dijo que era insuperable, que su estilo no podía adoptarlo y fue por otro camino. Pero Meyerbeer no fue odiado, por lo menos sin contar a Wagner, más bien la gente lo buscaba y eso que era retraído, además de solitario pero a su vez era generoso, agradable, financió jóvenes talentos como a Wagner y a Bach a quien descubrió además, mecenas fantástico. Wagner termino como mecenas y de un judío, Rubinstein que no le importó abandonar ni a su religión o pueblo con tal de ser acogido por el maestro alemán. Wagner intentó ser Meyerbeer, así como Nietzsche intento ser Wagner. Solo que Giacomo Meyerbeer se encargó de ser lo que quería.

Meyerbeer con les Huguenotes, rompió su época, Robert Schumann no lo aceptó, fue Meyerbeer un moderno, además por ser judío no tuvo ningún recato en reavivar la historia de los católicos franceses contra los protestantes, dejando una obra llena de riqueza emocional humana, romántica y dramática. Meyerbeer buscaba alinear los tabús de la época, representando el fuego, la ira, la pasión, la lujuria, romances no permitidos, actos que no cabían en las mentes de unja anticuada época. Lo magnífico es que a pesar de esto, si fue la época de Meyerbeer, si era la época para romper con la antigüedad, además él sabía que era lo que el público deseaba y lo peor que nunca podría pasar, era aburrir al mismo público.

Escribió un Wagner aún novato, indeciso y treintañero: “La pura y casta sangre de Alemania fluye en las venas de Meyerbeer. La maestría de Meyerbeer se manifiesta en su sorprendente circunspección y sangre fría con las que establecen el plan de sus obras y dispone de su construcción… Apenas puede concebirse como pueden desarrollarse estos planes de manera más elevada. Se siente como alcanza el punto culminante. Del mismo modo que el más grande de los genios se destrozaría a sí mismo si intentase no ya sobrepasar, sino incluso continuar la vía de la Novena de Beethoven, así resulta imposible para nosotros avanzar en la dirección en la que Meyerbeer nos conduce hasta que alcanzamos su último desarrollo”. (Meyerbeer, 2003)

Luego en 1944, con el grandísimo apoyo de Meyerbeer, Wagner pudo presentar su opera Rienzi, con estilo Meyerbeeriano y  fue él, quien personalmente se encargó de que se ejecutara la obra del joven compositor Richard Wagner y en agradecimiento luego escribió: “Sobre Meyerbeer y el lugar que ocupa en la música dramática” en el que afirmaba: “Estos rasgos virginales, púdicos, de una sensibilidad profunda son la poesía, el genio de Meyerbeer: ha sabido conservar una conciencia inmaculada, un amable conocimiento que resplandece en rayos pudorosos aún en medio de las más colosales producciones y hasta de las invenciones más refinadas, revelándose como el profundo manantial de donde surgen las ondas imponentes de este regio mar”. Años más tarde los comentarios se tornaron diferentes y Meyerbeer hubo de soportar insultos sin cuento. (Meyerbeer, 2003)

Es así que Giacomo Meyerbeer, quien estuvo a la par de los grandes, sucedió a Rossini y a Bellini y se riñó con Giuseppe Verdi. El judío alemán, precedente de una dinastía de Banqueros, comerciantes y rabinos, que conquistó a la aristocracia francesa con sus óperas, dejó con la boca abierta a quienes aún suspiraban con las obras de Beethoven, Mozart, Rossini, Schumann, Chopin y todos los otros que aún retumban las puertas de las grandes óperas. Pero fue Meyerbeer único, exquisito, generoso, grandioso y olvidado. Atacado y olvidado por la ignorancia de quienes no conocen su obra y figura, desvalorizado por las críticas venenosas de Schumann y Wagner, sin exceptuar al antisemitismo que destruyó posteriormente a todo un pueblo. Antes que sus atacantes, antes que Wagner y Verdi, creo una nueva forma de arte, la opera dramática y romántica, llena de pasión y realismo, fuerte y que si se volviese a escuchar como en la época, en aquel París, dejaría los oídos y los ojos de quienes la escucharan cargados del mensaje que Giacomo quería que no se olvidara: “La ópera va más allá de los sentidos, la ópera es el sentido”.

(Meyerbeer’s opera Robert le diable 1832 | © Anonymous print/WikiCommons)

1. Meyerbeer
2. The culture trip
3. Meyerbeer
4. Schonberg, Harold; los grandes compositores, “la vida de los músicos más importantes de nuestra historia”, Ma Non Troppo, Robín Book, 2007, Barcelona, España.

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