Espíritu navideño (I)

mario arias gómez.

La novela: ¡Por quién doblan las campanas!, de Ernest Hemingway (1940), recoge sucesos relevantes de la guerra civil española; título que alegóricamente utilizo para añadirme a la verraquera de mis paisanos, con una zarrapastrosa bigotuda, Alicia Aldana, recientemente desempacada -en mala hora- en la amada ‘Pensilvania’; sabandija que so pretexto que el tañido de las campanas y del reloj de la iglesia la desvelan, requirió enmudecerlas, judicialmente.

Atávicos, icónicos, símbolos con los que hemos convivido, inmemorialmente, tradición que salvaguardaremos -con uñas y dientes-, ante el extravagante, inaudito, sorprendente desafuero de la desubicada en cuestión, en mora de ser declarada ‘persona no grata’, ‘extrañada’, por unánime, expresa voluntad de la población.

Desahogo -forzoso-, antes de saludar -con un nudo atravesado en la garganta- el inicio de la Navidad, el mes más seductor del año, que Caracol-radio anuncia desde noviembre, con la conmovedora, emocionante, enternecedora cuña; “De año nuevo y Navidad, Caracol por sus oyentes, formula votos fervientes de paz y prosperidad”, que complementa el apasionante cántico: “Llegó diciembre con su alegría mes de parranda y animación, en que se baila de noche y día y es solo juergas y diversión“.

Recordación que nos toca el alma; agita, arruga, ensancha el corazón -que vuelve a latir de prisa-, y la piel se eriza -como dice la prehistórica, Amparo Grisales-.

Añejo y fastuoso goce de niños, jóvenes y adultos que llevamos anclado en el corazón, junto a un pedazo de hogar unido a evocaciones remotas que nos regresan a lo infantil, lo tierno y  que cual mágico tónico, desatan, retrotraen los pródigos dones del amor, la calidez y la ternura del ayer, a valores presentes, anhelo, esperanzas futuras, ingredientes básicos -sin duda- de una verdadera, radiante Navidad, cuyos olores, colores y sabores, son los olores, colores y sabores de la infancia, que encienden el fuego del aprecio, devoción, hospitalidad, en que el mejor regalo es una sonrisa atada con una cinta de afecto.

Portentosa época en que los actuales días fríos se vuelven cálidos, en que no son sólo de regocijo sino de reflexión, que encarnan el espíritu de la inocencia; del apego en acción; de la bondad, de la generosidad y del perdonar; de dar lo que el dinero no puede comprar; de la alegría que hace bien, alivia a todos, “La Navidad -dice el Papa Francisco- es alegría, alegría religiosa, una alegría interna de luz y de paz”. Advenimiento que es y seguirá siendo, un día de reminiscencia, en que repasamos, ponderamos todo lo que antaño amamos, valoramos.

Las luces y los brillantes colores navideños -diagnostican los psicólogos-, aumentan los niveles de energía, predisponen el estado de ánimo para recrear los felices tiempos del comienzo. Decorado, parafernalia -agregan-, que está probado aumenta la dopamina -hormona del bienestar-, que induce un sentimiento de alivio, entrega, gratitud, aumentadas por la emoción de los efusivos reencuentros con el círculo familiar, de inseparables amigos, vecinos con los que compartimos momentos, tiempos imborrables.

Placenteras, bulliciosas celebraciones que arrancan en la católica Pensilvania con la alborada de las fiestas patronales de la Inmaculada Concepción, los fuegos artificiales, el ‘Día de las Velitas’ en su honor; el multicolor alumbrado; la acopiada del musgo, los cardos florecidos de amarillo y rojo para el pesebre, el árbol de Navidad; práctica que nos graduó de depredadores de la naturaleza; la novena, el canto de villancicos acompañados con panderetas, cascabeles de tapas planchadas de cerveza, ensartadas en alambre, las Estrellitas Mariposa, los volcanes, totes, buscaniguas, ‘tiquitraques’.

Apoteósico mes de conmemoraciones, fantasías, sibaritas comidas. Nostálgico pasado que, a efecto de degustarlo, dispuse -para un reparador reposo- de un alto a la tarea de dar el cuotidiano vistazo al caótico, punzante trajín del mundo; al fatídico ajetreo del desgarrado, desangrado, lapidado, mal gobernado país; a escudriñar el atareado quehacer de las personas, fijándome más en ellas que en las cosas.

Antiquísima costumbre navideña, trastornada por el turbulento COVID-19, que deja a lo largo y ancho del mundo, un imparable reguero de víctimas -próximas y lejanas-, alterando, trasformando irremisiblemente la rutina social, hábitos, querencias, prescripciones, cuya trágica repercusión recogerá la historia.

Causa del dramático desplome económico mundial, con sus ominosas secuelas de incertidumbre, recesión, añadida la sensación de inseguridad vital, temor a la parca, forzando la toma de conciencia del peligro; el cambio de conducta; el autocuidado; la prevención, afirmándose que lo peor está por venir.

La semana entrante saborearemos: La natilla, los buñuelos; los chicharrones, los chorizos, la morcilla; la chamuscada -con helecho- del ‘marrano’.

Bogotá, D. C. 02 de noviembre 2020

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mario arias gómez
Abogado, periodista y escritor
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