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El discreto adiós del profesor Solano

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Por Eduardo Padilla Hernández

La noticia llegó sin estruendo, como suelen llegar las cosas importantes en los pueblos. Por canales discretos, entre mensajes de condolencia y recuerdos compartidos en redes sociales, Cereté supo que había perdido al profesor Ciro Solano Portacio. No hubo titulares nacionales, ni comunicados de prensa, ni homenajes protocolarios. Solo el silencio respetuoso de una comunidad que reconoce, en la intimidad de su dolor, la partida de uno de los suyos.

En este país acostumbrado a medir el valor por la exposición mediática, la muerte del profesor Solano pasa casi desapercibida. No tenía cuenta de Twitter con miles de seguidores, no aparecía en los periódicos, no era invitado a paneles televisivos. Su escasa huella digital, sin embargo, no refleja la profundidad de su huella humana. Porque mientras el internet guarda poco de él, las calles de Cereté, las aulas de sus escuelas, la memoria de sus exalumnos, guardan todo.

Este contorno borroso de su figura pública me hace pensar en los cientos, miles de profesores que mueren cada año en Colombia sin que nadie, fuera de su círculo inmediato, se entere. Hombres y mujeres que fueron arquitectos de futuros ajenos, que pusieron ladrillo sobre ladrillo en la formación de generaciones enteras, y cuyo trabajo solo se hace visible cuando, como ahora, alguien nota su ausencia.

¿Qué nos dice esta muerte silenciosa sobre lo que valoramos como sociedad? Mientras celebramos con exageración a personajes efímeros de la farándula o la política, los verdaderos constructores de país desaparecen sin ceremonia. El profesor Solano era, sin duda, uno de ellos. En un municipio como Cereté, con sus realidades específicas y sus desafíos particulares, un buen profesor no solo enseña matemáticas o español. Es un referente de estabilidad en medio de la incertidumbre, un proveedor de herramientas para navegar un mundo complejo, un sembrador de preguntas en tierras donde a veces solo se cultivan respuestas inmediatas.

No sé los detalles de su vida. No sé cuántos años enseñó, qué materias impartía, qué métodos prefería. Pero las reacciones de quienes lo conocieron hablan de un respeto genuino, de una gratitud que trasciende el formalismo. Esa es la mejor biografía posible para un educador: la que escriben, sin coordinación previa, los que fueron sus estudiantes.

Su partida me deja con una pregunta incómoda: ¿estamos fallando, como sociedad, en documentar y celebrar estas vidas que tanto nos construyen? La memoria colectiva se está volviendo cada vez más digital, y en esa migración perdemos las historias de quienes, como el profesor Solano, trabajaron en la sombra. Su legado existe, pero corre el riesgo de volverse etéreo, intangible, dependiente del recuerdo frágil de quienes lo conocieron.

Quizás el mejor homenaje que podemos hacerle al profesor Solano, y a todos los profesores como él, es comenzar a prestar atención. A reconocer, en vida, el trabajo silencioso de los educadores que, lejos de los reflectores, están haciendo el trabajo más importante de todos: formar a los colombianos del mañana. Cereté hoy está de luto, pero también está mostrándonos, sin pretenderlo, el vacío que deja un buen maestro cuando se va. Un vacío que no se llena con discursos, sino con el compromiso de valorar, finalmente, lo que realmente importa.

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Eduardo Padilla Hernández
Eduardo Padilla Hernández

Abogado, Columnista y Presidente Asored Nacional de Veedurías


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