Por Sixto González
Decía Friedrich Nietzsche −el filoso alemán− que las sociedades caen cuando comienzan a invertir sus valores, cuando lo noble se vuelve despreciable y lo vil se reviste de dignidad. A ese proceso −esa corrupción silenciosa del espíritu público− lo llamó la transvaloración, que no es más que el instante en que un pueblo se entrega a la mentira porque la verdad se volvió, en algún momento de su historia, demasiado incómoda.
Colombia está cruzando hoy precisamente por ese umbral. La mal llamada Paz Total fue presentada, desde los albores de la campaña, con ese tono mesiánico propio de su autor, como la panacea para dirimir ese conflicto interno que nos ha agobiado por generaciones, pero que, al contrario, no ha sido más que el ejemplo supremo de la inversión moral: del criminal convertido en interlocutor, pasando por el violento al que incoherentemente llamaron aliado y retrotrayendo al narcotraficante como un actor político más, para culminar en la trágica epopeya de un Estado −ese que debía proteger a la República− reducido a su mínima dignidad y finalmente arrodillado ante quienes lo han desangrado y burlado en su buena fe por más de seis décadas.
Cuando Nietzsche advertía que «los ideales pueden ser el medio más eficaz para destruir un pueblo», hablaba precisamente de cómo los procesos políticos envueltos en un lenguaje moral pueden servir para ocultar que su verdadera esencia es profundamente destructiva. La gesta pacificadora es, entonces, ese ideal tóxico que disfraza la realidad mientras entrega progresivamente al país a un narco-proyecto político que avanza mientras el discurso sofista lo encubre.
Colombia llegó lastimosamente −o quizás afortunadamente− a la hora en que las máscaras se cayeron. Ese eslogan azucarado que lo vendieron como la redención, empieza a mostrar su verdadero rostro: la coronación del Narcoleviatán, esa criatura política más perversa que ha parido la izquierda radical latinoamericana.
Ese pacto oscuro, escrito con pólvora y firmado con el aliento ácido de los capos, no ha sido más que una transacción indecente donde el Estado ha entregado totalmente su alma a cambio de una estabilidad ficticia en donde los violentos pasaron de ser los enemigos, a ser socios, convirtiendo así la democracia en una mercancía más del mercado negro transnacional.
Ese diabólico discurso de fachada es entonces la arquitectura clandestina de un proyecto que ya conocemos demasiado bien en Latinoamérica. El mismo que convirtió a Venezuela en una república donde las instituciones son solo sombras, que sometió a Nicaragua al látigo de un matrimonio cleptócrata y que dejó a Cuba convertida en un museo al aire libre del más rotundo fracaso revolucionario.
El libreto en todos esos escenarios ha sido idéntico: usar la coca como gasolina ideológica, como un cofre de guerra y como el ADN de un nuevo poder que no se sostiene por votos, sino, por el miedo implantado por estos.
Bajo ese disfraz, el Estado en cabeza de su jefe constitucional ha negociado como si la soberanía fuera una finca hipotecada al rifar sus territorios al mejor postor y a su vez concediendo indulgencias y preparando la alfombra roja en la entrada del Palacio de Nariño para que pase −el próximo siete de agosto− uno vestido de traje elegante, con banda presidencial al pecho, llevando a cuestas el contubernio de esas mismas mafias que tanto han desangrado al país.
Mientras los burócratas de siempre −sin importar su bandera− repiten el mismo mantra vacío de la reconciliación envuelto en una moderación alcahueta, tibia y cínica, en paralelo los grupos armados celebran lo que jamás habían logrado en la historia reciente: recibir, de quienes estaban llamados a perseguirlos, una influencia política directa a su favor. A esto se suma la entrega de vastos territorios en toda la geografía nacional y la legitimidad que ahora exhiben a la vista de todos, amparados por la ceguera cómplice de las instituciones. Todo esto ha sido suscrito con tinta legal desde los escritorios donde debería defenderse a la República, y no rematarla como lo han hecho al mejor postor.
La capitulación del Estado frente a los violentos es la entrega calculada del país a una alianza putrefacta entre el narcotráfico y la revolución marxista que tanto gusta en los círculos enclosetados del Chicó y en los intelectualoides clubes capitalinos.
La coca, en este modelo de “paz”, no desaparece, muy al contrario, se vuelve estandarte y se convierte en el combustible de este nuevo orden, que no es más que la billetera ideológica con la que se financia la toma paulatina del poder que llevará a nuestro país ya no al aroma del café o las flores como estandarte nacional, sino, a su desaparición.
Caracol Televisión mostró, de manera clara, que la gesta pacificadora no era más que un caballo de Troya que plantaron −con el contubernio del Ejecutivo− en el corazón mismo de la institucionalidad. Y ya adentro solo se ven las huellas de las pantaneras embarradas, el humo de los fusiles aún calientes, y los discursos de redención que huelen a una dictadura en ciernes.
Colombia está siendo llevada, paso a paso, al precipicio donde cayeron otros pueblos hermanos. Y la diferencia entre ellos y nosotros es que aquí la evidencia está a plena luz del día, pero muchos prefieren cerrar los ojos antes que aceptar la magnitud del desastre. No nos equivoquemos, esta es la metamorfosis del preludio de un narco-Estado con discurso utópico progresista.
Es menester entonces de todos los colombianos de bien, decidir si quieren despertar de este letargo ahora, o en el momento exacto en que el monstruo −alimentado por la coca, la impunidad y el poder− hayan terminado de devorarse lo que queda aún de la República.
No estamos solamente frente a una política equivocada, sino ante un proyecto premeditado de desmontar al Estado, pieza por pieza, hasta dejarlo irreconocible y sometido a los mismos actores criminales que deberían ser en cambio perseguidos y derrotados.
La historia es implacable con las naciones que confunden la debilidad con la obtención de la conciliación. Si Colombia no recupera ese sentido de autoridad, de justicia y de extrema coherencia moral, terminará convertida en la sombra de sí misma: administrada por las mafias con un discurso revolucionario, incapaz de defender su propio territorio, su democracia y su futuro. Ha llegado la hora de entender que no existe un camino intermedio; que la única apuesta viable para el país es alinearse, sin titubeos y al unísono, con la EXTREMA COHERENCIA.









