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La inteligencia artificial informa, pero no forma

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Por Rafael Rodríguez-Jaraba

No son pocos los errores que se vienen cometiendo en múltiples actividades, por el uso de la información frecuentemente errática consignada en el depósito de datos articulado por imperfectos algoritmos, que algunos llaman inteligencia artificial (IA).

Tampoco son pocos los yerros que se cometen en cálculos, definiciones semánticas y en la interpretación de normas legales, doctrinas, decisiones judiciales y hasta en la aplicación de la jurisprudencia, por la utilización de textos tomados de la IA.

Pero peor aún resulta, cuando el uso de esos textos, origina sanciones y hasta expulsiones de estudiantes universitarios por incurrir en el arriesgado facilismo de elaborar trabajos, ensayos y hasta tesis de grado valiéndose del plagio, el que de suyo se consuma, cuando se copian enrevesados textos tomados de la mencionada IA y con ello, intentan suplantar la estructuración y elaboración de ellos.

No en vano, mucho antes de que el llamado “padre de la inteligencia artificial”, Alan Turing, esbozará los cimientos de ella, algunos visionarios adelantados ya manifestaban sus reservas. Es así como Isaac Asimov en la década de los 50, afirmó que la robótica sería una peligrosa arma de doble filo, por informar con amplio margen de error y no formar.

A su vez el propio Elon Musk propaló severas críticas sobre la IA al decir “con la inteligencia artificial estamos convocando al demonio, y puede ser más peligrosa que las armas nucleares por aniquilar la capacidad de análisis de la especie humana”, empero su ácida prédica, Musk creó OpenAI para desarrollar lo que llamó “inteligencia artificial amigable”.

Por su parte el encumbrado científico Stephen Hawking, no perdió oportunidad para fustigar la IA, y sobre su advenimiento dijo que podría constituir el principio del fin de la creatividad y la inventiva de la raza humana.

Tampoco Bill Gates ha sido indulgente frente a los riesgos que plantea la IA, y si bien ha ponderado la masificación de la IA, ha declarado: “Al principio las máquinas serán capaces de hacer un montón de trabajos para nosotros sin ser muy inteligentes, eso puede ser positivo si conseguimos gestionarlo bien, pero décadas después, la IA será tan fuerte que supondrá una amenaza”.

Federico de Amberes fue más allá y concluyó: “La llamada inteligencia artificial -que no es inteligencia como tampoco artificial- terminará fracturando la sociedad en dos grupos: los informados de manera superficial y fugaz por ella, y los formados por el desarrollo ilímite de la inteligencia humana, en realidad, la única inteligencia existente, que fue la misma que creó la imperfecta y mentada inteligencia artificial”.

Lo que preocupa a la comunidad científica, es que la llamada IA, termine cercenado el desarrollo de la mente humana y atrofiándola, pudiendo causar la pérdida de su capacidad creadora por reducirla a una simple receptora y propagadora de información ajena y, además, con frecuencia inexacta.

Si bien es evidente que el uso de la IA reduce tiempos y movimientos, y abarata costos y gastos en cualquier gestión, su uso no logra suplantar el estudio del origen y la razón de los hechos que percibimos, como tampoco, sustituye la reflexión y el raciocinio de ellos, siendo evidente que, la IA informa pero no forja ni estructura la capacidad del análisis, y que antes que promover el desarrollo de la inteligencia, la aniquila, en razón a que para su acceso, tan solo se requiere un aparato que la provea, que, con frecuencia, es portador de informaciones inexactas, vagas o erráticas. La IA, antes que ser un aliado de la educación fundamental integral, se ha venido convirtiendo en un factor que la limita y desestimula.

Con el empleo de la IA o sin él, resulta necesario para entender el presente y prospectar el futuro, estudiar y entender el pasado; de no hacerse, seremos despistados lugareños o dóciles forasteros condenados a creer en lo que desconocemos y a repetir lo que un algoritmo inexacto dice, y, en consecuencia, nuestra opinión será la de él, es decir, no tendremos opinión.

Ahora, Dios ya no hace tantos milagros, ahora nos corresponde hacerlos a nosotros y el mayor milagro de nuestros días es la educación formativa, única capaz de causar el ascenso del intelecto, y no, la educación informativa, la que, por ser robótica, es incapaz de entender la realidad para mejorarla, y sí capaz de avivar el facilismo y la resignación.

Para modificar el presente y mirar en perspectiva el futuro, es necesario estudiar, estudiar, y volver a estudiar el pasado; pero más que eso, es necesario entender e interiorizar lo estudiado. No basta obtener y manosear información mediante el uso de la IA; debemos hundirnos en ella para escrutar su veracidad, y de ser cierta, analizarla y asimilarla, de manera que la hagamos aplicable y práctica, de lo contrario, resultará inocua e inútil, y correremos el riesgo de volver a incurrir en los mismos errores del pasado.

Muchos quieren triunfar y sueñan con el éxito, pero para alcanzar esas metas, hacen lo mínimo necesario y no lo máximo posible. Le juegan a la suerte, a la providencia, a la influencia, al favor indebido, al atajo, al esguince, a la prebenda y a la componenda, o peor aún, a que la IA les supla la ausencia de conocimientos. Les aterra la disciplina, la exigencia, la excelencia y la competencia, y por querer acortar con trampas el camino, el que cada día les resulta más encumbrado, lo transitan de la mano de la mediocridad que, de manera oculta, promueve la IA, y, aunque suene crudo, ese es el perfil dominante en la mayoría de los jóvenes de hoy, al punto que, las sobresalientes excepciones, confirman la regla.

Federico de Amberes dijo: «Somos lo que hemos leído y cómo hemos entendido y asimilado lo leído, y nos delatamos con la manera como escribimos y con la pronunciación, la entonación y el acento que tenemos al manifestar lo leído. Basta tan solo escucharnos o leernos, para saber, qué, cuánto y cómo hemos leído, y eso, es en realidad lo que somos, y no lo que dice la mal llamada inteligencia artificial«.

Ardua y exigente tarea tenemos padres y maestros para rectificar el camino y retomarlo hacia el norte perdido. De no lograrse, la sociedad seguirá ahogada en la desinteligencia, el despropósito, el desvarío y la anarquía, creyendo que el uso de la llamada IA nos conducirá al desarrollo.

Es una quimera esperar que el acceso a IA o una reforma a la justicia resuelva los problemas estructurales y las falencias éticas y morales de una nación, en la que la corrupción antes que ceder se acrecienta, los entuertos se apoltronan en los despachos públicos, la autoridad se fleta y la impunidad campea ante la mirada tolerante de una sociedad indulgente, fruto del fracaso de un sistema educativo eficiente para informar, pero precario para formar.

En suma, y con urgencia, necesitamos que la educación siembre virtud en mentes y corazones, y en ellos plante la semilla de la disciplina, la exigencia, la excelencia y la competencia. De no hacerse así, permaneceremos a perpetuidad en el subdesarrollo a pesar de disponer de aparatos que nos conecten con la mal llamada “inteligencia artificial”.

La inteligencia artificial informa, pero no forma.

*Rafael Rodríguez-Jaraba. Abogado Esp. Mg. LL.M. Consultor Jurídico. Asesor Corporativo. Litigante. Árbitro Nacional e Internacional en Derecho. Profesor Universitario. Miembro de la Academia Colombiana de Jurisprudencia.

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